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Etiquetas:   Crítica de cine   -   Sección:   Cine

'El Perfume': Mucho olfato, poco ojo

Gonzalo G. Velasco
Gonzalo G. Velasco
miércoles, 7 de febrero de 2007, 19:20 h (CET)
Muchos han sido los cineastas que en algún momento se han sentido tentados por llevar a la gran pantalla el superventas literario El Perfume, del escritor alemán Patrick Süskind, incluido Stanley Kubrick, pero finalmente ha sido Tom Tykwer (Corre Lola Corre, La Princesa y El Guerrero, Heaven) el que se ha beneficiado de las reticencias de Süskind para ceder los derechos cinematográficos de su obra. Nunca sabremos que es lo que habría extraído el maestro Kubrick de un material tan goloso, pero sí podemos aventurar que, independientemente de la calidad del resultado, la crítica habría alabado su labor de manera casi unánime, como ocurrió en su momento con Eyes Wide Shut (un bodrio patatero del que, de hacer caso a las declaraciones de R. Lee Ermey, el actor bajo la piel del sargento Hartman en La Chaqueta Metálica y gran amigo del director inglés, el propio Kubrick abominaba). Eso no significa que la labor de Tykwer haya sido acogida con frialdad, pues en líneas generales, la película está gustando bastante. Ustedes tienen la suerte de gozar de otra perspectiva, porque lo que es a mí, El Perfume me ha aburrido hasta decir basta.

Todos los elementos que habían hecho del libro un éxito editorial impepinable, se han traicionado por sistema en su adaptación cinematográfica, empezando por la duración (en el tiempo que dura la película uno podría leerse dos veces la novela), continuando por el atractivo del protagonista (encarnado por un sosísimo Ben Winshaw, a la altura de ese palafrenero de la incompetencia interpretativa llamado Orlando Bloom) y terminando por la puñalada imperdonable, dolosa, casi crispante, al pasaje más recordado del libro: la orgía final, que en lugar de coronar la narración con un paroxismo de sexo y antropofagia, como en el libro, el director opta por filmar con una flojera y un pudor pertinaces con la misma pasión que Isabel Coixet filmaría un anuncio de compresas para financiar sus mondongadas sensibleras. De ahí que lo que podría haber sido una escena para guardar en nuestras retinas hasta el día del juicio final (no se ven orgías multitudinarias en el cine convencional todos los días), se quede en una especie de homenaje fílmico a las obras de ese tipo que recorre el mundo fotografiando masas en pelota picada cuyo nombre no recuerdo.

En el fondo, todo esto se debe a que Tykwer, tal vez movido por el miedo a las críticas más previsibles, (esas que desde que se anunció el proyecto no hacían otra cosa más que repetir una y otra vez que era imposible llevar a la gran pantalla una historia sobre los olores) ha centrado todo su innegable talento cinematográfico en tratar de reproducir en imágenes, de manera seria y convincente, etéreas sensaciones olfativas, pasando por alto que el cine es, ante todo, emoción. Por ello la película está llena de altibajos, incoherencias, lagunas y descompensaciones. Y por ello, aunque comienza bastante bien (un uso portentoso de la voz en off combinado con una recreación de la sordidez urbana del parís de la época francamente conseguida), El Perfume ni está a la altura de la novela, ni a la de la trayectoria de su director, ni, por supuesto, a la de las expectativas que muchos habíamos puesto en ella.

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