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Etiquetas:   Con permiso   -   Sección:   Opinión

La sociedad contra sí misma

Pedro de Hoyos
Pedro de Hoyos
@pedrodehoyos
lunes, 27 de noviembre de 2006, 02:35 h (CET)
Antes de seguir adelante confirmaré al lector que soy parte directamente afectada por la situación escolar. Y lo soy por parte doble, como padre de una niña en edad escolar y como profesional de la enseñanza. Jamás me he sentido amenazado ni insultado, jamás he sido agredido.

Afortunadamente, supongo. Sí que conozco personalmente menosprecio por ser miembro de una profesión seriamente devaluada, sí que conozco el “mindudeo” por parte de algunos padres que no estiman en lo que vale el trabajo de unos profesionales serios y concienzudamente preparados, duele que un “pelaborregos” rural, que apenas terminó en su tiempo la denostada EGB, sin más horizonte cultural que lo que digan determinados programas de televisión, diga “Eso es lo que dice mi hijo, ya sé qué tú tienes otra versión, pero ¿por qué te voy a creer a ti?” Advierto al lector que, aunque el padre se dirigía a mí, la polémica, a la que yo era absolutamente ajeno, era entre dos chavales. Mi único papel era el de simple oidor del ignaro padre.

Y es que ésa es la situación a la que un mal sistema educativo y social, arrastrado desde hace muchos años, nos ha llevado. Son los niños de hace veinticinco o treinta años los que hoy agraden, insultan o menosprecian a los maestros de hoy. Ése es el pecado cometido. Uno de ellos, en realidad. Hemos creído que todo lo que sonase a autoridad debía ser destruido porque era enemigo del bien supremo: la igualdad y la libertad. Nadie debía ser más que nadie, nadie debía ser superior a los demás. Viva la igualdad, viva el tuteo, viva el libertinaje, abajo las barreras. Y sobre ello hemos construido un sistema social, un sistema educativo en el que todo son derechos, todos son permisos y nadie ni nada debe poner límites a la “libertad” individual, cada uno debe poder hacer de su capa un sayo en nombre de la democracia (evidentemente con minúscula en este caso) y otras palabras altisonantes que se han repetido hasta la saciedad, aún a riesgo de quedar hueras, vacías de contenido y sin mensaje. Y en el nombre supremo de la libertad, de la democracia hemos tenido que inventar palabras nuevas para nombrar nuevas situaciones, como el “botellón”, o hemos barrido de nuestro uso particular palabras que consideramos antiguas, pasadas de moda y carcas como “usted”, “respeto” y “responsabilidad”, a las que poco falta para acusarlas de palabras fascistas.

Urge una reforma de valores sociales que sólo se pude hacer desde arriba y con el apoyo incondicional de los medios de comunicación, dado el tipo de país audiovisual que habitamos. Un país que queda perfectamente retratado por los programas que captan mayorías multitudinarias de telespectadores, empezando por aquellos infaustos del tipo de “Crónicas marranas” u otros más actuales que pueblan las noches (¡¡y las tardes!!) de nuestras variopintas cadenas de televisión. Es una labor ardua, lenta y difícil pero la única manera de salir indemnes de esta aventura aún con el paso de los años.

No, perdón, permítanme rectificar e insistir en que no es la única, no lo puede ser. Mientras tanto, mientras ese momento llega, habrá que acompañar estas medidas de otras que sean efectivamente disuasorias, que paren los pies a los delincuentes precoces dotando de autoridad a los directores de los centros docentes. La ridícula situación que se ha producido al castigar a unas niñas con cinco días de expulsión de su instituto por haber agredido y fracturado la pierna a otra deben desaparecer de nuestro panorama social. Aparte de que las chavalas agresoras se estarán partiendo de risa (¡¡Encima no tenemos que ir al insti!!) dejan en muy mal lugar tres conceptos básicos en la escala social de valores: el de lo que está bien y lo que está mal, el de autoridad y el de respeto a los demás. Por lo menos, que seguro que habrá más que los lectores podrán señalar.

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