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Etiquetas:   Micro abierto   -   Sección:   Opinión

Un día sin servicio

Pelayo López
Pelayo López
martes, 28 de noviembre de 2006, 02:38 h (CET)
Como ciudadanos de a pie que nos preciamos de ser, en lo positivo y en lo negativo, todos y cada uno de nosotros hemos padecido, seguramente incluso en más de una ocasión –¡ya hemos perdido la cuenta!-, los tediosos cortes de servicio: de agua, de calles y carreteras, de luz, de recogida de basura, de transporte público… Cortes previo aviso o repentinos, fugaces o duraderos, a pleno rendimiento o de variable incordio… En definitiva, que todos, en más de una ocasión, hemos tenido que apañarnos con barrenos o con agua embotellada, dar rodeos de distintos radios, cenar el primer comestible listo para comer o leer a la luz de una vela o una linterna, acostumbrarnos al olor de los residuos acumulados en los basureros y papeleras, incomodar a un familiar o a una amistad para que nos lleve a nuestro puesto de trabajo o a la consulta médica… ¿Verdad que nos identificamos todos con estas situaciones?

Algunos, al menos ahora que están en otro lugar distinto a aquel del que salieron, quizás hayan perdido la costumbre y se hayan acomodado a que se les de todo hecho. Resulta que los trabajadores del servicio de La Moncloa –sí, la Casa Presidencial- se pusieron el otro día de huelga para que la empresa para la que trabajan responda a sus reivindicaciones laborales. Lo cierto es que no duró mucho el paro, apenas unas horas, pero el efecto de atracción para un servidor dejó su poso y, claro está, piqué el anzuelo. En este caso, los damnificados no hemos sido gente normal, sino el propio Presidente del Gobierno, su familia y todo el cúmulo de asesores, secretarios y ministros que por sus pasillos y salas deambulan. Fíjense ustedes, la imaginación al poder. El Señor Zapatero dormido porque el despertador no ha funcionado y nadie le ha llamado para no molestarle, la cama sin hacer a altas horas de la mañana –y de la tardenoche, ¿para qué hacerla si total se va a volver a usar?-, el café impracticable y las tostadas quemadas, la prensa apilada en un montón sin los resúmenes diarios, tener que recibir a las autoridades en batín… ¡Buahhh!... ¡Impresionante!... Ya sé que sólo es una ilusión, pero la ilusión también mueve montañas.

Montañas son las que tiene que tener la Presidenta de la Comunidad de Madrid en el horizonte más cercano, porque, lo que se dice ver, no debe ver muy bien. En su autobiografía, la risueña de Doña Esperanza Aguirre, proveniente de la más alta alcurnia, no ha visto mayor camino hacia la sinceridad que el reconocer que su sueldo –unos 16 millones al año- no le da apenas para llegar a fin de mes. Echen cuentas conmigo y comprobemos el resto de mortales -ya saben, la generación “mileurista”- lo que seríamos capaces de conseguir con semejante filón. Ofensas y agravios no tienen porqué ser pretendidos, pero sí logrados. Entendemos que, como bien se encarga de recordarnos ella misma, sin sus “extras” de siempre la lechera no pueda hacer eficazmente su trabajo. Es posible que la Señora Aguirre también le haga falta, sólo para meditar, un día sin servicio.

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