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Etiquetas:   Disyuntivas   -   Sección:   Opinión

Extravíos cerca del paraíso

Rafael Pérez Ortolá
Rafael Pérez Ortolá
lunes, 27 de noviembre de 2006, 02:35 h (CET)
En estos tiempos tan DESCREIDOS, convendrá replantearse algunas cuestiones de cierta relevancia. Si en su momento acabamos fuera del Paraíso, si perdimos aquellos venturosos quehaceres; no podemos estar muy alejados del susodicho lugar de los grandes gozos. Cuánto más si por esos años no disponíamos de aeronaves espaciales, ni de las cibernéticas complejas, ni de los quantos tan aguerridos; como los disfrutamos y al más alto rendimiento en la actualidad. Y si cerca estamos, alguna brujería perversa debe desviarnos el ojo, puesto que apenas acertamos a ver, ¡Y para lo que llegamos a observar!

¿Qué extraño estrabismo nos desvía la mirada? Si es por el gran pecado original, efectivamente, debió de ser enorme. Repasando los hechos ya no me extraña nada, por que si entonces, divertidos y sin ciencias, se pensaron nuestros antepasados como dioses; ahora los ENDIOSADOS proliferan como una plaga bíblica. En estas tesituras, será lo más lógico, no sólo la perduración del sufrimiento restaurador, sino la invención de nuevos y graves comportamientos punitivos. Si antes fue mala la situación reflexiva, si la humildad escaseaba, ahora estamos alcanzando el acabose.

En una de las compilaciones de viñetas publicadas por Antonio Mingote, me gustó especialmente la dedicada al "Extravío de la mirada". En ella todo es sencillo, pero significativo. La blancura del plano, sin estorbos, expone por vía directa el puyazo del dibujante y la conducta del personaje protagonista. Sólo una florecilla aislada se mantiene erguida sobre su tallo. Un turista peripuesto con sus abalorios le da la espalda a la flor, probablemente la desdeñó; dirige su mirada a la otra figura principal, una vieja columna artística, con su base, estrías, capitel, etc. Ninguna otra explicación sobre el monumento previo. Se completa el cuadro con un débil angelito con alas; inútilmente intenta recuperar la atención del turista hacia la flor. Nada más en lontananza, apenas alguna sombra pequeña sobre el plano blanco.

Es posible que el acceso al Paraíso no sea tan complicado como nos lo quieren explicar. Quizá sea cuestión de PREFERENCIAS, de la estimación en su valor de determinadas sensaciones y no arrastrarnos hacia cantos engañosos. Para eso no se pueden soslayar una serie de enfoques elementales. ¿Dónde situamos a las personas, a cada una en particular?¿Podemos despreciar a la Naturaleza y al mundo como lo venimos haciendo?¿Estará el paraíso en esas actitudes despiadadas que nos regalamos?¿Vivimos y morimos como puros magmas impersonales?

Con su perspicacia singular, Mingote nos mostraba dos objetos neutrales, la columna y la florecilla. Ante ellos se confrontarán las actitudes humanas. Expresa el desdén hacia la cercana Naturaleza, en precario dado que sólo resta una flor en la viñeta, en precario también si apreciamos los desmanes actuales. Refleja la atención prioritaria del turista, absorto ante las reliquias de hechos lejanos. La neutralidad se deslizó sólo hacia un polo, se transformó en DESLIZ. Tendemos a posturas muy extremosas, nos vamos por cerros impracticables; empecinados, no admitimos reconvenciones ni matices, tozudamente persistimos en actitudes unilaterales. Lo que era un paraíso de posibilidades se fue dilapidando por el camino.

La libertad decisoria de que podemos hacer gala, conlleva una serie de consecuencias inseparables. Lo vemos en muchos detalles. La emoción del primer beso puede ser indescriptible, origen de nuevos paraisos y sublime en su conjunto. Pero el primer beso también puede representar una pura engañifa, una mera práctica placentera e incluso una fuente de grandes frustraciones. ¿Dónde permanecerá el Paraiso? ¿Por dónde discurrirá el EXTRAVÍO? No es fácil, no, el discernimiento oportuno, sobre todo en pleno desarrollo de la acción. En suma, lindes frágiles entre lo sublime y sus opuestos.

La aventura de la vida nos somete a consecuencias imprevistas y errores, pero también a disposiciones preconcebidas; los desvíos pueden derivar de ellas y de una mala señalización. No suelen presentarse soluciones mágicas. Indicadores de ese tipo, orientadores o desquiciantes, pueden estar en la Constitución Europea, o en los Estatutos de nuestras Comunidades Autónomas. ¿Qué opciones hemos elegido? Enfrascados en las trifulcas partidistas, es más que posible la carencia de atinadas reflexiones. ¿Podremos confiar firmemente en esos senderos? Una firmeza que se me antoja frágil. La comodidad del dejarse conducir, con la pasividad que implica, promete ser poco paradisíaca; sobre todo cuando nos arañan los espinos a medida que avanzamos. Desplantes a los trabajadores separados previamente por sectores, anulando los conceptos más señeros de nuestras gentes, y lindezas por el estilo. ¿Consideramos que hemos defendido suficientemente las opciones propias? ¿DEJADEZ? Otra fina esquina distingue y separa los esperpentos de las excelencias.

Hoy, y con Mingote, hacemos referencia a la mirada. No es pequeña cosa, es uno de los atributos prodigiosos, en sentido estricto y en sentido figurado. ¿Dónde estaremos mirando? Ese es un primer paso lleno de consecuencias posteriores. Podremos afirmar que de tales miradas, tales pensamientos, tales cualidades y tales desventuras. ¡Crucial primer paso este de hacia donde dirigimos la vista! La atención nos inicia, somos irremediablemente iniciáticos casi a diario. El azar golpea e influye, hasta parece burlarse en no pocas ocasiones, como un genio de las bambalinas. Pese a esta y otras circunstancias, la primera dirección de la mirada adquiere caracteres de gigante, inicia el rodamiento de los engranajes. Esa ambición primera hará que logremos pescar piezas de ración, pequeños logros; o piezas de grandiosa entidad de las que podamos regalar una parte a los demás. Otra vez al filo de PEQUEÑOS DETALLES, centrados o perdidos.

Desde las inesquivables relaciones de las personas con su Naturaleza más cercana, pasando por las conexiones sociales, la dependencia de los Estados, y llegando hasta las aspiraciones más intelectuales, surcamos por estrechos vericuetos y tantas variaciones como personas; por eso estamos tan alejados de lo paradisíaco, y paradójicamente, a la vera de esas maravillas.

Del extravío al disfrute no hay distancias cósmicas. Al revés, son vasos comunicantes. Dejando hoy aparte lo insalvable, las dificultades radicales, cabe finalizar con ciertas preguntas. ¿Por qué ignoramos las proximidades? ¿De dónde nace el empeño por la desazón y la discordia? Estos asuntos sí que requerirían una fuerte reconversión mental, pero sólo puede ser voluntaria, y desde la voluntad, ambiciosa. También conviene desenmascarar las otras fuerzas malignas. No existirá el maligno, pero estas fuerzas, ¡Vaya que sí!

La gran duda subsiste, ¿Porqué no seremos capaces de dar la talla? Se nos va la fuerza y la felicidad por unos pequeños detalles desafortunados.

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