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¿Otro mundo es posible?

Francisco Rodríguez
Francisco Rodríguez
jueves, 7 de diciembre de 2006, 12:55 h (CET)
Comenzaré confesando mi radical desconfianza frente a todos los eslóganes comerciales o políticos, pues pienso que no van dirigidos a la razón sino al subconsciente de las personas con las que trata de conectar, despertando en ellas latentes deseos, frustraciones, envidias o desencantos.

Uno de los últimos eslóganes llegados hasta mí es el que afirma que “otro mundo es posible”. Obviamente la frase es atrayente. El mundo que nos ha tocado vivir nos resulta a menudo insatisfactorio y desearíamos que fuera de otra manera, aunque no sabemos bien lo que habría que cambiar ni quien debe cambiarlo. De inmediato nos dan ganas de aceptar el eslogan y seguir a quienes lo enarbolan como bandera. Pero me paro a pensar y descubro la ambigüedad de la frase. Sin duda otro mundo es posible, pero no sabemos si sería mejor o peor del que tenemos, ni siquiera si ese otro mundo posible fuera del agrado de todos o al menos de la mayoría.

Buscamos un paraíso que muchos nos han prometido sin mucho éxito. Los marxistas ofrecieron el paraíso de una sociedad sin clases, pero después de setenta años, el mundo que dejaron no era precisamente un paraíso, sin contar con todos los que perdieron la vida en el intento. El mundo diferente que diseñaron Mao, Ho-Chi-min o Pot Pol no es el que deseo. Tampoco la Cuba de Fidel me parece que sea el mundo que buscamos, aunque sin duda tiene muchos partidarios. El capitalismo también ha prometido muchas cosas, ha dado bastantes, pero la abundancia de bienes materiales no llega a colmar en modo alguno el corazón del hombre. El Islam también quiere un mundo diferente en el que no me gustaría vivir. Como cada vez más gente no cree en la otra vida tampoco esperan ningún paraíso después de su muerte. El Evangelio de Jesús, como oí decir a un cura, está por estrenar para la mayor parte de los que se dicen cristianos.

Recuerdo cuando la palabra democracia sonaba en España a promesa de felicidad. Después de cuarenta años de régimen autoritario, era posible una España diferente en la que la democracia iba a resolverlo todo. Llegó efectivamente una España diferente y nadie desea de ninguna manera volver hacia atrás, pero a pesar de nuestra democracia, seguimos profundamente insatisfechos: separatismos, nacionalismos, nuevos estatutos de autonomía, nueva constitución, nueva ley electoral, cambio de régimen… y en el día a día corrupción, terrorismo, violencia doméstica, violencia escolar, delincuencia… y todos colgados de la economía de la construcción, esperando a corto plazo el puente o las vacaciones y a largo terminar de pagar la hipoteca del piso.

No quiero dudar de las intenciones de los que han lanzado el eslogan. Quiero pensar que buscan un mundo más justo, que desean terminar con el hambre y la pobreza, establecer un nuevo orden. Pero en él ¿podrían vivir en paz los judíos y los palestinos? ¿Los chiítas y los sunnitas dejarían de matarse en Irak? ¿Se seguiría predicando la yihad contra Occidente? ¿Dejaría de incitarse al odio contra los Estados Unidos? ¿Los globalizados antiglobalizadores seguirían en sus violentas manifestaciones? ¿Los líderes africanos trabajarían por sus pueblos o seguirían como ahora? ¿Se reconocería que las personas tienen unos derechos inalienables? ¿Desaparecerían los nacionalismos excluyentes?
Para qué seguir. Son muchas cosas y nos olvidamos que lo único que podemos realmente cambiar es nuestro comportamiento individual, del egoísmo al amor, de la cerrazón a la apertura, de la superioridad al servicio. Pero ¿en virtud de qué tendríamos que hacerlo si ha desaparecido de nuestro horizonte cualquier idea de trascendencia?

Desconfío de los que quieren cambiar el mundo. Quisiera no colaborar en seguir estropeándolo, señalando a otros como culpables. Solo puedo intentar cambiarme a mí mismo, aunque imagino que este eslogan no vende demasiado.

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