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A Saddam Hussein no se le puede ejecutar ni indultar

Mijaíl Barschevsky
Redacción
miércoles, 29 de noviembre de 2006, 01:49 h (CET)
El 5 de diciembre, de conformidad con la legislación iraquí, se expira el plazo destinado para ejecutar la sentencia dictada al ex presidente de Irak, Saddam Hussein. El Gobierno iraquí sigue recibiendo mensajes de varias organizaciones de defensores de derechos y otras sociales pidiendo clemencia.

Actualmente, el presidente de Irak, Jalal Talabani, es el único que tiene la posibilidad jurídica de indultarlo, lo que sería injusto, ya que el ex líder iraquí no lo merece. Pero, al mismo tiempo, su ejecución podrá desestabilizar la situación en Oriente Próximo, sin hablar de que es cuestionable la sentencia dictada por un tribunal iraquí que no era independiente.

Frecuentemente los medios de comunicación hacen paralelo entre el juicio contra Saddam Hussein y el proceso incoado en Nuremberg contra los criminales nazis. Pues en ambos casos se trata de los líderes de Estado que como autores de los crímenes de lesa humanidad, aparecieron ante el juzgado. Pero existe una diferencia de principio. El proceso de Nuremberg fue incoado por los vencedores y no estaba subordinado a nadie, mientras que el tribunal iraquí actúa bajo la autoridad de EEUU.

Si es justa o no esa ocupación, es un tema aparte. Pero, en realidad, el tribunal iraquí no es independiente y la sentencia dictada por un juzgado dependiente siempre suscita dudas, de ser incluso legítima desde el punto de vista formal. Pero lo que sucedía en ese tribunal nada tenía que ver con la justicia y se parecía más bien a un ajuste de cuentas. La justicia no debe ser utilizada con tales fines. Y en estas condiciones cualquier veredicto, y no sólamente el relativo a la pena capital, podrá ser cuestionado, con la sola diferencia de que no se podrá apelar el veredicto de pena de muerte después de ser ejecutado. Pero en caso de ser dictadas sentencias distintas, al surgir dudas respecto a su objetividad, será posible incoar un nuevo procedimiento después de establecido en Irak un régimen genuinamente democrático y retiradas de allí las tropas norteamericanas.

No hay que olvidar que teniendo en cuenta la situación problemática en Irak y en el resto de la región convulsionada de Oriente Próximo, el dudoso veredicto judicial podrá ser utilizado por las fuerzas extremistas con fines propios. Si incluso ahora que muchos representantes del mundo islámico y árabe consideran a Sadam como criminal, la ejecución del veredicto podrá convertrlo en un mártir de la fe, del Islam. El mero hecho de su ejecución en el momento, cuando Irak sigue ocupado por las tropas foráneas, podrá ser utilizado por los extremistas como bandera en la lucha contra la civilización “cristiana” occidental. Hay que impedirlo. Pues tal cariz del acontecer sirve a los intereses de Hussein. Posiblemente, la pena de muerte y la perspectiva de convertrse en un mártir de la fe sean una variante mucho más preferible que la cadena perpetua.

Otro factor es que Saddam sabe demasiado. Le fueron presentadas acusaciones por más de diez episodios, pero el veredicto fue pronunciado solamente por uno de ellos: las represalias contra los chiítas en el pueblo de Ad Dujail en 1982. Ya después de dictada la sentencia por este crimen, el juzgado abrió contra Saddam el proceso acusatorio por el genocidio de los kurdos. Esperan su turno también otros casos. De ser ejecutado Saddam, jamás llegaremos a conocer lo que había pasado en realidad en los años de su Gobierno.

Indudablemente, Saddam Hussein es un criminal y ha de ser severamente castigado. Por consiguiente, es necesario que el tribunal investigue todos los episodios. Y solamente después de hacerlo, por concurrencia de delitos, habrá de ser condenado a cadena perpetua. Será un severo castigo incapaz de motivar la escalada de la situación en Oriente Proximo.

Pero indistintamente de la sentencia impuesta a Saddam, hace falta destacar que el mero hecho de su juicio es una misiva muy importante dirigida a todos los jefes de Estado de que tarde o temprano tendrán que responder por sus actos. Nadie posee inmunidad contra las persecuciones por los crímenes análogos a los imputados a Saddam Hussein. Los jefes de Estado no son inmunes y responderán por sus actos sea cual fuere el país.

El veredicto dependerá de la situación y de los delitos cometidos. Sin embargo, siendo adversario de la pena de muerte como tal, no considero justo semejante desenlace de los procesos similares.

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Mijaíl Barschevsky, Prof., Doctor en Derecho, representante plenipotenciario del Gobierno de Rusia ante las Cortes Supremas de la Federación Rusa, para RIA Novosti.

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