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Etiquetas:   Artículo opinión  

Damasco y Bagdad reentablan el diálogo

Marianna Belenkaya
Redacción
martes, 28 de noviembre de 2006, 02:38 h (CET)
Occidente, en primer término EE.UU. y Gran Bretaña, intenta introducir enmiendas en la política practicada respecto a Irak y Oriente Próximo en su conjunto. Pero las enmiendas las introducen no sólo los países arriba mencionados sino también los países del área. Después de un cuarto de siglo de ruptura, Damasco y Bagdad han restablecido las relaciones diplomáticos.

Veamos lo que pasa y en qué grado están interrelacionados estos procesos.
Cabe recordar que este mes de noviembre, el primer ministro británico Tony Blair en reiteradas ocasiones planteó lo racional que sería incorporar a Siria e Irán en la solución de los problemas regionales (el iraquí y el palestino). La misma idea promovió el ex secretario de Estado, Henry Kissinger, al suponer que el arreglo de la situación en Irak podría lograrse con esfuerzos diplomáticos de la comunidad internacional, incluyendo los países colindantes: Irán e Siria. En particular, Kissinger propuso convocar una conferencia internacional con la participación de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU, países limítrofes con Irak y de otras potencias regionales, tales como India y Pakistán, para trazar las vías conducentes hacia la estabilidad en el área mesoriental.

Diremos de entrada que esta iniciativa no es nada nueva. Rusia ya instaba a incorporar en los debates sobre la situación en Irak a sus países vecinos inmediatamente después de derrocado el régimen de Saddam Hussein. Pero se logró materializarla en determinado grado tan sólo en noviembre de 2004, cuando en el marco de la conferencia internacional sobre Irak (Sharm el Sheikh) por primera vez se reunieron los países limítrofes.

Sea como fuere, pero, según podemos apreciar hoy, los esfuerzos colectivos por estabilizar la situación en Irak no han resultado ser tan eficaces como lo quisiéramos. ¿Por qué? En primer lugar porque los políticos iraquíes, en una u otra medida, dependen de Washington, pero también de las fuerzas oficiales o no oficiales de los países lindantes con Irak.

Irán y Arabia Saudí rivalizan en Irak y en Oriente Próximo en su conjunto. De otro lado, todo el mundo está al tanto de lo tensas que son las relaciones de Damasco y Teherán con Occidente. O sea, cada cual persigue sus propios intereses en el área, pero nadie se propone hacerle el juego a Washington en Oriente Próximo, lo que, naturalmente, no deja de repercutir en la situación de Irak.

Por su parte, tampoco EE.UU. se dio prisa para promover una cooperación constructiva con Siria e Irán en Irak, aunque esta idea siempre flotaba en el aire, y de vez en cuando aparecían noticias sobre intentos sueltos de entablar contactos. Y ahora en Washington y Londres, a un alto nivel se estudia coordinar la política con Damasco y Teherán, también en lo relativo al arreglo en Irak.

Sobre este telón de fondo, como por arte de magia, Irak y Siria restablecen las relaciones diplomáticas rotas hace un cuarto de siglo.

Las evidencias vienen a apunar que las relaciones entre Damasco y Bagdad no pudieron ser restablecidos sin la aprobación de Washington. Cabe tener presente que la ruptura se produjo todavía bajo el gobierno de Saddam Hussein. Consiguientemente, su derrocamiento desbrozó la vía hacia el diálogo.

Para restablecer las relaciones diplomáticas se invirtieron más de tres años. Durante este lapso, representantes de las élites siria e iraquí mantuvieron contactos, pero con mayor frecuencia Bagdad acusaba a Damasco de desestabilizar la situación en Irak. Hablando en rigor, no era otra cosa que un reflejo de las declaraciones oficiales norteamericanas. Pero ahora la situación está cambiando de raíz y lo hace en el preciso momento en que Washington y Londres están estudiando la posibilidad de entablar diálogo con los influyentes vecinos de Irak. ¿Será una coincidencia casual?

De otro lado, por el momento, la retórica de Occidente respecto a Damasco y Teherán semeja más bien el lenguaje de ultimátums y no el de diálogo. Así, al expresar condolencias a los libaneses por el asesinato del ministro de Industria, Pierre Gemayel, el presidente Bush señaló que EE.UU. secunda los esfuerzos emprendidos por el Gobierno libanés, “relacionados con la defensa de la democracia frente a los intentos de Siria, Irán y sus aliados de sembrar inestabilidad y violencia en este país”. El primer mandatario norteamericano lo dijo varias horas después de que muchos expertos en temas de Oriente Próximo expresaran la esperanza en la mejora de las relaciones norteamericano-sirias a la luz del restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Damasco y Bagdad.

La postura mantenida por Londres respecto a Siria es más suave que respecto a Irán, pero esto no cambia la esencia. Washington obliga a Teherán y Damasco a ser aliados. Precisamente por eso es muy interesante si acudirá ahora Asad a la cumbre Irán-Irak. ¿En qué se traducirá esta alianza triple para Occidente? ¿Aliviará o, por el contrario, complicará la situación de los norteamericanos y británicos en Irak?

No hace mucho, durante su visita a Bagdad el ministro sirio de Asuntos Exteriores, Salid Moallem, manifestó que “la elaboración del calendario de retirada de Irak de las tropas de ocupación capitaneadas por EE.UU., hará menguar el nivel de violencia en este país”. El canciller sirio expresó aquello que a lo largo de varios años reiteraron muchos diplomáticos rusos y árabes. Esta afirmación es correcta, pero el calendario de retirada de las tropas no es una panacea, porque si EE.UU. no deja de presionar sobre Damasco y Teherán, indistintamente del problema iraquí, estas presiones de todas formas repercutirán en el arreglo en Irak. Es decir, tanto el expediente nuclear iraní como el desarrollo de la situación en la zona del conflicto palestino-israelí y en el Líbano, todo ello tendrá sus consecuencias en la situación en Irak. Cabe señalar que los problemas mencionados son tan enredados como el iraquí.

EE.UU., Gran Bretaña, otros miembros del Consejo de Seguridad de la ONU y demás influyentes jugadores no tienen nada clara la política a aplicar en Oriente Próximo. Es inconcebible cooperar en un segmento y rivalizar en otros. Pero aun dejando a un lado la confrontación, tampoco pueden idear las formas de cooperar.

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Marianna Belenkaya, para RIA Novosti.


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