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Etiquetas:   Al aire libre   -   Sección:   Opinión

Algo diferente sucede

Pascual Falces
Pascual Falces
martes, 12 de diciembre de 2006, 04:47 h (CET)
Todavía no ha llegado el momento de hacer balance del año que se escapa vertiginosamente. Dentro de nada, habrán sonado las doce campanadas y el 2007 de nuestra era será una realidad. Las agendas donde servirse de él, ya están listas. Los ordenadores, automáticamente, se ajustarán al nuevo año. Y el “feliz año” será por unos días la frase más utilizada para saludar y despedirse del prójimo (de “los más próximos”). ¿Qué se ha modificado en este año que concluye? Para muchos, se habrán dado cambios irreversibles en su más cercano entorno; la familia ya no es como era a principios de enero pasado, algunas han crecido, y otras ha perdido elementos insustituibles. Para otros, la expectativa de cambios, advertidamente o no, se ha pospuesto para “el año que viene”. El nuevo año vendrá colmado de buenos deseos y de propósitos “firmes”, que, tal vez, nunca se verán cumplidos.

Más, careciendo de novedad cuanto se lleva señalado, algo remueve con afán protagonista esta época de final de un año y la vecindad del próximo. Sin duda alguna, el solsticio del invierno, como el del verano, resultan mágicos y atraen la atención de todos los hombres. Para unos, en el hemisferio norte, porque se avecina la noche más larga del año, y para los del sur, porque pronto vivirán la más corta. Con seis meses de diferencia, los que habitan ambos hemisferios experimentan las mismas sensaciones. Todo es uno en este Globo y desde hace millones de años, aunque la idea de la “globalización” sólo se haya podido asumir con los avances en la tecnología de desplazamientos y comunicación.

Lleva consigo, y lo hace diferente, esta época del año, la sensación de que algo se acaba, que un tiempo termina. Como si el calendario pesara más veloz que el resto del año. Es preciso ultimar cosas y faenas que requieren estar listas antes del 31 de diciembre, y disponerse para eso tan difícil del “año nuevo, vida nueva”. La vida seguirá su curso, como si las fechas no fueran con ella. Introducirá cambios relevantes, pero, poco a poco, como siempre. Por ejemplo, faltará cada día uno menos para que nazca el segundo del hijo mayor de Epifanio del Cristo Martínez, que es varón (sabido merced a la tecnología ecográfica), allá por el final de enero. A él le cambiará la vida durante el año “que viene”. Ese vástago nacerá cien años después que el abuelo de su padre (eche bien la cuenta el lector). La regla, aproximada, se confirma una vez más: tres generaciones por siglo. En total, sesenta generaciones en lo que llevamos de nuestra era de después de Cristo. Sesenta personas que podrían reunirse en un modesto salón de “bodas, bautizos y comuniones”. Lo que se dice, una reunión “familiar” que vencería todo intento de dividir por años el devenir del Hombre en la Tierra.

La transmisión de la vida se realiza sin fechas; inexorablemente establece la continuidad. Sin duda, habría grandes sorpresas en esa hipotética reunión de familia. ¿De quien se ha heredado el carácter? ¿Cuántas mescolanzas se dan en la sangre de cada uno? ¿De dónde viene el color de los ojos? Seguro que algún antepasado también tenía dificultad para conciliar el sueño. Y, así hasta mil, es decir, hasta donde proviene cuanto es cada uno. Aún así, la vida, sin solución de continuidad, atraviesa momentos en que todo parece diferente. Una cosa es que lo parezca, y otra que lo sea. La pregunta clave: ¿qué cambió durante el solsticio de invierno hace dos mil siete años?

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