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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

El estado de ánimo

Francisco Arias Solís
Redacción
martes, 12 de diciembre de 2006, 12:01 h (CET)
“O rinnovarsi o perire...
No me suena bien.
Navigare è necesario..
Mejor: ¡vivir para ver!”


Antonio Machado.

En estos últimos días de 2006, si reflexionamos un momento sobre la situación en que nos encontramos, a dónde vamos, qué esperamos, encontramos que se ha invertido el estado de ánimo en que los españoles habíamos vivido desde fines de 1975. Sentíamos que empezaba un etapa nueva; que íbamos a alguna parte; y se produjo una impresión inconfundible de dilatación de la vida. No ocultemos que algunos sentían temor y desagrado; pero predominaba la esperanza. En todo caso, había expectativa.

Si somos sinceros, tendremos que confesar que de todo ello queda muy poco. Pero lo más grave es que no se espera nada incitante. Y, por supuesto, no se propone nada atractivo, esperanzador, y menos aún por parte de la oposición, que incite al apetito de vivir, que prometa una nueva empresa nacional interesante.

Esto explica el fenómeno extrañísimo de que el descontento dominante, que tiene pocas excepciones, se presente acompañado de la frecuente convicción de que las cosas van a seguir como están; lo cual no es muy comprensible, cuando se vive en un régimen democrático.

Se diría que sopla un viento de proa que dificulta el avance. Pero entiéndaseme bien: no me refiero a las dificultades, que son grandes y notorias, pero que nunca han producido por sí solas el desánimo. Al contrario, los pueblos cuando están sanos, se crecen ante las dificultades, que les sirven de estímulo para dar de sí. Se trata de otra cosa: de la convicción provocada de que las cosas no tienen solución, de que no se puede hacer otra cosa que lo que se está haciendo. Esto produce en los ciudadanos una impresión de que las cosas van a seguir “así” o de manera muy parecida. Y ello engendra hastío, desaliento, indiferencia. La forma peor de resignación. Porque ésta , la resignación es una actitud nobilísima y necesaria cuando consiste en aceptar lo inevitable; pero es desastrosa cuando significa la mera pasividad frente a lo que se puede evitar, corregir, transformar.

España será –dentro de las circunstancias reales, que también son modificables- lo que queramos. Con la única condición de que efectivamente queramos, de que nuestra voluntad no se atrofie.

Pero esta voluntad tiene que estar alimentada, vivificada por el deseo. Siempre me sorprende -y me deprime- la frecuencia con que se quiere lo que no se desea. Se procura, y muchas veces se consigue, lo que no atrae, ni ilusiona, ni se estima; lo que acaso produce temor o repulsión. Y, sin embargo, la actividad se moviliza hacia ello, impulsada por persuasiones ajenas, por inhibiciones de lo que verdaderamente se desea por descalificaciones con las cuales se deja fuera de juego a los mejores.

Cuando se llega a la convicción de que hay que elegir entre posibilidades no deseables, en todo caso no deseadas, hay el peligro de que se elija por inercia, o por el método de “cara o cruz”; es decir, de que no se elija, con lo cual la democracia se vacía de contenido. Por eso, la primera operación que se realiza es la limitación de posibilidades, la persuasión de que no hay más. En otros términos la amputación de la facultad imaginativa. Porque la verdad es que, con todos los obstáculos que se quiera, el horizonte real está lleno de posibilidades incitantes. Y es que, como dijo el poeta: “Mira esa ramita helada / que en el aire se estremece: / ahora se muere de frío / y en primavera florece”.

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