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Etiquetas:   Crítica de cine   -   Sección:   Cine

‘El viento que agita la cebada’ de Ken Loach o Irlanda y la lucha de clases

Herme Cerezo
Herme Cerezo
martes, 23 de enero de 2007, 20:45 h (CET)
En mi lector de compactos suena ‘Woman of Ireland’ en versión de Mike Oldfield. Y no lo hace por casualidad, no. Con este aire tradicional irlandés, una melodía etérea, elegíaca, levemente intensa, triste como ella sola, que el desaparecido Kubrick utilizó para la banda sonora de su ‘Barry Lindon’, trato de ambientarme, de conseguir que el verdor de aquellas tierras invada mis sentidos, que los embote, que me ponga en situación, porque esta semana vuelvo a cruzar el Rubicón, alea iacta est, y sustituyo el libro de rigor por una película, o lo que es lo mismo transformo la literatura en cine, otra de mis referencias culturales imprescindibles.

Vaya por delante que todo lo relacionado con Irlanda me atrae. Irlanda es un país fetiche para mí. Me interesan sus historias, sus leyendas, sus gentes, su música, su paisaje, todo. Por supuesto, el delicado problema del IRA también. Y de esto último trata precisamente la película ‘El viento que agita la cebada’ del británico Ken Loach, una historia encuadrada en los principios del siglo XX y que podemos subdividir en dos periodos: la lucha por la independencia irlandesa (1920-1921) y el conflicto civil posterior (1922-1923), que escindió a la noble Erin en dos.

El argumento es básico pero suficiente: un grupo de irlandeses, hartos de la ocupación británica, decide organizar un ejército clandestino con el claro objetivo de sacar a los ingleses de la isla, acabar con su ocupación y consolidarse como estado independiente. Así fue, más o menos, como se produjo el nacimiento del IRA.

Bajo estos parámetros asistimos a uno de los filmes más interesantes, duros y reales de los que se han realizado sobre el interminable conflicto irlandés. Su comienzo no puede ser más impactante: la irrupción, violenta e inquisidora, de un destacamento de soldados ingleses en una granja a donde acaba de llegar un grupo de jóvenes que terminan de jugar un partido de “hurling”, una especie de hockey irlandés. A partir de ahí se sucederán las barbaridades del ejército británico, respondidas con acciones esporádicas, cada vez de mayor intensidad, por parte de las partidas del ejército republicano irlandés. La actividad militar desplegada por el IRA alcanzará tanta magnitud que forzará al gobierno de Su Majestad Británica a la firma de una tregua y a la concesión de un estatuto, que contemplará algunas de sus reivindicaciones (policía y ejército bajo control irlandés, entre otros aspectos), pero que no consolidará completamente la independencia y consagrará la región de Irlanda del Norte como posesión inglesa. Este pacto, suficiente para unos, frustrante para otros, originará la escisión del IRA en dos grupos: uno, los que han negociado y firmado el estatuto, y otro, que proseguirá la lucha armada hasta sus últimas consecuencias. El contrincante ahora ya no es el soldado británico y así se dará la paradoja de que, los antes terroristas, nuevos policías y soldados irlandeses, serán los encargados de reprimir a sus antiguos compañeros. Se entabla entonces una lucha fratricida, cuyas secuelas serán demoledoras, como reflejan los momentos finales de la película (escena del fusilamiento), minutos terribles, estremecedores, capaces de alterar el normal funcionamiento de nuestras tripas por un buen rato.

Ken Loach parece anclado en el estudio de grupos idealistas, eternos perdedores, que se consideran poseedores de la verdad absoluta y que, cuando llega la hora de rendir las armas porque, quizá, es otro el momento histórico que toca vivir, se resisten a ello ya que la realidad alcanzada no satisface las expectativas por las que se echaron al monte. Ya ocurría en su famosa y excelente ‘Grita libertad’, basada en la lucha de una compañía del ejército republicano español, formada por miembros del POUM, que sometía las decisiones militares, previa discusión, a una votación a mano alzada, ajenos por completo a su pertenencia a una estrategia militar conjunta. Loach pasea su cámara, su ojo, el del espectador en suma, por estos grupos preñados de voluntarismo e idealismo y carentes de un análisis preciso de la realidad, aspirantes al todo o nada. Sabe extraer buen partido de ese acercamiento a esos seres anónimos de la sociedad, a los que nadie conoce pero que importan y hacen un ruido silencioso. Y, a pesar de sus setenta años de edad, su inconformismo social y su crítica a las clases dominantes continúan bien patentes. Cuando el IRA bifurque sus caminos, el realizador inglés nos guiará a través de las andanzas de los "puristas", que tropezarán con la nueva realidad impuesta por la facción pactista. Ken Loach, en el que algunos creen ver “el grado cero de la escritura cinematográfica” por su estilo sencillo, demuestra una vez más en esta película una enorme capacidad de análisis para el estudio de estos fenómenos sociales.

Aunque ‘El viento que agita la cebada’ raya a gran altura durante toda la proyección, hay un par de momentos estelares, donde Loach brilla con mérito propio. Uno es la escena del juicio a un acaudalado colaboracionista irlandés, al que mientras el “nuevo orden”, más práctico, trata de eximir de responsabilidades porque necesitan su dinero, la parte más purista es partidaria de su condena por explotador de sus asalariados. El otro momento magistral es la asamblea en la que los miembros disidentes del IRA deciden continuar la lucha armada hasta el final, desobedeciendo el pacto firmado por el "traidor" Michael Collins (fundador del IRA). En esta secuencia, poblada por numerosos personajes, el discurso que se nos presenta es óptimo, un escaparate de los distintos puntos de vista de los luchadores irlandeses. Sin duda, la juventud activista y asamblearia del director británico, muy metido en tareas políticas de la izquierda “más izquierdosa”, le ha proporcionado una muy sutil capacidad de análisis para concebir este tipo de situaciones, repito, extraordinariamente bien logradas y de una enorme riqueza y espontaneidad.

Un aspecto que no quisiera pasar por alto es la dirección interpretativa. Según me explicó en una ocasión la actriz Rosana Pastor, que tuvo la fortuna de trabajar bajo sus órdenes en 'Grita libertad', Loach entrega los papeles a los actores poco antes de rodar las escenas. Nadie conoce de antemano cuál va ser el destino de sus personajes, incluso ella misma supo que moría poco antes de rodar la escena de su propia muerte. Es la forma que tiene este brillante director de poner en situación al actor y de extraerle la máxima espontaneidad posible.

El título de la película corresponde a una balada de principios del siglo XIX. El viento es una metáfora del poder del pueblo irlandés, pueblo de trovadores, acostumbrado a narrar sus batallas a través de canciones.

Para obtener un óptimo aprovechamiento del film de Loach, se hace imprescindible la visión de otra película sobre el mismo tema, narrada bajo un prisma y estilo distintos, me refiero a “Michael Collins” (1996) del director Neil Jordan, con una interpretación más que notable de Liam Neeson en el papel estelar. Con su visión podemos extraer una imagen criteriosa y complementaria de los dos modos de entender la lucha por la liberación irlandesa. Para redondear la faena, como diría un crítico taurino, y cerrar el círculo del conflicto irlandés, existe, además, un libro que les recomiendo fervientemente: ‘Las cenizas de Angela’ de Frank McCourt, una interesante novela que transmite el ambiente que respiraban las clases populares irlandesas por aquellos años. Aunque ‘Las cenizas de Ángela’ ya ha sido llevada al cine con una correcta adaptación, creo que es preferible que lean el texto.

Y, por supuesto, si tienen la posibilidad de ver en directo ‘El viento agita la cebada’, Palma de Oro en el Festival de Cannes del presente año, mucho mejor. Es un film que merece verse. Sin duda ninguna.

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‘El viento que agita la cebada’. Director: Ken Loach. Duración: 124 minutos. Año 2006. Coproducción de Alemania, España, Irlanda, Italia y Reino Unido.

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