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Etiquetas:   Internacional   -   Sección:   Opinión

La guerra: una cuestión de semántica

“La humanidad ha de acabar con la guerra, o la guerra acabará con la humanidad”. — John F. Kennedy, Presidente
Redacción Siglo XXI
@DiarioSigloXXI
viernes, 26 de septiembre de 2014, 09:45 h (CET)
Por Earl H. Tilford

Para la mayoría de la gente de la guerra es un horror impensable. Mientras los Generales han de pensar de forma realista en la posibilidad de guerra, un deber importante del líder político es invitar a los demás a hacer lo impensable. Los calificativos intentan calificar la guerra con palabras como limitada, total, defensiva, preventiva, justa, injusta, buena, mala, gloriosa, trágica, legal, ilegal, etc. Un marine estadounidense veterano de Vietnam que libró una guerra tachada de "limitada" calcula que durante sus 13 meses destacado, pasó unos 20 minutos de terror bajo fuego enemigo. De media, resultó herido una vez cada siete minutos. Para la mitad de los jóvenes de su pelotón, la guerra resultó ser "total", porque puso punto y final a sus vidas. El oficial marine jubilado decía en mi seminario de historia militar: "En el momento en que alguien intenta matarte, es una guerra intensamente total".

En su esencia, la guerra es un acto de fuerza encaminado a obligar al enemigo a hacer tu voluntad. Las palabras "fuerza" y "voluntad" guardan una relación crítica. El objetivo (la "voluntad" que se desea cumpla el enemigo) guarda una relación directa con la intensidad de la fuerza necesaria. Carl von Clausewitz, que firma esta definición de guerra, sufrió tanto la guerra limitada de la Europa del siglo XVIII — una partida entre monarcas en la que los objetivos estaban claramente definidos — como las guerras napoleónicas, concebidas para derrocar monarquías y modificar el mapa de Europa.

La Guerra Fría, que acabó con un gemido en lugar de una explosión, plasma la tradición de conflictos entre naciones librados entre 1780 y 1990; la Revolución Francesa y las guerras napoleónicas, la Primera Guerra Mundial y la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría. Estos conflictos crearon y desmantelaron regímenes que giraban en torno a formas ideológicas de ver el mundo. Las naciones se imponían o desaparecían, había ganadores y perdedores, vencedores y vencidos. Incontables millones perdieron la vida; civiles en su mayor parte. Los Estados Unidos registraron un total cercano al millón de muertos en guerras durante el mismo período, fallecidos la mitad de ellos por nuestra propia mano, entre 1861 y 1865. Desde el punto de vista de la Unión, la totalidad de sus objetivos exigían la destrucción de las fuerzas rebeldes y el desmantelamiento de las estructuras políticas rivales. Retórica de "una causa gloriosa" aparte, el Sur aspiraba a objetivos limitados. La Confederación nunca tuvo intención de conquistar la Unión, ni deseaba imponer la esclavitud a los estados del norte, ni siquiera imponer sus ideas políticas a Washington. Al final la Unión se impuso aspirando de forma implacable a sus objetivos de guerra total a través de sus batallones más numerosos.

Clausewitz también comprendía la ingenuidad y la inutilidad de intentar hacer digerible la guerra. Las guerras se intensifican inevitablemente hasta el nivel del objetivo estratégico en relación a la capacidad de los respectivos participantes. La humanidad sobrevivió a la Guerra Fría porque los líderes de las principales potencias evitaron un apocalipsis nuclear, aunque la crisis de los misiles cubanos de octubre de 1962 estuvo cerca. Sin embargo, la Guerra Fría se cobró casi 100.000 vidas americanas, la mayor parte perdidas en "guerras limitadas" en Corea y Vietnam.

Hoy, el objetivo final del Estado Islámico de Irak y Siria es la destrucción de América y la creación de un califato global. Si los yihadistas del Estado Islámico no son detenidos, su camino puede predecirse con facilidad. Inicialmente están poniendo sus miras en los regímenes de Damasco y Bagdad. Desde allí irán a Ammán y El Cairo, a Dubái, a los países ricos del Golfo Pérsico y a Riad. Israel, olvidado aparentemente por Estados Unidos, será desmantelado a pesar de su arsenal nuclear. Simultáneamente, o poco después, el califato se valdrá del terrorismo y el caos para consumir las socialdemocracias europeas. Mientras tanto, los atentados terroristas contra Estados Unidos, ordenados por el ISIS o inspirados por su maquinaria propagandística, continuarán. Al líder del ISIS Abú Bakr al Bagdadi le importa un tuit que la administración Obama no pueda o no quiera reconocer la realidad. En lo que al Bagdadi y los guerrilleros del ISIS respecta, la guerra está oficialmente declarada.

Una fuerza decidida integrada por menos de dos divisiones extendidas desde Aleppo hasta las afueras de Bagdad puede ser derrotada, pero no sin una campaña concertada sobre el terreno. La fortaleza aérea norteamericana puede apoyar una campaña así, pero la fuerza aérea no se alzará con la victoria decisiva. Sin bombardear la mayor parte de Irak y Siria con armas nucleares, la fuerza aérea no puede destruir al ISIS.

Lo tercero y más importante del conflicto bélico es entender la naturaleza del conflicto, y no adulterarlo para hacerlo más aceptable a nivel político o digerible a nivel ideológico.

La semántica importa. Las palabras definen — y en última instancia determinan — la magnitud de las guerras. La historia es el árbitro final. La forma de acabar las guerras y la identidad de quien se impone quedan recogidas en las palabras del ganador. La historia que cuenten esas palabras será reflejo de la realidad del mundo habitado por nuestros hijos y nietos. Es el motivo de que para Estados Unidos sea crítico enderezar esta guerra y luego ganarla decisivamente.
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