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Opinión
Etiquetas:   Política   Coronavirus   ERTE   Pandemia  

​Medidas de choque, ¿ahora sólo avales de 20.000 millones?

No se puede detener un tsunami con un muro de paja
Miguel Massanet
miércoles, 25 de marzo de 2020, 13:13 h (CET)

No se puede decir que la pandemia del Covid19 sea algo común, intrascendente y fácil de contrarrestar. Si el Gobierno tiene ya la experiencia de lo que significa un retraso en darle la importancia debida a la prevención contra la pandemia, al error de movilizarse cuando ya el virus se había cobrado 136 víctimas en nuestra nación y el empeño de anteponer sus intereses políticos a adelantarse en tomar las medidas adecuadas, la primera la de prepararse asegurándose los medios sanitarios, las ropas de protección, las mascarillas, los respiradores y todos aquellos que son esenciales para afrontar una situación crítica como es la que en estos momentos estamos soportando en España, todo ello en el campo de la salud de los españoles que, como es evidente, es el primer bien que un gobierno tiene la obligación de garantizar a sus ciudadanos; pero sin olvidarnos de que el país va a sufrir, de hecho ya se está produciendo, los efectos económicos derivados de que el elevado número de contagios, las muertes y la obligación de permanecer aislados en sus domicilios de un número importante de ciudadanos, va a impactar directamente en la economía, el tejido industrial, el comercio, las profesiones liberales, el turismo, los espectáculos etc., de modo que se va a producir, si Dios no lo remedia, un caos que, probablemente no se va a presentar escalonadamente, como parece entender el Gobierno cuando sólo ha previsto una partida de una quinta parte de los avales que se había comprometido a facilitar (100.000 millones de euros) a aquellas empresas en dificultades económicas por causa del coronavirus, principalmente las pymes, sino de una forma inmediata en los dos meses que se calcula, eufemísticamente, que va a durar la epidemia que nos está afectando.

La Sociedad Española de Medicina Intensiva, Crítica y Unidades Coronarias de todo el país ha elaborado un plan “con la acción conjunta, los protocolos, recomendaciones y escenarios” a los que se iba a enfrentar la red hospitalaria española. Este estudio habla de que: “El escenario que más se ajusta a la situación actual de las CC.AA más afectadas se refiere a una tasa de ataque bruto del 35% y 12 semanas de duración” (se refiere a la red hospitalaria pública). Seguidamente se relaciona lo que representarían los efectos de la pandemia partiendo de los datos utilizados: número semanal de admisiones hospitalarias (entre 128.755 y364.515); el punto máximo de demanda de recursos hospitalarios se establece en la semana 7ª (20 abril) con 41.765 en dicha semana; se prevén un número de ingresos en la UCI semanal de 9.257 pacientes hospitalizados. Y, finalmente, si las medidas adoptadas no tienen los resultados previstos, el número total de fallecimientos sería de 55.986 y el pico de la epidemia el 20 de abril. ¡Un panorama aterrador que nos da la medida de lo que pudiera suceder a nuestro país en un periodo de apenas dos meses o incluso un solo mes!


Es evidente que las medidas de choque han de serlo o, si no, puede que lleguen tarde y cuando ya el mal haya hecho que toda la nación haya quedado colapsada. Se habla de que la epidemia se está contagiando en España a una velocidad superior a lo que lo ha estado haciendo en Italia y el número de fallecidos, últimamente registrados, asciende a 500 fallecidos en 24 horas. Si el problema lo trasladamos a los profesionales de la medicina afectados por el contagio de la enfermedad y los efectos que el contagio puedan tener en las fuerzas de orden público, al ejército, al personal de farmacias y el de los servicios necesarios como supermercados, bancos, colmados etc., es evidente que los efectos de la pandemia sobrepasan estas tímidas ayudas, en cuentagotas, que está facilitando el Gobierno, principalmente en forma de avales.

Nos preguntamos ¿cuánto tiempo se va a poder mantener a un pueblo, el español, enjaulado en sus domicilios, pendientes de los televisores esperando noticias buenas, que parecen no llegar nunca, y viendo estresados como las cifras de contagiados y muertos se van elevando exponencialmente, por encima de países como los EE.UU, GB o Alemania? Pero no acaban aquí nuestras desgracias, porque el señor Presidente, Pedro Sánchez, el que ha acaparado el protagonismo de la lucha contra la pandemia, tiene entre sus familiares más cercanos a varios contagiados por la enfermedad, personas, como su esposa, con la que ha estado conviviendo hasta que se le declaró la infección del Covid19. En el caso, evidentemente no deseado, de que el señor presidente tuviera indicios de contagio y hubiera que ceder el mando de la nación, parece ser que el que tendría todas las papeletas para ocupar su cargo sería, nada más y nada menos, que el señor vicepresidente, Pablo Iglesias, un señor al que lo único que le preocupa es sacar provecho de la grave situación por la que pasa la nación española, conseguir colocar a personas de su confianza en puestos clave ( él ya está metido en el CESID), promover normas de contenido comunista, atacar la empresa privada e intentar nacionalizar la producción, como ha sido práctica general en todos los regímenes comunistas que han ejercido su poder sobre aquellas naciones que estuvieron sometidas a ellos, a las que que se encargaron de arruinar sistemáticamente.

Todos los países afectados por la pandemia, que son la mayoría, mantienen la esperanza de que, pasada la enfermedad que los viene acosando, van a ser capaces de recobrar el pulso de su economía, en estos momentos en situación de shock a causa de los efectos de la epidemia, debido a que sus gobiernos han actuado con diligencia ( Alemania y Francia tuvieron la precaución de acaparar la mayoría de la producción de caretas, tropa de aislamiento contra virus y respiradores) y no perdieron el tiempo esperando a que la pandemia se extendiera por toda su nación cogiendo desprevenido a su servicio sanitario. La timidez; el afán de esconder una realidad que debieron de haber previsto que era imposible de ocultar; su empeño en desviar la atención del Gobierno intentando cargar las culpas a la autonomía de Madrid, por estar gobernada por una coalición del PP; las mismas informaciones sesgadas y poco creíbles del señor Fernando Simó, hablando de efectos limitados del caso del coronavirus en caso de que llegara a España, no han contribuido a que los ciudadanos de a pie, cansados de que se nos tome el pelo y se pretenda dar versiones, evidentemente edulcoradas, de una situación que es obvio que los que nos gobiernan son incapaces de controlar y que se les está escapando de las manos; estemos seguros de que los que nos dirigen sean capaces de cargar con un marrón semejante.

Así es como, señores, desde la óptica de un simple ciudadano de a pie, cada día que pasa, cada mala noticia que nos dan, cada ERTE que se nos anuncia ( cada día más numerosos y que afectan a más trabajadores) o cada noticia de que se va contagiando más personal sanitario que queda fuera de servicio, cuando la evidencia nos lleva a comprobar que los contagios siguen en aumento y los médicos y enfermeros que debieran hacerse cargo de los infectados, cada vez son menos, están más agotados y su moral, al verse impotentes para sumir la carga que se les ha impuesto, ha quedado reducida a una mera indiferencia y apatía. Algo resulta evidente, este problema no se soluciona con paños calientes, con acusaciones contra la oposición de no colaboración ni manteniendo a un ministro de Sanidad, que es una persona que nada sabe del tema. Han de caer cabezas en el Gobierno, han de depurarse a los que no han sabido afrontar la epidemia con garantías de éxito y, por supuesto, hay que poner al frente de los que asumen la responsabilidad de luchar contra el Covid19 a personal preparado, catedráticos, científicos, grandes epidemiólogos y personal de eficiencia probada, que sean capaces de poner en marcha los recursos necesarios para luchar con eficacia contra la enfermedad. Está demostrado que, en estos casos, los políticos sobran y, aún más, son un estorbo para que las personas preparadas puedan actuar con libertad.

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