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¿Inevitable la Guerra Civil en el Líbano?

Marianna Beleñkaya
Redacción
lunes, 4 de diciembre de 2006, 11:48 h (CET)
Los sucesos de los próximos días mostrarán el cariz que tomará la evolución de la situación en el Líbano. El movimiento chiíta Hezbollah y el Movimiento Patriótico Libre Cristiano encabezado por el general Michel Aoun planean amplias movilizaciones de sus partidarios exigiendo formar Gobierno de unidad nacional. De todas formas, Aoun no descarta la posibilidad de que se llegue a una fórmula de compromiso entre la oposición y la coalición gobernante (Movimiento 14 de Marzo). El ejército libanés fue puesto en alerta.

Hablando en rigor, la situación semeja un atolladero, siendo evidente que cualquier fórmula de compromiso no será otra cosa que un paliativo. Aunque hasta ahora los políticos libaneses han procurado hacer cuanto de ellos dependía por impedir que las divergencias políticas se tradujeran en guerra civil y durante casi un año han procurado llegar a fórmulas de compromiso sobre todos los temas litigiosos. Pero ahora las posibilidades de hacer concesiones recíprocas se han agotado. La oposición exige la dimisión del primer ministro, la redistribución de los cargos en el Gobierno y, posiblemente, la convocatoria de nuevos comicios en los que, según espera, reúna la mayoría de votos. A su vez, a la coalición gobernante no le conviene el presidente Emil Lahoud a quien considera como testaferro de Siria. La oposición le paga con la misma moneda al acusar el primer ministro en ejercicio de tramar confabulación con Israel y Estados Unidos.

De un lado, parece que se puede llegar a una fórmula de compromiso: basta tan sólo encontrar candidaturas de primer ministro y presidente que convengan tanto a la coalición gobernante como a la oposición. Mas todo viene a indicar que en el Líbano no hay tales candidaturas. Pero de todas formas sería una solución temporal. Se trata del reparto del poder entre diversas comunidades libanesas. Añádase a ello que el Líbano se convirtió en la arena de enfrentamiento entre EE.UU. y Europa, de un lado, y Siria e Irán, de otro. Estas dos tendencias en buena medida no dependen la una de la otra, pero al propio tiempo, los procesos externos influyen en los internos.

En realidad, el Líbano tiene dos opciones: guerra civil con el inevitable reparto del poder o cambio del sistema político. Las demás soluciones intermedias o de compromiso no hacen sino aplazar el desenlace inevitable.

Todas las coaliciones gubernamentales y parlamentarias en este país se basan en una combinación muy intrincada de los intereses de diversas comunidades, lo que paraliza el Líbano. No es casual que los acuerdos de Taif de 1989 que buscaban el objetivo de poner fin a la guerra civil en el Líbano estipularan una paulatina renuncia a la toma en consideración de la pertenencia confesional en la estructura política del país. Pero hasta ahora este principio no ha sido llevado a vías de hecho.

El sistema confesional se ha venido estructurando a lo largo de varios decenios, pero en su versión actual se basa en el censo de la población realizado en 1932. A la sazón, la comunidad de maronitas cristianos constituía el 28,3% de la población; los sunitas, el 22,5%; los chiítas, el 18,4%; los griegos ortodoxos, el 9,8%; los drusos, el 6,6%. Desde aquel entonces la situación ha cambiado evidentemente a favor de la comunidad chiíta, pero por temor a las crisis políticas nadie realizó empadronamientos.

Sin embargo, esto no ha salvado al Líbano. La crisis política deviene estado permanente de este país. Las esperanzas de estabilizar la situación que alimentaban los libaneses tras el término de la guerra civil a comienzos de los años 90, resultaron ilusorias. Un relativo equilibrio de los últimos años es en buena medida mérito de Rafik Hariri, político y hombre de negocios. Además, todos los grupos políticos radicados en el Líbano y fuera de sus confines necesitaban reagrupar sus fuerzas. Es otro factor importante. Téngase presente que en los años 90 los cambios se operaron no sólo en el Líbano sino en todo Oriente Próximo, lo que se reflejaba directamente en la situación libanesa. Fue un período de esperanzas y expectativas para toda la región.

Pero el milagro no llegó a producirse. La región estalló. En 2000, en Palestina comienza una nueva intifada; en 2003 comienza la guerra de Irak, EE.UU. refuerza presiones sobre Damasco y Teherán, comienza a ponerse en práctica la doctrina de democratización de Oriente Próximo, todo lo cual no deja de repercutir en el Líbano. Y, por fin, en 2005, a raíz de las acciones de protesta en Beirut por el asesinato del ex primer ministro Rafik Hariri, las tropas sirias abandonan el país después de muchos años de presencia. Esta circunstancia de hecho hizo posible alterar el equilibrio de fuerzas en el Líbano. Esta alteración podía haberse producido mucho antes, pero se estaba conteniendo desde fuera. Las tropas sirias se marcharon. Las israelíes lo hicieron aún antes, en 2000. Durante este espacio de tiempo vio apreciablemente reforzadas sus posiciones Hezbollah que hoy por hoy es la fuerza más eficaz y lo demostró durante la reciente guerra entre Israel y el Líbano. La fuerza existente de facto ha de ser legalizada de jure, es decir, estar representada en el Gobierno y en el parlamento. Tampoco se pueden desestimar las ambiciones políticas del general Aoun cuyos partidarios de la comunidad cristiana son mucho más numerosos que aquellos que apoyan a la coalición gobernante.

¿Pero están dispuestos París y Washington a conformarse con la nueva correlación de fuerzas en el Líbano? ¿Aceptarán el reforzamiento de Hezbollah y de la comunidad chiíta en su conjunto? Respecto a ello hay serias dudas. Según evidencia la historia del Líbano, cualquier cambio en la correlación de las fuerzas políticas siempre era instrumentado por jugadores externos. De todas formas, hoy, el movimiento Hezbollah es lo suficientemente fuerte para tomar el poder sin pedir permiso a nadie, sobre todo si cuenta con el apoyo de los partidarios de Aoun. Pero ni este general ni los líderes chiítas querrán granjearse la dudosa fama de ser incendiarios de una guerra civil. Tal vez, traten de llegar a fórmulas de compromiso después de amedrentar a la coalición gobernante con masivas acciones de protesta. Pero nadie nunca sabe en qué pueden desembocar las manifestaciones de masas. Los provocadores en el Líbano sobran.

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Marianna Beleñkaya, para RIA Novosti.


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