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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

No tengo tiempo para ser educado

Ignasi Castells Cuixart
Redacción
miércoles, 6 de diciembre de 2006, 02:02 h (CET)
Cuando en el trabajo, oiga a alguien pronunciar esta frase como justificación de una flagrante falta de respeto, póngase en guardia de inmediato. Tiene delante suyo a un personaje con escasos escrúpulos y menos vergüenza, que le está diciendo en la cara - eso sí, con total sinceridad - que usted y los demás le importan un rábano, o un pito, si lo prefiere. Para él, los demás colaboradores, pares o subordinados, son un asunto menor, un mal necesario para sacar adelante la tarea. Y, créanme, hay gente así. Jefes, directivos, mandos, que piensan, y sobre todo creen firmemente, que en el trabajo no ha lugar para miramientos ni buenas maneras, que la educación está reñida con la productividad, que lo cortés sí quita lo valiente, y que mostrarse considerado con los subordinados resta autoridad y es poco menos que un suicidio profesional.

Además, para que ninguno de los sufridores de su alrededor tenga la más mínima duda acerca de la profundidad de sus convicciones, no pierden oportunidad para demostrar a bombo y platillo el alcance de sus “habilidades” de relación: no te miran cuando hablan, no saludan ni contestan los saludos, no devuelven las llamadas ni los emails, utilizan un lenguaje despectivo u ofensivo – según el día - para referirse a otros colaboradores, interrumpen y se entrometen en conversaciones privadas, y por supuesto, suelen abusar del poder del cargo. Y encima, después de dedicar tantas horas a hacer la vida imposible a los demás, dicen que no tienen tiempo para ser educados. El colmo.

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