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Etiquetas:   Crítica de cine   -   Sección:   Cine

'Déjà vu': Jugando con el reloj y las leyes físicas

Graciela Padilla
Redacción
miércoles, 7 de febrero de 2007, 19:20 h (CET)
Tony Scott, hermanísimo (pequeño) de Ridley, ha hecho de su última película una mezcolanza de thriller, drama, suspense, romanticismo y ciencia ficción. Déjà vu propone una historia de giros, piruetas, idas y venidas en el tiempo, aderezadas con tecnología futurista, efectos especiales y un Denzel Washington en plena forma.

Todos estos ingredientes forman, con acento Scott, una combinación trepidante de 128 minutos sin desperdicio alguno. El director británico (muy bien afincado en Hollywood) sabe lo que se hace. Amor a quemarropa, Spy Game y la última e infravalorada Domino, entre otras, son aval suficiente para que Jerry Bruckheimer le ayudara en la producción. A los hermanos Scott no les falta dinero ni trabajo. Pero el apellido del macro-productor (volvemos a citar: CSI Las Vegas, Miami, Nueva York, Pearl Harbor, Black Hawk: derribado, Armageddon, Con Air, La Roca y la trilogía Piratas del Caribe…) es sinónimo de éxito en taquilla. No obstante, Jerry Bruckheimer ya confió en el pequeño de los Scott allá por Días de Trueno y Top Gun.

En esta ocasión, el tándem ha vuelto a funcionar y la película es grande en presupuesto, efectismo, recursos e interpretaciones. Una cinta de acción entretenida y cuidada en el lenguaje cinematográfico más vertiginoso. Lo mejor de la narración: un arranque de varios minutos muy luminosos, imágenes ralentizadas y música de los 50 que, por contrastes, auguran un golpe de efecto con tragedia humana incluida.

Denzel Washington, el actor de color más querido y admirado en Hollywood (bien se lo merece en una industria a veces racista) sostiene el 90 por ciento del peso interpretativo. El neoyorquino de 52 años (nadie lo diría después de ver esta película, especialmente al enseñar un torso herido de dos balazos) interpreta a Doug Carlin, un agente de la ATF (Alcohol, Tabaco y Armas de Fuego) de Nueva Orleáns (pos-Katrina). Un hombre solitario, sin familia, sin pareja y nada más empezar el filme, sin compañero de trabajo y mejor amigo. Es el encargado de investigar una gran explosión (mejor no dar más datos) y el FBI le ficha por sus aptitudes para encontrar pruebas. Lo que no imagina es la tecnología que le van a ofrecer en esta ocasión. Más allá de pruebas de ADN, laboratorio, balística y derivados, el Gobierno puede ver (¿y cambiar?) el pasado para evitar la muerte de más de 500 personas…

En el equipo federal encontramos un cuarteto de actores correctos. Val Kilmer, como el jefe Pryzwarra, intenta contar a Carlin las verdades a medias. El actor de Willow, Batman Forever, Heat, El Santo o Kiss Kiss Bang Bang, ha perdido el cuerpo fornido de antaño y con unos kilos de más, no consigue quitarle protagonismo a su compañero. Los otros tres actores interpretan a jóvenes físicos y el público puede reconocerles de anteriores roles secundarios: Adam Goldberg (amigo de Russell Crowe en Una mente maravillosa), Elden Henson (amigo de Ashton Kutcher en El efecto mariposa) y Erika Alexander (no podemos ponerle amigo porque debuta en cine y sólo había televisión hasta la fecha). Y por último, el mejor de los secundarios: un malvado y psicópata Jim Caviezel que se come el campo de la cámara con la mirada. El americano de ojos verdes se pasa al lado oscuro y se aleja de su Jesucristo de La Pasión.

También podríamos citar a Paula Patton, que interpreta a Claire Kuchever y empuja al personaje de Denzel Washington a querer cambiar el presente acudiendo al pasado. Pero hay dos protagonistas mayores: la fotografía azul (de Paul Cameron, que ya la utilizó en Collateral y Operación Swordfish) y el guión (de Bill Marsillii, debutante en cine, y Terry Rossio, muy experimentado – Aladino, Godzilla, las dos del Zorro, Shrek, y las tres de Piratas del Caribe; ya se conocían varios del equipo). Estos dos últimos elementos enriquecen una historia original y bien narrada.

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