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Etiquetas:   Copo   -   Sección:   Opinión

Otoño

Sin embargo, otoño en el amor es una vorágine a tener en cuenta
José García Pérez
miércoles, 24 de septiembre de 2014, 07:00 h (CET)
Ya es otoño, que por cierto no es poca cosa al menos para mí, pues el invierno es frío, el verano caluroso, la primavera la dejo para los cursis y yo me acurruco, ves que me gusta la palabrilla, en el columpiar de las hojas de los ficus por el Paseo de los Tilos.

Una estación para andar con mimo y cuidado por entre ese crujir de lágrimas de árboles que nos acarician en el columpio de la contemplación. Fíjense si no es para volverse loco: el PP se raja ante su proyecto de Ley del aborto, “Podemos” anuncia que no se presenta como tal a las elecciones municipales, el PSOE apuesta por una nueva Constitución, Izquierda Unida busca acomodo en una alianza no se sabe con quién, UPyD más Ciudadanos buscan una alianza que les haga asomar la cabeza, mientras Arturo, el catalán venido a menos, no sabe qué coño hacer.

Eso en política, porque en poesía, el Grupo Málaga que fue concebido como un flagelo para endiñar verdades al poder institucional, asoma su nuevo careto en los dominios de la misma, o sea, en el Centro Andaluz del Libro, sede de vates pelotilleros que buscan una migaja de poder, ¡ay Dios! en que se ha convertido el nuevo grupillo.

Sin embargo, otoño en el amor es una vorágine a tener en cuenta; ahí tienen, por ejemplo, a una poeta que va por libre y cuyas iniciales son A. V. M. que escribe: “De una noche contigo/ hago yo un amor para toda la vida”, y se queda tan tranquila y segura sabiendo lo que escribe.


Otoño es el alcanfor llevado a su más bella expresión: la búsqueda sin límite de aquello que teníamos encerrado bajo llave y candado, ya saben: el celeste jersey, la negra gabardina de los grises días, la puesta en marcha de un nuevo proyecto y el redescubrimiento del amor, porque el amor es el único milagro que se recicla y se redescubre en los labios del otro o la otra.

Desde mi corta modestia les invito a deambular por la Plaza del Asombro, ese lugar donde las fogatas de antaño se convierten en apacibles chispas de estrellas de aquello que creíamos fenecido.

No lo duden: vivan el otoño en todo su amarillento esplendor.
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