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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

¿De veras nos entienden los políticos?

Miguel Massanet Bosch (Barcelona)
Redacción
sábado, 9 de diciembre de 2006, 10:27 h (CET)
¿Se han percatado ustedes del profundo divorcio existente entre la clase política de nuestra nación y los ciudadanos? La prueba palpable de que la ciudadanía está ya harta de que la manoseen y la utilicen como moneda de cambio lo hemos podido observar en las recientes elecciones autonómicas catalanas. La gente se abstiene o vota en blanco, y no es nada extraordinario que suceda así si uno se atiene a lo que nos venden los profesionales del trapicheo que son la mayoria – por no decir todos – de los dirigentes de las formaciones políticas de ámbito nacional, autonómico o local dedicados al lucrativo cometido de fingir que representan las inquietudes del pueblo.

Pongamos por caso a los defensores, a ultranza, del idioma catalán como modo de expresión único y exluyente en todo el territorio catalán (Estat Catalá, para ellos). Dense ustedes un paseo por Barcelona y se podrán percatar de que en las calles se habla lo mismo castellano que catalán, yo diría que, como menos, en las mismas proporciones; pero no acaba aquí la cosa: nadie, nadie ( salvo algún fanático de esos de “la ceba”) se preocupa en absoluto por que esta variedad de lenguajes tenga lugar; es más, he presenciado casos de conversaciones bilingues entre varios contertulios, los unos hablando en catalán y los otros en castellano, dentro de la más completa normalidad, ¡habrá algo más satisfactorio que ver a dos culturas manifestándose a la vez!. En los patios de esos colegios que imponen, por orden de la superioridad, el idioma único; se puede observar que entre compañeros se emplean indistintamente las dos lenguas. ¿A qué nos conducen estos hechos constatados? Sencillamente a que la población en general no tiene entre sus prioridades el que se use uno u otro idioma y que cada cual emplea el que le apetece, salvo en los casos en que le obliguen a hacer lo contrario. Explíqueselo usted a los de Ezquerra Republicana o a los de Convergencia y verá como se llevan las manos a la cabeza y se rasgan las vestiduras porque, si aceptaran la realidad que impera en las calles, se les habría acabado el momio debido a que, a los primeros, si les quitasen lo de la lengua, no se diferencian en nada de los comunistas y, los segundos, no serían más que un partido de la derecha más tradicional.

Vayamos a otro tema: el separatismo. ¡La Catalunya independent! Pues, que les voy a decir: tres cuartos de lo mismo. Vaya usted preguntando a sus amistades, a sus compañeros de trabajo, en los comercios o en las tertulias de café qué es lo que piensan al respecto. No encontrará ni un uno por ciento de ellos que consideren esta postura viable; muchos le contestarán: “¿Independencia, qué independencia?”, otros le dirán que Catalunya sin España pronto acabaría con su riqueza, y no faltarían quienes se pusieran a reír a carcajadas. Lo cierto es que, a pesar de lo que pueda parecer si uno lee la prensa o las declaraciones de ciertos políticos, en Catalunya no desean constituir un estado independiente del resto de la piel de toro.

Los ciudadanos de a pie, los que votamos, lo que esperamos de los que nos han de representar no es que se inventen problemas artificiales que nos dividan; ni que nos usen como coartada para llenarse las faltriqueras a costa de nuestros impuestos; ni que resuciten viejas heridas, ya casi cicatrizadas, derivadas de acontecimientos que tuvieron lugar hace setenta años; ni que posterguen la solución de los problemas que acucian a los ciudadanos como puedan ser: los de la vivienda, el empleo, la formación ( nada de leyes oportunistas o sesgadas a uno u otro lado, pero que no favorecen la preparación de los alumnos), la gente mayor, la sanidad, la carestía de vida y los impuestos; que éstas si son cuestionens que afectan al común de los mortales y a los que, una Administración “comme il faut”, debería dedicar todas sus energías, en vez de estar a la gresca todos los días con los partidos de la oposición. Claro que puedo estar equivocado, y que todo lo que digo no sean más que memeces de un carca trasnochado, pero, ¡que le vamos a hacer!, uno es como es y, a determinadas edades, ya no se cambia.

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