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Etiquetas:   Con permiso   -   Sección:   Opinión

Cuando los dictadores van desfilando

Pedro de Hoyos
Pedro de Hoyos
@pedrodehoyos
martes, 5 de diciembre de 2006, 23:55 h (CET)
Que a todo cerdo le llega su San Martín es un afamado refrán castellano tan contundente como que todos tenemos un principio y un final.

Han querido los hados que dos asesinos sangrientos agonicen al mismo tiempo, loado sea el Señor. Dos enemigos del mundo se despiden de él, empiezan a desfilar para fortuna de generaciones venideras, entre lágrimas de sus partidarios y aplausos de los bien nacidos que piensan que el Hombre está por encima de los hombres y de sus creencias y opiniones. A ambos les pasará como a Franco, al que sólo la Historia ajustará cuentas, ambos van a morir en sus camas, en la tranquilidad de su reino terrenal, habiéndose ido de rositas de este mundo traidor que premia a los malos y castiga a los buenos con las penas del infierno en vida, porque sólo infierno puede haber sido la vida de quienes han tenido la mala fortuna de oponerse a Pinochet o Fidel Castro y ser conciudadanos suyos. ¡Cuántos chilenos y cuántos cubanos han entregado sus vidas para engrandecer el ego de estas alimañas con aspecto humano.

Cuando los dictadores van desfilando llega un momento de consuelo para la Humanidad que ha vivido sojuzgada bajo sus botas liberticidas. Que sometiesen a sus congéneres en nombre del pueblo, de la nación, del proletariado o en el nombre de Dios no hace al caso, todos han dejado huella de su maldad, de su cerrazón, de su cortedad de miras, de su vida rastrera y de su megalomanía en las tapias de los cementerios y en las cárceles que han poblado sus respectivos países.

Cuando los dictadores van desfilando la Humanidad debe permanecer en silencio y contener un suspiro de alivio, a la espera de que los que vengan detrás no quieran subirse al caballo de la intolerancia y les hagan buenos. Cuando los dictadores van desfilando debemos pensar en todos aquellos que les animan, les explican o les justifican desde las cabeceras de los periódicos, desde las entradillas de las radios o desde los controles de televisión, debemos pensar en todos aquellos que se han puesto a su disposición, que se han tendido a sus pies desde partidos, sindicatos y organizaciones sociales. Cuando los dictadores van desfilando debemos pensar en las condiciones que han hecho posible su ascenso al poder, en quienes les han aupado, apoyado y sostenido. Y en quienes les han facilitado la excusa. La excusa innecesaria.

Cuando los dictadores van desfilando debemos pensar en todos los que aún quedan al frente de gobiernos de todo el mundo, aquellos que por tener todavía los apoyos políticos suficientes, léase petróleo, gas, bombas nucleares o millones de productores baratos, seguirán muriendo pacíficamente en su cama dentro de muchos años, rodeados del cariño de sus fuerzas militares que vigilarán entrañablemente metralleta en mano y ojo avizor para que nadie se desmande y puedan tener esa muerte dulce y serena que ellos negaron a millones de compatriotas.

Cuando los dictadores van desfilando debemos pensar en aquellos que en nombre de la Revolución, en nombre de las clases populares o en nombre de la economía están dispuestos a sustituirlos, prontos a darles el relevo y a que su obra, su maligna obra, quede empequeñecida por la propia. Cuando los dictadores van desfilando debemos pensar en todos aquellos que consideran el Poder como la propia casa, en los que de él han hecho su hogar que no están dispuestos a abandonar aunque para ello tengan que modificar una Constitución que les prohíbe permanecer más de un tiempo limitado.

Cuando los dictadores van desfilando debemos pensar en todos los demócratas de toda la vida que jamás admiten un error, que cargan siempre las culpas, fallos y defectos, especialmente incluidos los propios, en el partido contrario. Cuando los dictadores van desfilando debemos pensar en todos los demócratas que insultan a sus rivales, que denigran y descalifican sus propuestas, en todos los demagogos que secuestran la bandera nacional y a los que jamás se les pasa por la cabeza la posibilidad de haberse equivocado.

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