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Etiquetas:   Crítica de cine   -   Sección:   Cine

'Casino Royale': Resurrección de James Bond

Graciela Padilla
Redacción
martes, 23 de enero de 2007, 20:45 h (CET)
Según todos los rumores, Pierce Brosnan no ha protagonizado la última aventura de 007 porque pidió más de 20 millones de dólares por enfundarse de nuevo el esmoquin a medida. Él mismo alentó a Daniel Craig, el nuevo elegido, ayudándole a superar las críticas que siguieron a su discutida elección. Es posible que ahora se arrepienta de ello. El rubio británico le ha usurpado la gloria con el Bond más visceral, duro, cruel y frío. Para muchos, el mejor Bond (con permiso de Sir Sean Connery).

Y es que Daniel Craig regala una interpretación distinta. Ha llegado al volante del Aston Martin DBS (inédito en la calle, cosas del cine y del marketing) con la mejor carrera como actor de todos los Bond de la historia. Se impuso en el casting a Ewan McGregor (demasiado bajito), a Orlando Bloom (demasiado aclamado por el público juvenil), a su compañero en Munich, Eric Bana (demasiado tierno, nadie se lo creía en Hulk), y a Clive Owen (éste es el único que le podría haber hecho sombra). Sus credenciales: actor de método, con carrera demostrable, formado sobre las tablas en decenas de montajes de Shakespeare y salido de las filas de la Guildhall School of Music and Drama. Craig era actor mucho antes de ser James Bond.

Las cadenas televisivas se empeñan en recordárnoslo, aprovechando el tirón mediático del estreno, y nos muestran películas antiguas y variopintas del actor durante estos días. Antena 3 tira de su library emitiendo en prime-time El secreto del arcángel. Allí Craig estaba más delgado y ha pasado muchas horas de gimnasio hasta ganar la licencia 00. Sin embargo, hay un actor debajo de ese cuerpo musculoso. Es cierto, parece un boxeador, como denunciaron los fans incondicionales de la saga, arremetiendo contra el británico. Pero amigos, olvídense de la armadura. Craig llena la pantalla con una mirada y un gesto gélidos, solemnes, hieráticos. Es el triunfo del eclecticismo interpretativo. Los mamporros quedan en un segundo plano, si se desea. El actor se aleja de sus papeles anteriores: Las aventuras del joven Indiana Jones, Camino a la Perdición, Sylvia, El Intruso, The Jacket o la ya nombrada obra spielbergiana, Munich. El objetivo: reinventar un personaje que se estaba llenando de polvo.

Claro que tratándose de una película de acción por excelencia, no se puede dejar a un lado el espectáculo visual que nos proponen el director, Martin Campbell (La leyenda del Zorro, La Máscara del Zorro, Límite Vertical, Goldeneye; ya sabía lo que se hacía...) y su trío mágico de guionistas (Neil Purvis y Robert Wade intervinieron en los libretos de las películas de Bond interpretadas por Brosnan, y Paul Hagáis nos regaló Crash hace ya casi un año). Casino Royale es una coreografía de efectos especiales, explosiones, armas de última generación, persecuciones (atentos a Madagascar), vueltas de campana (record Guinness con destrucción de coche incluida) y recursos variados de thriller. Virtuosismo del lenguaje rápido y casi sincopado, cámara al hombro, steady-cam, grúas, helicóptero, planos cortos y rápidos... La cámara está en todas partes, como el protagonista, y vive la acción como el que más. El guión y la música (atención, la melodía de la saga sólo sonará al final, cuando tengamos al verdadero Bond que conocemos) apenas dejan respirar, excepto en los momentos románticos, algo largos pero necesarios para explicar por qué Bond será Bond. En esos momentos dulces, Caterina Murino (Vientos de agua) pone sensualidad y Eva Green (Soñadores, Arséne Lupin, El reino de los cielos y His dark materials, próximamente con Nicole Kidman y, de nuevo, con Craig) aporta romanticismo. Dos cuerpos y rostros bellos que no podían faltar en la receta. Sin embargo, siguen quedando lejos de la dama Judi Dench (M) y del mismo Bond. Hacen recordar al espectador que en la saga no hay sitio para protagonista femenina y menos, para el amor. Bond se enamora y se rompe. Nos quedamos con el ya 007 de la última escena. Efectivamente, el personaje ha resucitado.

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