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Etiquetas:   Contar por no callar   -   Sección:   Opinión

El veneno que vino del frío

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
lunes, 4 de diciembre de 2006, 04:43 h (CET)
Cada día vivimos más peligrosamente. A los peligros que nos acechan en nuestro diario acontecer- enfermedades, accidentes, atentados indiscriminados- ahora se suma la aparición del Polonio 210, ese veneno radioactivo que nos ha llegado del frio una vez atravesado el viejo telón de acero de la guerra fría. El polonio fue descubierto por Marie Curie en 1898 y le puso este nombre en homenaje a Polonia, su tierra natal. Es un metaloide con aspecto similar al plomo y al bismuto que raramente se encuentra en la tierra en su estado natural, por tanto se fábrica para su utilización en la industria nuclear y, al parecer, también en la fabricación de armamento. Es sumamente radioactivo ya que contiene 34 isótopos pero no es letal para el hombre a no ser que se ingiera o inhale. Entonces la muerte es casi segura. Y ya tenemos esta nueva arma de destrucción entre nosotros. Imagino que hasta la fecha tan sólo los físicos sabían del polonio, pero ahora ya puede aparecer en nuestra sopa en cualquier momento. Todos los adelantos científicos suelen ser un bien para la humanidad pero también es cierto que su mala utilización en ocasiones puede, como en cualquier película de ficción, ser letal para los humanos.

El disidente ruso Alexander Litvinenko ha pagado con su vida las investigaciones que estaba llevando a cabo para tratar de esclarecer el asesinato el pasado octubre de la periodista rusa Anna Politókvskai. Esta periodista, incomoda para el régimen de Putin, llevaba tiempo investigando y denunciando las matanzas de chechenios a manos del ejercito ruso y se sospecha que espías rusos o elementos paramilitares al servicio del poder acabaron con su vida. Litvinenko, exiliado en Londres, se sintió mal, acudió a un hospital y allí murió victima de la ingestión o inhalación de polonio 210. Después le llegó el turno a Iegor Gaidar, exprimer ministro ruso, quien en un viaje a Dublín también fue envenenado con el mismo producto y al investigador italiano Mario Scarmilla quien se reunió con Litvinenko para hacerle llegar un listado de personas amenazadas de muerte entre las que se encontraba él mismo.

A no ser porque las muertes y los envenenamientos son ciertos creeríamos estar ante una de las novelas de espías de John Le Carré o bien llamaríamos de inmediato a James Bond, el 007 creado por la mente de Ian Fleming. Al parecer los espías nunca se fueron a pesar de los abrazos entre Bush y Putin, siguen entre nosotros aunque ya no lleven una vieja gabardina y un sombrero de fieltro. Ahora sus métodos son mucho más sofisticados que matar al disidente con la puntera de un paraguas impregnada en veneno tal y como se describe en alguna de las viejas novelas de serie negra. Algo huele a podrido y no es en Dinamarca, sino en Rusia, un poco más arriba.

Pero aquí los que verdaderamente han fallado de manera escandalosa han sido los servicios de seguridad de los aeropuertos, tantas medidas de seguridad no han servido para nada, el polonio 210 se les ha colado por la puerta trasera. Ahora cuando alguien llega al aeropuerto para tomar un vuelo le entra el síndrome del terrorista. Arcos detectores, una dama que se pinta los labios para convencer al aduanero que su pintalabios no es una bomba camuflada, la madre que prueba el biberón del niño para demostrar que realmente es leche lo que contiene, guardias fuertemente armados paseando por los pasillos mientras otros guardias te cachean a conciencia metiendo mano hasta en rincones donde tu pareja raras veces llega y todos nosotros con las bolsitas transparente para llevar los enseres para el aseo personal. Y a pesar de todo el polonio 210 pasó todos los controles. En cuatro aviones de la British Airway se les coló el metaloide y sus restos viajaron en 24 vuelos a Barcelona y dos a Madrid además de a otras capitales europeas. Ahora al riesgo que supone que al llegar al destino la maleta esté a miles de kilómetros de distancia hay que sumar la ruleta rusa de que algún pasajero haya estado sentado a nuestro lado con un gramo de polonio 210 camuflado en su bolsillo. Así que, como nos decían nuestras madres cuando éramos niños, no acepten invitaciones de desconocidos no vaya a ser que acaben con los cabellos verdes.

Y mientras el común de los mortales va por la vida esquivando las radiaciones del polonio 210, los líderes mundiales Bush y Putin seguirán con sus abrazos mientras nadie les tose, y ojito que alguien se atreva a hacerlo, ya saben cómo se las gastan.

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