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Etiquetas:   Crítica de cine   -   Sección:   Cine

'Palacio Real': parodia monárquica sin trono ni corona

Pelayo López
Pelayo López
miércoles, 7 de febrero de 2007, 19:20 h (CET)
Parece que, en las monarquías europeas, se ha puesto de moda el hecho de que los integrantes de las casas reales depositen su amor en personas de menor escalafón: Mette Marit en Noruega, Victoria de Suecia, en un caso aparte Estefanía de Mónaco, y, más recientemente, nuestra Doña Leticia. Ahora, de un país de arraigada solera republicana, nos llega esta comedia escrita, dirigida y protagonizada por Valérie Lemercier, una suerte francesa de Rowan Atkinson –Mr. Bean para los que no conozcan su nombre de pila- con la misma facilidad para liarlas sin darse cuenta e igualmente con un rostro que, aunque evidencia saber utilizarlo para sacarle el mayor partido, ayuda bastante para descorchar la sonrisa del espectador. Lemercier, que consiguió una nominación al César a la mejor actriz por este papel -¡cómo tiene que estar el cine francés!-, se centra en destripar los entresijos de la trastienda real en una historia con demasiados tintes parecidos a la de la difunta Lady Di: una mujer cornuda rehecha a si misma con igual medicina, la fría relación con su suegra, el final trágico e inesperado…

Si hace poco fue la magnífica The Queen, ahora es esta otra historia intrascendente y falta de ritmo que, si no fuera porque apenas dura hora y media, la puerta de emergencia sería la salida más honrosa. No en vano se parece muy poco a la cinta de Stephen Frears y, por desgracia, mucho más a otras como Princesa por sorpresa. No quiero imaginarme que ese ambiente sea realmente así. Parece todo prefabricado, únicamente algunos escenarios en interiores de palacios se salvan. ¡Menudo chasco! y ¡qué poco, como suele decirse ahora, glamour tiene!. Me da que por mucho que se presente así, poco de “real” –cercano a la realidad- tiene esta película. Eso sí, tenemos la lógica nómina de personajes a este nivel: la dominante reina defensora de su posición establecida, el consejero real siempre velando por los intereses de la corona, el primogénito “desheredado” por historias de alcoba… Hay que reconocer que quien lo borda es Catherine Deneuve. Supongo que no le habrá costado mucho meterse en el papel de reina fría y manipuladora, pues, al menos, esa es la fama que tiene. Desde Buñuel, imagínense cómo está el patio, la Deneuve no hacía un papel tan a su medida, y es que está tan radiante como altiva. También encaja muy bien en el perfil de heredero ascendente Lambert Wilson –visto en Sahara o Catwoman-, tanto por su porte como por su apariencia de príncipe ensimismado.

Hay que reconocer que, si el género en el que supuestamente tendríamos que acotar la historia es la comedia, de hecho sale ya muy mal parada. Lo que se dice reír se ríe uno poco en la sala, a no ser por la salvedad de dos o tres gags que permiten esbozar una muy leve sonrisa. El resto es anodino y bastante soporífero. Quizás sea que el humor galo nos pilla fuera de juego, bien por la traducción bien porque nuestro intelecto no sea tan sofisticado como el de nuestros vecinos del norte de los Pirineos. Una de las cosas que más llama la atención, ahora sí en el lado positivo de la balanza, es la recurrente y tarareable música escuchada en varios fragmentos del metraje, con evocaciones a las cintas de cine mudo, con igual atrevimiento y conexión con la trama que está siendo contada.

El principio de toda esta historia se encuentra en la relación que mantienen el segundo hijo menor del rey y una logopeda que, de la noche a la mañana, inesperadamente, se convierten en futuros monarcas por la muerte del regente y la soltería del primogénito esquivada por el trono a través de las leyes. Y claro, la falta de preparación de ambos surtirá efecto en distinta dirección: mientras el futuro rey se esmera en estar a la altura –aunque eso suponga pisar a su propia pareja-, la futura reina no da pie con bola una tras otra. Sin embargo, todo cambia el día en el que ella le encuentra a él con la mejor amiga de ambos en la cama. Desde entonces, los juegos de palacio seguirán otra dinámica bien distinta. Si los reyes se les quedan cortos, siempre están a tiempo de cambiar de sala y acercarse a ver a los “emperadores” de Happy Feet (rompiendo el hielo), todo un ejemplo de virtuosidad en el últimamente entretenidísimo cine de animación porque, lo que queda después de ver esta película, es esa misma sensación que te recorre cuando alguien te cuenta un chiste sin gracia y, sin saber cómo reaccionar, respondes “¿tenía que reírme?” mientras piensas en bajo “¿dónde está la gracia?”, y es que, en esta película, no sólo los protagonistas pierden el rumbo, también es una parodia monárquica sin trono ni corona.

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