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Montilla, sin nostalgias ni victimismo

Wifredo Espina
Wifredo Espina
@wifredoespina
lunes, 27 de noviembre de 2006, 02:35 h (CET)
Algo importante ha ocurrido en Cataluña. Con la elección de Montilla, como nuevo presidente de la Generalitat, se entra en una etapa en que las reivindicaciones y el victimismo se congelan oficialmente. La metáfora es fácil: Montilla será el primer President sin “barretina”, símbolo de un catalanismo ya superado.

Es una señal de salud social y política que un no nacido en tierras catalanas, un “charnego”, pueda llegar a presidente de Cataluña. José Montilla ha forjado toda su vida en tierras catalanas, primero como trabajador y luego como “un trabajador de la política”, como él mismo se define. Su origen es andaluz, pero se siente y es catalán plenamente integrado Por esto tampoco promoc impondrá el sombrero andaluz...

Se considera un ciudadano catalán normal, que llega a President, respetuoso con el pasado del país pero sin sentirse “condicionado” por este, mirando más el presente y el futuro Más que “normalizar”, en el sentido nostálgico de esta palabra, quiere que se considere políticamente normal lo que socialmente ya lo es en la calle, como el bilingüismo y la cultura en catalán y en castellano. Más que “normalizar” en el sentido tan traido y llevado del término, pretende “modernizar”. De ahí el “patriotismo social” o “catalanismo social” –que algunos consideran nacionalmente corto y falto de ambición- que predica para hecer de Cataluña un país avanzado como los que más en Europa. Y todo esto, sin banderas nacionalistas, con el nuevo Estatut que ahora da más intrumentos para el autogobierno. No dice que este Estatut sea “la estación final”, pero tampoco reclama otro; ni grita, como el President del Parlament, “!Visca Catalunya lliure!”, sino simplemente “!Visca Catalunya!”, con libertad, igualdad y bienestar para todos los catalanes.

Esto, creo, es una revolución, al menos potencialmente, en el panorama político de Cataluña, en que la Presidencia de la Generalitat no era solamente el motor de la gobernación sino también – a veces, más- el símbolo vivo de la identidad de un país y sus reivindicaciones nacionales. Esto parece que ha cambiado, para esperanza de unos y desespero de otros. Y, paradójicamente, llevado de la mano del partido independentista que preside Carod, cuyas ansias de poder, al menos por ahora, le han hecho por ahora modular o cambiar de xip, pues de lo contrario volvería a quedarse en la intemperie.

Y todo esto puede marcar una nueva etapa política, en que el nacionalismo radical o se rebela o irá pasando al museo de las bellas utopías históricas, y el nacionalismo moderado o se moderniza o ira languideciendo.

He aquí por donde, podría ocurrir aquello que viene a decir , más o menos, que a veces Dios escribe recto con renglones torcidos. Sin entrar a prejuzgar, por respeto a todos, qué es lo recto y lo torcido.

El tiempo se encargará pronto de decirnos cuanto hay de verdad y de ficción en todo esto. Y cuanto durará.

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