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Opinión
Etiquetas:   Neoliberalismo   Política   Vida   Filosofía  

​La ciencia salvadora, el conformismo populista y la deriva melancólica

​Posmodernidad, poshumanismo, posverdad y poses intelectuales y estéticas de ocasión
Armando B. Ginés
lunes, 23 de marzo de 2020, 16:04 h (CET)

Cerca del final de la novela París, de Émile Zola, el personaje principal de la trama narrativa Pierre Frémont detiene la voluntad destructora de su hermano mayor Guillaume poco antes de intentar volar con explosivos la legendaria basílica del Sagrado Corazón parisina. Zola nos viene a decir que la violencia revolucionaria no alumbrará ningún tiempo nuevo de justicia social.

Es el momento histórico de apostar por el imperio de la razón y el progreso, la ciencia creativa y el trabajo responsable. Guillaume representa al científico que busca la verdad por sí misma dentro de un comunismo libertario armónico y ético. Pierre, por su parte, es un cura en crisis que se ha despojado muy recientemente de la irracionalidad dogmática católica y ha optado por el mundo laico de carne y hueso: ahora es uno más, un trabajador casado consciente de su destino.

De alguna manera, Zola inaugura el posibilismo de las socialdemocracias enmarcadas en el parlamentarismo de nuevo cuño a punto de nacer, considerando que las soluciones inmediatas anarquistas y de acción directa no abren horizontes ideales para las clases populares. Derribar el símbolo del Sagrado Corazón reforzaría el statu quo de la feroz reacción burguesa y capitalista. El pactismo entre clases enfrentadas es el único camino viable: la sangre vertida por impulsos emocionales, por muy justos que sean, no permiten avances significativos en el ámbito social.

Después de Zola, ya conocemos los intrincados vericuetos por donde ha transitado la historia: guerras mundiales, dictaduras fascistas, revolución rusa, Cuba, imperialismo yanqui... Todos ellos son jalones de una evolución histórica contradictoria, culminando en la leyenda macabra de los campos de concentración nazi, “el trabajo os hará libres”.

Hoy sabemos que el trabajo capitalista no libera, más bien esclaviza, aunque todo depende de la perspectiva e interpretación personal de cada ente explotado por el sistema. El universo optimista zoliano se ha resquebrajado, ni siquiera la ciencia y sus aplicaciones tecnológicas han servido para emancipar genuinamente a la inmensa mayoría. El símbolo de la sinrazón y la fe religiosa sigue plenamente operativo, en forma ancestral o como modelo secular de pensamiento binario o digital: la ciencia es un nuevo dios omnipotente y Silicon Valley, con la ideología aséptica que destila, su catecismo de cabecera posmoderno. Las elites viven, diseñan y difunden un maniqueísmo sibilino: o súbditos de la triada Google-Facebook-Amazon o la nada absoluta.

Poshumanidad optimista

En esta visión apocalíptica del porvenir subyace un uso apócrifo del existencialismo sartriano: el ser y la nada, alcanzar el yo total de mi propia potencialidad o el vacío inefable de derretirse en el agujero negro del pasado analógico donde emoción y razón son componentes esenciales del devenir humano.

No hay alternativa, se nos dice por todos los medios de comunicación posibles, a convertirnos en máquinas poshumanas optimistas. Seremos autómatas eternos, sin enfermedades ni errores de programación. Tanto a escala subatómica como interestelar nadie, humano u organización social, podrá escapar de transformarse en un chip inteligente, individual o en red, de autoenergía permanente.

Este horizonte no contempla categorías inútiles, excrecencias orgánicas de una evolución natural ya trasnochada. Ni felicidad, ni placer, ni sentimientos, ni emociones. Aunque de ese futuro inexcusable anunciado por la ideología neoliberal hegemónica se desconozcan sus riesgos y su sustancia cualitativa es el mundo que nos aguarda a corto y medio plazo, querámoslo o no. No hay crítica razonada que pueda argüirse para oponer alguna resistencia plausible.

Este corpus ideológico descrito en sus líneas maestras es el credo superestructural que alimentan los think thanks de las democracias de corte occidental. Es la tela de araña pegajosa de la propaganda de las castas privilegiadas lideradas por los gurús de Silicon Valley. La repetición constante de estos mantras gotea hacia abajo, permeando la fe política de integrantes profesionales cualificados de cometidos variados: investigadores académicos, directivos de empresas, ejecutivos cosmopolitas y consumidores cultos de las sociedades opulentas.

Estamos ante una fe colosal en nombre de la ciencia y la racionalidad de intensidad gigantesca. Mediante un envoltorio atractivo y tautológico, el optimismo es futuro y viceversa, las hordas de gentes biempensantes adoradoras del tótem tecnológico compran las directrices de las estrellas mediáticas “expertas” de modo acientífico e irracional, valga la paradoja de su “culto inteligente”.

Resulta muy difícil sacar del mito a grupos de personas de las denominadas de cuello blanco o que tienen responsabilidades o empleos ligados al uso del pensamiento, el algoritmo, los servicios profesionales mentales o a sistemas informáticos más o menos complejos. Lo que no tocan las manos para su transformación en mercancía comercializabe tiene un estatus de talento añadido: esos empleos crean realidades paralelas exentas del conflicto social inmediato, creando una ideología ad hoc propensa al consumismo y al peseudoelitismo (supremacismo vicario).

Su fe en la tecnología y el futuro ha sustituido la lucha de clases y la razón crítica por elaborados entramados de ideas empapadas de individualismo clónico posmoderno, modas publicitarias muy estéticas y supremacismo intelectual. Se sienten como una vanguardia de elegidos.

El neoliberalismo sabe muy bien que existe un mercado de conceptos precocinados de última generación que conecta con tal existencialismo en precario: solo los cerebros más aptos y los cuerpos más bellos serán seleccionados para la secta poshumana que se configurará más allá de la agostada evolución darwiniana.

Tal esquematismo hace invisible la cruda realidad: explotación laboral, pobreza, inmigración, fascismo al alza. Vivir en el cosmos tecnológico del progreso ininterrumpido simplifica la existencia y atenúa los conflictos. Comprar futuro es el mejor saldo de cara al inmediato y urgente porvenir. Lo que otrora fuera fe en en el paraíso terrenal, en la vida eterna, se ha convertido ahora en adquirir dosis de indulgencia intangible en el chip o algoritmo redentor de la sacrosanta aplicación tecnológica recién salida del horno de Silicon Valley. La horma, a la postre, es idéntica.

Refugiarse en la tradición

Dado que no hay alternativa política viable al capitalismo en la escena actual, la religión tecnológica de las elites, ideología dominante, provoca reacciones de muy diversa índole. La más extendida hoy en día es el regreso más o menos consciente a principios inveterados o pasados míticos, lo vernáculo como defensa de la globalidad uniformadora.


Los nacionalismos emergentes son respuestas a los diseños artificiales surgidos durante los repartos de territorio de las guerras mundiales, la descolonización dirigida por las grandes potencias en connivencia con las elites autóctonas y el mundo unipolar estadounidense surgido con la implosión de la URSS.

El sarpullido de este salto atrás hunde sus raíces en una respuesta visceral a las políticas que han desmantelado los estados de bienestar occidentales y al salvaje neoliberalismo de privatizaciones extremas llevadas a cabo en Sudamérica y Asia. La situaciones vividas han dejado constancia de que las izquierdas pactistas o socialdemócratas se han adherido a los intereses de sus propias clases altas domésticas y al juego de suma cero de los emporios multinacionales.

Al haberse hecho desaparecer la clase obrera, con sindicatos representativos a la defensiva que ya no preconizan una sociedad opuesta al régimen capitalista, el sujeto histórico de Marx se hizo trizas. Divide y vencerás fue la divisa de Reagan y Thatcher y de tantos acólitos emergentes en geografías muy dispares.

Muchas gentes en las últimas décadas del siglo XX perdieron sus trabajos y sus derechos sociales básicos, pero lo peor es que familias enteras, pueblos al completo, etnias en su conjunto, culturas de solidaridad ancestrales, fueron arrancadas de cuajo de sus raíces históricas tanto en el Norte rico como en el depauperado Sur.

De ahí se nutren los populismos de la actualidad, una multifacética reacción emocional que a veces adopta tintes evangélicos, de fanatismo cultural o indígena o de militancia sociopolítica. Volver a las tradiciones, a la memoria entrañable de la patria chica, siempre es un hogar caliente aunque estrecho de miras.

Cuando la precariedad te arroja a la marginalidad, la visión de túnel de la escasez origina pensamientos binarios y maniqueos adoptando una disyuntiva diáfana, nosotros-ellos, en la que ellos es una variable que puede emerger con rostros muy diversos: mujeres, inmigrantes, terroristas, musulmanes, delincuentes... El nosotros, en apariencia incluyente, mitiga sutiles diferencias que pasan desapercibidas sin aparato crítico conveniente. Ese nosotros bastardo nos hace a todos de una misma nacionalidad, de un mismo equipo, de una misma tendencia o afición o de una bandera similar aunque en la vida real uno sea empresario y otro trabajador, uno viva en un palacio y otro en la miseria.

Lo que une la tradición aporta seguridades psicológicas insoslayables: asentados en un imaginario común el trasiego mundano es más soportable, la cosmovisión en comunidad cura ansiedades y depresiones agudas. No cambia la realidad social pero calma el dolor de existir ante carencias muy graves.

Ciertamente no se pueden someter sine die los conflictos sociales cotidianos al interés supremo del orden público. La toma de conciencia y la rebeldía asoman sin avisar a pesar del sutil control de los big data y el bombardeo de la propaganda. Si los conatos de rebeldía aumentan hay que regular la dosis de populismo irradiada a los pobres y las clases trabajadoras. El punto máximo de efervescencia sería el fascismo operativo y militar. ¿En qué fase habitamos ahora? Difícil de calcular.

Lo que sí conocemos, por inmersión en la Historia comparada, es que los distintos fascismos no son más que mecanismos políticos o soluciones de salvaguardia del sistema de explotación laboral imperante. Democracia o tiranía a la usanza posmoderna podrían ser la cara y la cruz de la misma moneda: capitalismo en cualquiera de sus versiones o advocaciones temporales.

La deriva melancólica

La tercera corriente o marea ideológica predominante en el siglo XXI también tiene su origen en la ausencia de alternativas o modelos al régimen ahora ya clásico beneficio versus salario.

Se trata de un club variopinto, huestes sin generales o líderes adscritas a miles de partidos, sindicatos, microideologías, organizaciones no gubernamentales, asociaciones de pensamientos afines y nostálgicos de lo que pudo ser y no fue.

Destilan aroma a derrota, a lucidez teñida de melancolía. Zola y sus personajes bien podrían simbolizar tal estado de ánimo que cruza a gentes tan dispersas por el mundo. Las huellas de sus justos combates han sido borradas por el oficialismo parlamentario; sus avanzadas ideas hoy son tachadas de antiguallas.

Llevan razón en criticar las injusticias, incluso los medios de comunicación de masas recurren a esas fuentes éticas o morales, de fino juicio, para adornar de pluralidad sus intereses ocultos.

El peso de los errores políticos cometidos, las revoluciones fallidas llevadas a cabo, los desmanes realizados por algunos iluminados en nombre de altos ideales de izquierdas, de los comunes, del abajo social, es enorme. Cuesta levantar cabeza y convencer a las mayorías silenciosas. Cuesta entrar en las mentes de las comunidades tradicionales y de los fans de las últimas tecnologías a cualquier precio. Cuesta elevarse sobre la propia melancolía de la derrota.

Sin embargo, de esa derrota profunda e íntima deben salir las ideas fuertes que confronten con el populismo tradicional y el culto al optimismo tecnológico. Las izquierdas, a pesar de la desmemoria histórica codificada colectivamente, han dejado su impronta en el menor avance social de cualquier época: libertades civiles, suavización del capitalismo beligerante, derechos sociales, igualdad legal... ¿Suma y sigue? ¿Cómo?

Para concluir, señalamos a trazos gruesos algunas vías de pensamiento para hacer frente a esta ofensiva ideológica de ciencia (ficción) y tradición (fascista).

1.Vistámonos de desinterés propio para recuperar los espacios públicos.

2.Abracemos la ingenuidad intelectual como vía para incentivar la empatía multilateral: no demos nada por sabido.

3.La vulnerabilidad no tiene clase ni raza ni nacionalidad ni sexo ni religión ni ideología, pese a ello toda política debe dar preferencia a los más vulnerables: pobres, mujeres, ancianos, infancia, inmigrantes, marginados. Yo soy vulnerable; yo te necesito.

4.Apoyo muto como leit motiv universal. Nada sin ti, nada sin mi.

Posmodernidad, poshumanismo, posverdad y poses intelectuales y estéticas de ocasión. Nos están vendiendo la eternidad del edén a precio de mercancía de segunda mano. El ser humano es el autor de su historia. También de las máquinas, de los mitos y de los eslóganes de la propaganda.

Que cunda el debate, teniendo muy presente que no habrá ninguna ciencia redentora o cueva tradicional que nos salve de los riesgos inherentes al futuro. La lucidez que otorga la melancolía emanada de ingentes derrotas tampoco acudirá en nuestra ayuda: la verdad utópica hay que trabajarla cada día. Y, no olvidemos, que la utopía es el horizonte que nos hace movernos éticamente hacia un futuro mejor.

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