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Etiquetas:   Crítica de cine   -   Sección:   Cine

'Nueve vidas': Cosas que un buen crítico nunca diría

Gonzalo G. Velasco
Gonzalo G. Velasco
martes, 23 de enero de 2007, 20:45 h (CET)
Rodrigo García debutó hace unos cuantos años con la celebrada película Cosas que Diría con Sólo Mirarla (título-desafío para la memoria cinéfila, dada sus similitudes con Cosas que Nunca te Dije, Cosas que Hacen que la Vida Valga la Pena, Cosas que Dejé en la Habana, Cosas que Olvidé Recordar, Cosas que Hacer en Denver Cuando estás Muerto y muchos otros). A continuación se refugió, con gran acierto, en la televisión, donde dirigió episodios de A Dos Metros Bajo Tierra, Carnivale, o Los Soprano, series todas ellas de una calidad abochornante para ficción catódica de nuestro país, cada vez más rancia. En cualquier caso, Nueve Vidas, lo último del realizador colombiano e hijo de Gabriel García Márquez, se aleja radicalmente de estos trabajos televisivos a fin de recuperar el mismo aliento cinematográfico que había convertido su anterior film en una obra de notable prestigio entre la crítica: historia coral protagonizada por mujeres, intimismo, y cuidada dirección de actores. Resultado: aplausos prácticamente unánimes.

Ahora hagamos un breve repaso de las “Cosas que se han dicho sobre Nueve Vidas”: que si constituye una exploración magistral de los complejos recovecos de la mente femenina, que si recupera el espíritu de las películas corales de Robert Altman, que si se trata de una película de sensibilidad excepcional, que si el uso del plano secuencia con el que narra cada fragmento de vida es tan sobrio y contenido que sacrifica toda pretensión de autoría en favor de una mirada quirúrgica sobre el ecosistema emotivo de la mujer contemporánea, que si dibuja un fresco de toda la sociedad a partir de personajes de diferentes edades y clases sociales, que si las actrices están maravillosas y que si patatín y que si patatán. O sea, las vaguedades con las que siempre se defienden las películas corales pero esta vez con el añadido políticamente correcto de un sesgo de género.

No es para tanto. De las nueve historias, dos son magistrales, dos están bien, dos se ahogan en la irregularidad, y tres aburren hasta a las moscas. No diré cuales para así incentivar la concentración de los espectadores. En cuanto a lo del retrato de la psicología femenina, tal vez yo tenga menos sensibilidad que los callos de los pies de Miguel de la Quadra Salcedo después de recorrer la Ruta Quetzal, pero la verdad es que me ha resultado sumamente cansino que la única forma posible de expresar tan inextricable mundo interior pase porque todos los personajes rompan a llorar por sorpresa en un momento u otro de la narración, (tal y como ocurría en Las Horas, una película con la que Nueve Vidas tal vez guarde más similitudes que con la filmografía de Robert Altman), vamos, que si no hubiera sido advertido de antemano de la honda profundidad emocional del Dramatis Personae no me entero de la misa la media, y eso que, efectivamente, la mayoría de las actrices cumplen su cometido con gran solvencia.

Tampoco estoy en absoluto de acuerdo con el asunto de los planos secuencias (y les juro sin cruzar los dedos que no lo hago por llevar la contraria. Después de algún tiempo, uno se cansa de esas cosas), pues las historias son en general tan flojas que a nada que uno tenga cierto espíritu cinéfilo terminará prefiriendo centrarse en las filigranas técnicas, aunque sólo sea para comprobar si cada historia está realmente filmada en un plano ininterrumpido, que en la acción propiamente dicha, suponiendo que la haya.

De todo ello se colige que Nueve Vidas, bajo su apariencia de refinado ejercicio de psicología y estilo, promete más de lo que ofrece, como Chuck Norris cuando vendía aquel cuchillo portentoso en la Teletienda. Quien se trague la píldora azul, tal vez descubra en ella esos conmovedores “tranches de vie” con los que se le llena la boca a muchos comentaristas, por el contrario, quienes escojan la píldora roja, no se dejarán engañar y comprenderán, desde la primera historia, que el ejercicio se queda en una maniobra deliberadamente conservadora en lo cinematográfico y correcta en lo político, con la que teñir de falsa trascendencia el vacío más desgarrador, pomposo y crispante.

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