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La Bombonera late…

Jorge Dargel
Jorge Dargel
jueves, 30 de noviembre de 2006, 23:37 h (CET)
Aprovechando un pequeño `paseo´ por Buenos Aires, pude disfrutar de uno de los mayores placeres para un aficionado al fútbol, ir a ver un partido a la Bombonera. Visitar el estadio del Boca Juniors tiene que ser una obligación para los amantes de este deporte, así como lo es el Vaticano para los católicos o La Meca para los musulmanes. No importa si eres del River Plate, del Real Madrid o de cualquier otro, porque lo que se vive en ese coliseo no tiene precio ni se puede contar hasta que no se está in situ.

Al viajar a esta ciudad Argentina, mi amigo y yo teníamos claro que era de obligada visita ir a ver un encuentro en la Bombonera, como si de la Casa Rosada o el Obelisco se tratase. Para algunos `culteretas´ puede resultar blasfema la comparación, pero zapatero a sus zapatos… Sabíamos de la peligrosidad de asistir a un partido en este país, aún más después de las noticias que nos llegaban horas antes de nuestro periplo. Los dirigentes del fútbol argentino estaban estudiando suspender esa jornada tras los graves incidentes de los hinchas de varios clubes ante sus mismos jugadores. A pesar de ello, confiábamos en que no se parara la competición y así fue. Nuestros `rezos´ dieron su fruto, la liga no se detenía. Conseguimos las ansiadas entradas y ya sólo teníamos que esperar al domingo. Lo de menos era si el Boca ganaba o perdía, incluso si podía proclamarse campeón ese mismo día si su perseguidor, el Estudiantes, `pinchaba´. La ilusión por ver la Bombonera era mayor que todas las circunstancias que rodeaban a este encuentro.

Este estadio se encuentra en uno de los barrios más pobres de Buenos Aires, la Boca. Tras las casas pintadas de llamativos colores (por la pintura que sobraba de los barcos del astillero), aparece la Bombonera con una estructura tosca, que sobresale del resto de viviendas. Días precedentes a este partido, la gente nos hablaba con entusiasmo de cómo se vive un encuentro en el estadio del Boca. La frase que más repetía los bonaerenses era la siguiente, “la Bombonera late”, cual corazón gigante que engloba al resto de miles de pequeños órganos vivientes. Ante las numerosas reiteraciones sobre este sobrenatural evento, nuestras ganas por ser miembros de este suceso paranormal crecían. Y por fin llegó el tan ansiado día, el Boca ya no podía ser campeón al vencer su perseguidor inmediato, pero daba igual. Una hora antes del choque contra Colón, las calles aledañas al campo estaban plagadas de gente y de jolgorio. Al acercarnos al acceso al estadio, se podía empezar a comprobar que los dichos populares eran ciertos. A pesar de aún quedar 60 minutos para el comienzo, más de la mitad de la Bombonera estaba llena, pero aún mejor, animando como si su equipo estuviese jugando. ¿Qué raro se nos hace cuando estamos acostumbrados a ver llegar a los aficionados españoles cuando el partido ya ha empezado? Ésta es una de las diferencias con el seguidor argentino. El fútbol lo siente de otra forma, como si de una religión o forma de vida fuese. Quizás aquí radica una de las causas que provoca el fanatismo de los aficionados en el país argentino. Por poner un ejemplo, algunas personas al presentarse a otra dicen: “Soy fulanito, hincha del Racing de Avellaneda, ¿cómo estas?”

Pero volvamos al partido. El árbitro pita el inicio y la Bombonera empieza a rugir, pero ruge de verdad. ¡Qué envidia me dio respecto a las aficiones de nuestros clubes! Se te pone la piel de gallino cuando ves y oyes las caras y los cánticos de los hinchas. No sólo era un fondo, sino que todo el graderío seguía un guión de canciones. La apoteosis viene con el primer gol del Boca. El coliseo boquense se viene abajo. Y por fin experimentamos ese fenómeno del cuál tanto nos habían hablado. Mi amigo y yo nos miramos riéndonos y sorprendidos, “la Bombonera late de verdad”. Los asientos de cemento parecían ir acordes a los cantares de las graderías y además, éramos partícipes de ello. Los hinchas no se detuvieron de animar a su equipo en todo el choque, a pesar de que el rival les empate, se dejan la garganta para su club. Finalmente, el partido termina con la victoria aplastante de cuatro a uno, pero la cosa no acaba ahí. Los miles de aficionados no abandonan sus asientos sin parar de animar sus héroes, que por un día les hacen olvidar lo cotidiano y lo triste de la vida de muchos de ellos. Podrán ser pobres, pero no para su club, al que se desviven de una manera incomparable.

Es de total recibo criticar y castigar toda violencia en el fútbol, mucha de ella acaparada en Argentina, pero también es de reseñar la forma de vivir el fútbol para los argentinos. Es en este aspecto en el que nos tenemos que mirar los hinchas españoles, muchos de ellos, fríos en el campo y mal acostumbrados a que su equipo gane. Hay que quedarse con lo mejor y desechar lo peor, pero experimentar un partido de fútbol en Argentina no tiene precio que valga. Llueva, granice o nieve, los seguidores de un club de este país no abandonan a su jugadores, para bien o para mal. Para concluir, no olvidemos que la afición es la que hace grande a un club. Cuando pasen unos años no me acordaré de cómo quedó este partido, pero sí de cómo se siente el fútbol en Argentina, en concreto, en la Bombonera.

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