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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

El despertar de España

Francisco Arias Solís
Redacción
domingo, 10 de diciembre de 2006, 22:55 h (CET)
“España, no te
aduermas.”


Blas de Otero

No se trata de hacer política, sino de abrir paso o hacer que se abra esa vida de España. Es una cuestión de moral, de renovación de la sociedad; de construir la vida española que viene arrastrándose desde siglos de inercia. Dicen que ya somos europeos pero continúa el divorcio habido desde tan largo en la vida española entre lo europeo y lo español. España cuando existió, ¿no fue universal?

¿Pero que ha pasado en verdad en España? Desde el siglo XIX se ha ido intensificando y ensanchando la conciencia de España, del conflicto de ser español. Individuos aislados, escritores, conciencias solitarias como Larra que se suicidó a los veintinueve años del mal de amores, dicen, más en verdad, del mal de España. Angel Ganivet suicida también en la lejana Finlandia; medio siglo más tarde, en el momento histórico de 1898, por enfermedad dicen, sí, por enfermedad de España. Ser español era tan doloroso, una herida abierta que algunos no podían soportar, Galdós, profundo en el examen de la vida española, nos cuenta en esa su gigantesca obra de los Episodios Nacionales, que España tendrá que aprender a tolerar, a practicar una mesurada libertad enriquecida por las reformas sociales. Todo ello partiendo del “supuesto” de una renuncia a la pretendida grandeza, a la novelería. La protagonista de Misericordia, la mejor novela que se haya escrito quizás después del Quijote en España, criada de servir, en una discusión con su ama, señora venida a menos, que le habla de orgullos y dignidades, de “cosas que no se pueden soportar”, queriendo despegarle al par de la realidad y de sus novelería: “La verdad –le dice-, las verdades han sido antes mentiras muy gordas”.

La vida en la verdad; vivir en la verdad. En una verdad viviente. Aquella España que pasó y no ha sido, está dejando paso a la España que quiere ser. A esta España, la sentimos más que la vemos y tenemos ansia de verla, es necesario, absolutamente necesario que se haga de nuevo visible al mundo, recobrada, entera, dueña de sí, joven, despertada de su sueño de siglos; intacta, a pesar de su historia, más allá de su historia, real, presente...

Queremos que España despierte, porque ya está despierta, que entre en la vida porque ya ha dejado de estar muerta, queremos... una moral, una vida para todos. Ímpetu de vivir sí, de vivir con los jóvenes, con los iguales, con los analfabetos, con los jornaleros, con todos los trabajadores. Vivir es convivir.

Y esto, debe ser lo bueno, esta ansia de convivencia profunda, de integración, este dar la cara a las circunstancias. O, ¿será utopía en España esta voluntad de convivir?

Queremos huir del delirio, de los programas incumplidos y de la consiguiente frustración, queremos encontrar la medida justa, la proporción según la cual la convivencia sea efectiva, viviente, de manera que España sea un país habitable para todos los españoles.

Los campesinos de Granada, recibían a Fernando de los Ríos, candidato por aquella circunscripción en las elecciones de 1931, con esta aclamación conmovedora. “¡Viva el despertaor de las almas dormidas!” Despertar es renacer cada día. Despertar sin dejar de soñarnos, sería tener un sueño lúcido. Y como dijo el poeta: “De tanto sueño cansado / fue un clarín despertador”.

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