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Etiquetas:   La parte por el todo   -   Sección:   Opinión

Los dados de Dios

Óscar Arce Ruiz
Óscar Arce
sábado, 9 de diciembre de 2006, 23:24 h (CET)
El físico alemán Werner Heisenberg enunció hace más de setenta y cinco años el principio de indeterminación. A grandes rasgos, este principio anuncia que no es posible determinar simultáneamente ciertos pares de variables físicas cuantificables, como la posición y la cantidad de movimiento.

Para poder realizar el intento de medir esos pares de variables en un objeto minúsculo -como un electrón en la configuración de un átomo-, es necesario un microscopio capaz de aumentar lo suficiente la visión del objeto en cuestión.

Y en este último proceso, las lentes que producen el aumento preciso transportarían un halo de luz hacia el objeto del estudio que, por su masa, se vería influenciado de tal manera que su posición y su velocidad sería modificada, por lo que la trayectoria no podría definirse nunca como fiable.

Sin el último paso, si hubiese sido posible la medición exacta sin la desviación aplicada por la fuerza lumínica, podría haberse concluido también que en la asociación de átomos en moléculas podría establecerse su posición con total precisión, pero sería imposible anotar al mismo tiempo su momento. Es decir, no podríamos conocer su trayectoria y, por ende, nos sería imposible fijar un recorrido definido de los átomos y deberíamos admitir que nada les condiciona para asociarse de una determinada manera.

Una de las consecuencias más inmediatas, habría sido la demostración científica de la aleatoriedad en la unión de átomos que dieron lugar al primer organismo vivo de la historia, y afirmar que la vida en la Tierra se produjo por una simple cuestión de azar.

Habríamos sido capaces de cumplir la profecía de Nietzsche y matar al Dios creador, y asumir sin temor la sentencia del marxista Feuerbach cuando dice que ‘Dios no es más que el espíritu humano proyectado al infinito’.

Pero no fue así. El principio de indeterminación varió sustancialmente su nombre para dar lugar al definitivo ‘principio de incertidumbre’, que pone de manifiesto la falta de medios humanos para determinar esos pares de variables físicas.

La complejidad cerró sus puertas de nuevo cuando creíamos que en poco seríamos capaces de descifrar su código. Era lógico contemplar la incertidumbre en el principio, pues solamente incertidumbre ante el comportamiento asociacionista atómico se derivó de él.

No tenemos más que antes. La conclusión que casi conseguimos se quedó en eso, en casi. La cuestión de la existencia de Dios sigue siendo el resultado de lo que quiera que surja de la batalla entre el corazón y la cabeza, entre la razón y la emoción.

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