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Democracia y controles

Francisco Rodríguez Barragán
Francisco Rodríguez
miércoles, 29 de noviembre de 2006, 23:19 h (CET)
Hace treinta años, yo pensaba ingenuamente que si pasábamos de un régimen autoritario a otro democrático, se abriría para España una era de paz y convivencia. Aunque se dedicaron multitud de alabanzas a nuestra modélica transición, su artífice, Adolfo Suárez, terminó su etapa sin mucha gloria, incluso tuvo el añadido del 23-F. No perdí con ello la ilusión democrática y lo achaqué a inevitables procesos de reajuste. La llegada de Felipe González podía ser un elemento estabilizador, pero su larga etapa nos deparó más penas que alegrías: GAL, Ibercorp, Roldán, Filesa y un largo etcétera que trocó mi esperanza en desencanto. Los años de Aznar reanimaron algo mi decaída ilusión en la democracia, pero el 11-M, sus días posteriores, la llegada de Zapatero, los nacionalismos, la ETA y la deriva de España no sé hacia donde, me han vuelto a sumir en el pesimismo. ¿Es que los españoles no somos capaces de construir una democracia?

Tarde he caído en la cuenta de que la democracia no es ningún sistema milagroso capaz de solucionar los problemas, mucho más si la democracia que se nos ha ofrecido es la escasa participación cada cuatro años en las elecciones para elegir en unas listas cerradas y bloqueadas a unos representantes decididos por las cúpulas de los partidos, que a menudo desconocemos y a quienes no podemos controlar, que incluso se cambian de partido sin ruborizarse. También he caído en la cuenta de que una democracia es una situación de equilibrio que necesita de una serie de contrapesos que controlen eficazmente a los políticos, ya que el poder corrompe, aunque sea democrático.

La famosa división de poderes −ejecutivo, legislativo y judicial− desapareció definitivamente. El ejecutivo y el legislativo son detentados por los mismos partidos que configuran las mayorías y las críticas y los votos en contra de las minorías no representan ningún control de nada. El parlamento es solo una caja de resonancia para que los políticos se dirijan a sus clientelas pero no se parlamenta nada. Los acuerdos, si los hay, se fraguan sin luz ni taquígrafos.

El poder judicial, que podía servir de contrapeso, ya se encargó Felipe González de desactivarlo, haciendo depender a sus miembros de los mismos partidos que tendrían que ser controlados. Cuando el gobierno cambió, tampoco se hizo el más mínimo esfuerzo para restablecer el control que la Constitución asignó al poder judicial y que fue desvirtuado por una sentencia complaciente. Si los tribunales actúan contra los políticos éstos se apresuran a buscar la forma de blindarse contra ellos como tratan de hacer ahora en el País Vasco.

¿Qué controles efectivos quedan? Ahí tenemos los escándalos urbanísticos como ejemplo paradigmático de una corrupción incontrolable. ¡Cuando la justicia actúa los edificios están terminados!

Se dice que el control más efectivo es el de los medios de comunicación. Pero estos medios son de alguien que casi siempre ya hizo su opción política y trabaja a favor de ella. Para qué hablar de la televisión pública y el peso institucional de todas las administraciones sobre los medios.

Es cierto que la red ha facilitado un medio de hacer efectiva la libertad de expresión a todo el que quiera utilizarla, pero su capacidad de movilización todavía no es decisiva a mi parecer. Muchos de sus usuarios, amparados en el anonimato de un alias dicen cosas que no serían capaces de firmar con su nombre, apellidos y documento de identidad.

Sin controles, sin contrapesos, no existe democracia. Tendríamos que empeñarnos en hacerlos efectivos y si no existen crearlos, aunque no podremos contar con los partidos a los cuales les va bien esta situación. ¡Solo hay que observar la cantidad de políticos “profesionales” que siempre disfrutan de poder, cargos bien retribuidos o privilegios!

No es la confianza en los políticos lo que puede revitalizar la democracia, sino una radical desconfianza. El poder siempre corrompe. Vigilemos a nuestros representantes con todos los controles posibles.

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