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Etiquetas:   Reales de vellón   -   Sección:   Opinión

Especulación del suelo y coste de la vivienda

Sergio Brosa
Sergio Brosa
lunes, 4 de diciembre de 2006, 21:56 h (CET)
En breve dejará de ser noticia de portada el arresto sistemático de ediles envueltos en tramas de especulación urbanística. Muchos sin escrúpulos quieren hacerse millonarios a la carrera. Hubo buenos maestros en el país reciente, alguno incluso, laureado con algún doctorado honoris causa por una universidad de abolengo. La mayor parte de estos “crocks”, como se les conoce en USA, son enfermos que no se contentan con robar para vivir; han de hacerlo para ser los más ricos del mundo. O de la cárcel. O del cementerio.

Es sabido que el precio del solar repercute directamente en el precio de la vivienda. Así nos lo cuentan los promotores inmobiliarios de nuevas edificaciones. Lo que no nos explican los intermediarios es cómo repercute el precio del solar en el precio de un piso construido hace treinta años.

Aquel piso que un honrado trabajador compró hace treinta años, hoy no podría volver a comprarlo; ese mismo piso, con treinta años de antigüedad. Si ese trabajador, ha ido prosperando económicamente en su vida profesional, de una forma ordenada y progresiva y no únicamente a la evolución del índice del coste de la vida, pues entonces ya ni en sueños, con incrementos salariales producidos también por cambios laborales a mejor, aquel piso que pudo costarle 3,5 millones de pesetas (21.000 euros) en los 70’s, hoy no podría comprárselo, pues no valdrá menos de 300.000 euros. Y a ver de dónde los saca, si llega a final de mes, un mes por otro y, tal vez, se metió en la compra de una segunda vivienda. Y ojalá que lo hubiera hecho, pues sus deudos se lo agradecerán, aunque hoy por hoy sólo se beneficien fiscalmente en la adquisición por herencia de la vivienda habitual.

Dejando de lado los pisos de ocasión, los de nueva construcción, nuevos de paquete, cuestan lo que cuestan en gran parte, por la repercusión de las sucesivas transmisiones, reales o virtuales, del terreno en el que se asientan.

Podríamos preguntarnos cómo consiguieron los promotores la propiedad del solar. Si nos remontamos en el tiempo, sin ambages para retroceder lo que haga falta, llegaremos a las donaciones reales de grandes extensiones de tierra a determinados vasallos de postín, en señal de acción de gracias por servicios prestados a la corona. La Corona, el rey o reina, fueron propietarios de todo el territorio nacional, por la gracia de Dios. Sí, en efecto, menuda gracia. No es de extrañar, por tanto que los grandes terratenientes sean títulos nobiliarios. En España tenemos buenos ejemplos de ello, como la Duquesa de Alba que tiene también más títulos nobiliarios que la propia reina de Inglaterra. También el príncipe Carlos es el campeón de las propiedades inmobiliarias de Londres.

Si damos un paso hacia delante, desde el siglo XV y nos plantamos en la España del XVIII, daremos con otro de los filones de acceso a la propiedad de la tierra, con la Desamortización que llegó prácticamente hasta nuestros días. Esa sí fue una operación inmobiliaria de envergadura, consistente, así a grosso modo, en desposeer básicamente a la Iglesia y las órdenes religiosas de las tierras y bienes improductivos, conseguidos en su mayoría por donaciones, testamentos y otros, para ponerlos en el mercado, a pública subasta, creándose de este modo una nueva burguesía y una clase media de agricultores propietarios de sus tierras de labor. Ni que decir que, con el dinero de la subasta, el Estado amortizó, entre otras cosas, gran parte de la Deuda Pública. Es un sistema de enriquecer las arcas del estado. Otros lo hacen a título personal, pero en menor cuantía, normalmente en callejones solitarios o en cajeros automáticos, siendo los sujetos pasivos en tales casos, no tan solo los religiosos, sino también transeúntes anónimos que acaban por dejar su filiación completa en la comisaría de policía del barrio, pues las cosas ahora, en algunos aspectos, tienen un tratamiento distinto al de la Edad Media.

Y así, aquellos polvos trajeron estos lodos. Aquellas tierras polvorientas son hoy, por derecho o por revés (y volvemos a la casilla de salida) solares calificados o recalificados, como urbanos. Y entre tantas manos por las que pasan los solares, incluso manos izquierdas en muchos casos, el terreno acaba por valer un Potosí (ciudad de Bolivia cuyo subsuelo era todo él una mina de plata).

Aunque no en todas partes es igual. En China, el suelo, todo el territorio nacional, pertenece al pueblo. Así, cuando alguien precisa de una parcela, ya sea para poner un negocio, una fábrica o construirse una casa, el estado le concede, previos los prolijos trámites a que ha lugar, una concesión de uso por un tiempo determinado, transcurrido el cuál, revierte la propiedad del suelo al estado nuevamente.

Y en modo alguno sugiero un sistema como el chino, aunque a buen seguro hay un término medio aceptable. Pero cuando en un municipio como el de Barcelona surge un inmenso solar por remodelaciones urbanas, de propiedad municipal y en lugar de promover el propio ayuntamiento la construcción de viviendas sociales, todo y con ser un consistorio perteneciente al partido socialista, arropado por otros partidos que se dicen de izquierdas, lo que hace es organizar una subasta para que se lo quede el promotor más rico, la cosa no puede ir ni medio bien. Y se perfecciona con tales acciones, la creencia generalizada de que muchos concejos no tienen interés alguno en frenar la vorágine inmobiliaria sino favorecerse de ella. Y cuando es a título personal, está aún más feo.

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