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El gordito Mickey Mouse

Nieves Fernández
Nieves Fernández
sábado, 9 de diciembre de 2006, 23:24 h (CET)
Un comercial de libros, que no librero, intentaba vender toda una serie o colección de libros para niños, cuando le preguntamos qué autores habían creado esas obras, primero no supo respondernos, y reconoció que le habíamos pillado, después nos dijo que eran libros de Disney, y lo dijo tan convencido de responder, ahora sí, de una forma concreta a nuestra pregunta. No se le pasó por la cabeza que la mayoría de esos cuentos en su origen tuvieron un autor que Disney absorbió para hacerlo suyo. El copyright de la famosa fábrica que todo lo que toca lo convierte en oro animado de película hace que este señor, Walt Disney, siga creando inexplicablemente, después de fallecido, libros y películas para niños, con el descaro de que primero se toma una historia que en origen fue libro o cuento para niños, para poder realizar una película y después cuando la película está más que explotada y publicitada se convierte de rebote de nuevo en libro, pero ya no con el nombre del autor sino con el de la universal factoría que borra al original autor del universo. Algo así es lo que ocurre con Blancanieves y los Siete Enanitos de los hermanos Grimm, o La Cenicienta de Charles Perrault, o Pinocho de Collodi, o Alicia en el País de las Maravillas de Lewis Carroll o el Peter Pan de Barrie. Ya esos cuentos son todos creaciones de Disney, pregunten, pregunten por curiosidad a cualquier niño.

Parece mentira que en estos tiempos en los que se defiende a ultranza al autor de cualquier obra artística sea esta musical, literaria o cinematográfica y en su nombre se consienten verdaderos abusos de consumo, nadie se haya percatado de que pese a ser legales estos cambios son injustos para todo autor que ideara la historia original, la verdadera historia.

En los centros de ocio de los Parques Disney, todo es fantasía y transformación del mundo real, no sólo los niños, también los mayores, se ven inmersos en ese mundo de ilusión de la magia Disney, de poco nos sirve que luego a nuestros hijos les expliquemos que una determinada obra musical o literaria, clásica o contemporánea, es de un autor determinado si no le explicamos también que las princesas e historias Disney no han sido creadas por un único autor maravilloso y megacreativo sino que son la suma de la creatividad de distintos autores que raramente se citan junto a sus propias obras.

No sé si gracias a esas artimañas o al queso el ratoncito Mickey engorda a buen ritmo al tiempo que los niños piden hacerse una foto-negocio para engordar más el ídem de la gran ratonera. La infancia que se acerca a sus centros de fantasía es la infancia de los países desarrollados, esos niños también generalmente gorditos que no saben mirar mucho más allá de sus hamburguesas y mofletes o de las carteras de sus progenitores. Alguien tendría que decirle a Mickey Mouse, como representante del imperio Disney, que los verdaderos autores de las historias por todos llamadas Disney verían bien empleados los beneficios que nunca pudieron disfrutar, si fueran dedicados a mitigar las necesidades y miserias de la infancia, de esa infancia que no llegará por desgracia a disfrutar nunca de esos mal llamados originales parques.

Leo que un compañero de pluma hace un comentario sobre Disney que al cien por cien comparto, a ambos nos queda seguir escribiendo historias que serán publicadas, o no, cerca de la esquina de nuestra casa o del mundo pero que no se diluirán jamás en el colorido y la parafernalia de una multinacional, cuestión de delgadez de ideas.

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