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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

La historia sangrienta del Vaticano

José Vicente Cobo
Vida Universal
miércoles, 29 de noviembre de 2006, 01:49 h (CET)
Jesús enseñó el amor a los enemigos y el pacifismo: «Quien coja la espada, perecerá bajo la espada». Sin embargo, los Papas de Roma, como monarcas absolutos de los Estados Pontificios, a menudo han conducido ellos mismos a la guerra y han participado en guerras civiles. Los Papas una y otra vez han provocado y apoyado guerras, instigando a pueblos enteros a luchar unos contra otros, por ejemplo: los bizantinos contra los ostrogodos, los francos contra los longobardos, los normandos contra los Hohenstaufen y al revés.

En el siglo XVII el Vaticano estimuló ardientemente la guerra de los Treinta Años en Alemania y en 1914 el embajador vaticano en Viena incitó a los Habsburgos contra los serbios en la Primera Guerra Mundial. Curas castrenses católicos a ambos lados del frente enviaban a los soldados a la batalla con la «bendición de Dios». El Vaticano apoyó a todos los dictadores fascistas y derechistas en Europa y en Latinoamérica. Sacerdotes católicos participaron decisivamente en el genocidio de los fascistas croatas contra los serbios ortodoxos de 1941 a l943, en las sangrientas batidas en Argentina de 1976 a 1983 y en el genocidio de los hutus a los tutsis en Ruanda en 1994. El Papa Juan Pablo II dijo durante la guerra del Golfo, en 1991: «Nosotros no somos pacifistas» (según noticia en el periódico Abendzeitung de Munich del 18.2.91). En 1995 él hizo un llamamiento a la «guerra justa» en Bosnia (periódico Abendzeitung del 24.7.95). Y el Papa actual, cuando aún era el cardenal Ratzinger, pocos meses antes de su elección rechazó el pacifismo como algo «no cristiano» (Radio Vaticana, 23.11.04). Es decir que él  rechazó a Cristo. 

Jesús llamó a los hombres a la hermandad y respetó su libre albedrío. No obstante, la Iglesia siempre persiguió sangrientamente a personas de otras creencias. Desde los marcionistas, pasando por los cátaros y bogumilos, hasta llegar a los valdenses y baptistas, ella exterminó a todos los movimientos que enlazaban con el cristianismo de los primeros tiempos. Ella incitó a pogromos contra los judíos, introdujo la Inquisición y atizó la locura de la caza de brujas. La enseñanza cristiana la difundió a fuego y espada y tiene sobre su conciencia el genocidio de los indios americanos y el saqueo de todo un continente. Todavía en estos tiempos el Vaticano persigue a minorías religiosas allí donde alcanza su brazo. 

Jesús vivió sencillamente y enseñó que el hombre «no debería acumular riquezas que corroen el orín y la polilla». A través de muchos siglos la Iglesia ha acumulado inmensas riquezas, saqueando a los pueblos, haciendo cobrar despiadadamente el diezmo, enriqueciéndose con la fortuna de las víctimas de la Inquisición y de las quemas de brujas, falsificando documentos, practicando la captación de herencias, asegurándose la liberación de impuestos y subvenciones fiscales, lo que en muchos países todavía sigue vigente. Lo que la Iglesia hace de «bueno» en el mundo, jamás lo financia con su gigantesca fortuna, sino que exclusivamente con los donativos de los creyentes y con las subvenciones del Estado.

Jesús enseñó el Dios del amor, que ama a todos Sus hijos por igual e intenta todo para volver a tenerlos a Su lado. Él no enseña un infierno eterno. Sin embargo, la Iglesia difunde hasta nuestros días la imagen pagana de un Dios que castiga, que a los hombres que no siguen a la casta sacerdotal los castiga con la condenación eterna. Con ello causa miedo y terror en innumerables personas, les hace perder la salud anímica y los distancia de Dios. Este es un pecado contra el Espíritu Santo. 

Jesús era un hombre sencillo y humilde que en todo honraba a Dios. Sus presuntos seguidores, en todas las épocas se rodearon de una pompa difícil de concebir, para lo cual el que tenía que sufrir era el pueblo. Ellos cultivan el culto a la persona y se dejan reverenciar y titular de «Santo padre», a pesar de que Jesús dijo: «No os hagáis llamar padre», y además: «Sólo Uno es santo, vuestro Padre en el Cielo». En el Padrenuestro llamamos a este padre sencillamente «Padre», pero a Su presunto vicario en la Tierra le tenemos que llamar «su santidad». ¿Es que el sumo sacerdote de la Iglesia de Roma que viste ropajes paganos es acaso más que Dios?

Jesús no instituyó a sacerdotes ni tampoco erigió una Iglesia. Él trajo a los hombres la religión interna del corazón, puesto que «El Reino de Dios está dentro de vosotros». Sin embargo, de los comienzos positivos del cristianismo temprano, la Iglesia hizo totalmente lo contrario de lo que quería Jesús, esto es: una Iglesia de sacerdotes constituida de forma jerárquica, con ritos, receptáculos, vestiduras y costumbres que comprobadamente provienen todos del paganismo. La Iglesia siempre ató y sigue atando a las personas a estos ritos paganos externos, como a la adoración de los santos, a romerías, a la celebración ritual de la misa, al agua bendita, a ceremonias sacramentales y las mantiene así atadas dentro de una religión volcada hacia el mundo exterior.

Jesús siempre intervino a favor de los oprimidos: de las mujeres, de los esclavos, de los marginados, también de los animales y de la Creación de Dios. Desde sus comienzos, la Iglesia oprime a las mujeres. Sacerdotes y monjes mantuvieron durante siglos incluso a «esclavos de la Iglesia», cuya liberación estaba prohibida. La Iglesia siempre se puso de lado de los poderosos y de los ricos y justificó las diferencias sociales. Personas en particular, que se comportan de otra manera, tienen sólo la oportuna función de servir de coartada para encubrir esto. La Iglesia también negó que los animales tuvieran alma y causó con ello el maltrato repetido y la tortura de miles y millones de animales en los experimentos de laboratorio, en el mantenimiento masivo de animales y en la caza, así como en la explotación ilimitada y cruel de la naturaleza en toda la Tierra. 

A pesar de todas estas claras contradicciones, la Iglesia se sigue denominando «cristiana». Esto es un escándalo que no queremos tolerar más.

Nosotros somos cristianos libres que luchan por el Cristo del Sermón de la Montaña. Nos sentimos unidos y comprometidos con Cristo, el que siendo Jesús de Nazaret vivió entre nosotros y en esta época nos vuelve a transmitir Su enseñanza pura a través de la palabra profética. Nadie tiene la obligación de participar de esta creencia, puesto que respetamos el libre albedrío de cada uno de nuestros semejantes, así como lo hizo Jesús, nuestro modelo ejemplar. Sin embargo, quien dice ser «cristiano», no debería hacer constantemente lo contrario de lo que quería y enseñó Jesús, el gran maestro de la libertad. 

Imagínese usted que uno de sus antepasados ha desarrollado un producto único y de la calidad más alta y lo ha puesto en el mercado. Este producto ganó por de pronto gran reconocimiento entre los consumidores y fue altamente apreciado. Pero entonces vino un pirata ladrón de productos y produjo uno de calidad inferior bajo el nombre de su antepasado, que lleva el mismo nombre pero no tiene valor, más aún, que después de poco uso causa incluso daño a los que lo compran. 

¿Cómo reaccionaría usted? ¿Se quedaría simplemente impávido o trataría de hacerles notar a sus semejantes el engaño, la piratería del robo de producto, llamándoles la atención? 

¡Haga público con nosotros este engaño! ¡Advierta con nosotros a sus semejantes! ¡Exija con nosotros a la Iglesia a que sólo se llame «católica-romana» y desista de la denominación de «cristiana»!

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