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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Hombres de paja

Francisco Arias Solís
Redacción
domingo, 26 de noviembre de 2006, 08:09 h (CET)
“Pasó don Juan por tu calle,
y en tu balcón le dijeron.
suba un ratito, Don Nadie.”


Antonio Machado

Es costumbre, por parte de los que presentan a los conferenciantes hacer relación de méritos del que va a ser el protagonista del acto, pero viene sucediendo, con alarmante reiteración que quien ocupa el lugar destacado, el que va a darnos la lección resulta un hombre de paja en el coloquio cuando ha de enfrentarse a preguntas que no estaban previstas, a la más elemental variante del tema, viéndose, con preocupación y con pena, cómo cunde el desconcierto entre los organizadores cuando su ídolo o, simplemente, su hombre bueno titubea, se marcha por los cerros o por los picachos y el tinglado queda tambaleante.

Antaño, los que intervenían en actos públicos lo hacían en la mayor parte de los casos, sin otra presentación que la de darle la entrada el anfitrión, si lo había, porque, entre otras razones, el presentador resultaba o hubiera resultado un sujeto ridículo junto al presentado y porque este, en general, era tan conocido, a todos los niveles, que hubiera resultado intolerable que nadie se atreviera a decir más allá de cuatro palabras sobre quién iba a disertar. Hogaño, en cambio, todos o casi todos, somos unos desconocidos fuera de reducidas minorías y resultaría muy expuesto que alguien se levantara a dirigir la palabra sin que se den algunos datos que permitan identificar al que va a ocupar la tribuna.

En lo expuesto sucede como en las esquelas de defunción: algunos familiares no se hartan de ponerle al fallecido distinciones de toda índole y, cuando parece que se han fatigado con los cargos honoríficos recurren a los etc., y a los puntos suspensivos. Siempre tengo presente, cuando veo otras, la esquela de defunción de Marañón y Posadillo, sobre la palabra “Médico” ¿Acaso era posible hacer relación de una esquela mortuoria, por mucho espacio que ocupara, de los títulos, premios y honores, que se le concedieron en España y en otros muchos países del ancho mundo?

En cuanto a lo que las gentes le ponen en las lápidas de las tumbas de sus muertos sucede algo parecido al ver las puerilidades, las palabras y más palabras, las promesas que no han de cumplirse y todo ello resalta más si le contrastamos con el epitafio que un español del mundo hizo poner sobre la losa de la sepultura de su esposa. Sólo cuatro palabras: “A Leonor, de Antonio”. Los restos de este compatriota nuestro, gloria de España, todavía siguen en un pueblecito francés, mientras que otros muchos han sido honrados solemnemente. Las personas y las obras que brillan con luz que sumen en tinieblas a lo vulgar, no precisan de encomios y su sola presencia despierta el “He ahí un hombre”, palabras con las que, como sabemos, Napoleón hizo ante los mariscales la presentación de Goethe.

Creo que nuestro momento intelectual es inferior al que tuvimos durante el primer tercio del siglo pasado. Desgraciadamente nuestros intelectos no levantan la cara de la tierra. Ahí tenemos los ejemplos tan dolorosos como apabullantes de esos “cerebros” que no ven más allá -¿porque la situación no lo permite?- de lo próximo, de lo cercano, de lo que separa, de lo que aleja a unos hombres de otros. Actitudes expuestas en discursos, mítines, entrevistas, etc..., donde solo ve la propia opinión más o menos apasionada y siempre enfocada a escasa altura de la tierra, aunque sea sobre algo importante. Así ve uno las cosas en nuestro país, y así continuaremos pese a que lo lamentamos muchos: unos diciéndolo, otros escribiéndolo y, los más, sufriéndolo. Y como dijo el poeta: “Todo lo que está pasando / es lo que yo no temía / y me estaba figurando”.

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