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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Saber decir

Francisco Arias Solís
Redacción
lunes, 4 de diciembre de 2006, 21:56 h (CET)
“Dices que no te doy
más que palabras:
palabras volanderas
que no son nada.

Pero te engañas,
que la palabra
es aire
y el aire es alma”.


José Bergamín

Llevamos los humanos una tarjeta de identidad que nos pende de los labios. Quiero decir que, en cuanto hablamos, ofrecemos a quienes nos oyen un autorretrato tan fiel, que con muy escasa perspicacia por parte de nuestro oyente, suministra cuanto datos puede apetecer la más exigente filiación personal.

Por de pronto, nos da noticia del origen geográfico del hablante. El interlocutor agudo capta al vuelo el acento revelador.

- ¿Andaluz?

Con un poco de experiencia fonética, se puede interpelar brillantemente:

- Usted es de Málaga; probablemente de la vega de Antequera.

No es para asombrarse: el acento fonético, con su fabulosa variedad, es camino certísimo para la identificación geográfica.

Claro está que el factor cultural es importante. A mayor rusticidad, mayor impacto diferenciador en el habla. Los instrumentos vehiculares de la cultura -la radio, la televisión-, son -¡debieran ser!- garantías de unas maneras uniformes de pronunciar. ¿Qué ésta es una cuestión debatida? Nada más cierto. Hace años leí en unos periódicos franceses -es decir, en un medio rabiosamente unitario- una polémica en defensa del acento regional, con tal que la mecánica expresiva, la gramática, en suma, no quedara afectada. Según algunos comentaristas, la inflexión sonora de un normando o de un borgoñón añadían encanto y personalidad a quien la usaba.

En realidad, sin embargo, lo evidente es que la cultura, como una pirámide, tiende a aproximar las formas expresivas a medida que se acerca a la cúspide. Es una realidad indiscutible que, a medida que se habla en un más alto nivel intelectual, las aproximaciones son más fáciles.

De cada uno de nosotros, en cuanto se nos oye hablar, puede trazarse una ficha completa. Y no sólo, como he iniciado, relacionada con nuestro origen geográfico -o nuestro contorno habitual- sino en relación con nuestra capacidad cultural, con nuestro espíritu, en suma.

Se le nota, al hablante, la cantidad de escuela que lleva a cuestas. ¿Por qué creen ustedes que, al escuchar una entrevista por la radio, el personaje en cuestión nos produce la lacrimosa impresión de no saber expresarse? La cultura es una costumbre. Saber decir es una consecuencia lógica de un aprendizaje: el resultado de muchas horas de lectura, de un almacenaje de formas expresivas que, al ser requeridas en el discurso, surgen fluidamente, con riqueza de frase, sin atascarse en penosas muletillas de repetición.

Sí. “Dime cómo hablas y te diré quien eres”. Pero lo asombroso es que, siendo esto así, los que por la calle, en los medios de transporte, se apresuran a vocear su propio retrato son aquellos a quienes su indigencia mental debiera aconsejar un prudente silencio. Pero una cosa -claro está- es consecuencia de la otra.

“Todo es conforme y según”, como decía Manuel Machado. Y como dijo otro poeta: “Lo que tú quieres decir / lo dice mejor el viento / al que se lo quiere oír”.

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