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Etiquetas:   Momentos de reflexión   -   Sección:   Opinión

Violencia conyugal

La filosofía de las personas sin dios es que la brida debe ser el instrumento que el hombre debe usar para mantener a la mujer subyugada a su voluntad
Octavi Pereña
martes, 23 de septiembre de 2014, 06:16 h (CET)
“La sociedad está enferma”, lacónica sentencia con que Miguel Lorente, experto en violencia de género y profesor de Medicina de la Universidad de Granada, resume la magnitud del problema de la violencia contra la mujer. Se diagnostica la pandemia que sufre la sociedad pero no se aplica la vacuna que la inmunice contra la violencia machista.

La primera señal que se encuentra en la Biblia de machismo se detecta poco después de haber comido Adán “del árbol del conocimiento del bien y del mal” que Dios le había prohibido hacer. Dirigiéndose a Eva Dios le dice: “Y tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti” (Génesis 3:16). Aquí encontramos el embrión de todos los males que el machismo provoca en la mujer, filosofía que recoge muy bien el refrán: “La mujer y la mula, el garrote suele hacerla buena”. “No es un discurso nuevo”, dice el Dr. Miguel Lorente, “es el discurso de hace siglos, propio de hombres que ven a las mujeres como objeto sexual, que han de hacer lo que ellos digan para satisfacerlos porque sus deseos prevalecen por encima de los de ellas”. ¿No nos recuerdan estas palabras lo que Dios le dijo a Eva? Continuando con su reflexión el Dr. Lorente dice: “Son los machistas elevados a la enésima potencia, la cara más dura y cruel de una ideología conservada en el tiempo”.

Con el propósito de desprestigiar al cristianismo culpándolo de fomentar la violencia contra la mujer se mencionan textos de este estilo: “El látigo para el caballo y la vara para la espalda del necio” (Proverbios 26:3). Con ello se justifica la violencia contra la mujer sin tener en cuenta otros textos que le ponen límites. No en vano se dice: “Un texto fuera de su contexto es un pretexto”. A la Biblia se le puede hacer decir lo que se quiera si no se siguen las normas que rigen en la interpretación de textos. Así pasa con Efesios 5:21-33. Este texto cuidadosamente analizado y con la dirección del Espíritu Santo que inspiró al apóstol Pablo a escribirlo, jamás lleva a la conclusión que la mujer es un ser inferior al hombre a la que se debe enderezar con el garrote como dice el proverbio popular.

Para entender la relación hombre – mujer se debe tener en cuenta el principio bíblico: “Someteos unos a otros en el temor del Señor”, principio que es básico para el buen funcionamiento social. Para que este funcionamiento esté bien engrasado y no chirríe las personas deben estar subordinadas a la autoridad suprema de Dios, autoridad claramente definida en los Diez Mandamientos y en la declaración que Jesús hace de la Ley de Dios al decir: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente, y a tu prójimo como a ti mismo” (Lucas 10:27). La mujer es el prójimo que el hombre debe amar como a si mismo, no empleando el garrote para enseñarla a someterse a él. Teniendo en cuenta el principio del sometimiento mutuo y del amor examinemos Efesios 5: 21-33 sin miedo de caer en extremismos que perjudiquen el bienestar de la mujer. Cómo debe ser la relación conyugal solamente puede entenderse y asumirla si los cónyuges son verdaderos creyentes en Cristo. Si no se da dicha condición el texto que comentamos es como si estuviese escrito en chino. Es indescifrable. La interpretación que se hace del mismo es que a la mujer se la debe tratar con violencia si no se somete voluntariamente a la autoridad del marido. A pesar de ello se debe hablar de él y comentarlo porque si no se hace, ¿cómo se puede ayudar a la mujer que vive miserablemente debido a los malos tratos físicos y psíquicos que recibe de un compañero que se ha convertido en un déspota porque considera que su esposa o compañera es propiedad suya y que puede hacer con lo que le pertenece lo que mejor le parezca?

El matrimonio es una relación de un hombre y de una mujer basada en el amor mutuo, relación que ilustra el amor de Cristo por su iglesia. El matrimonio hace que un hombre y una mujer constituyan una unidad de la misma manera que Cristo es una unidad con su iglesia. Esta unidad la Biblia la describe con el símil del cuerpo humano que consta de diversos miembros que para funcionar ordenadamente cada uno de ellos está sujeto a las órdenes que emanan del cerebro. Es de sentido común aceptar la manera como funciona el cuerpo. Darse cabezazos contra la pared pretendiendo intentar cambiar la inteligente manera de funcionar el cuerpo, invirtiendo el orden lógico y pretender que sean los miembros quienes lo gobiernen es convertir la armonía en un caos.

Si los cónyuges son verdaderos cristianos y ambos aceptan la autoridad suprema de Cristo el marido se convierte en cabeza de la esposa y ésta reconoce esta autoridad que al ser ejercida con el amor que busca el bien del otro, jamás será degradante para ella. Lo que es evidente es que la relaciones conyugales o de pareja no están basadas en el amor de Cristo lo cual hace que el marido como cabeza no busca el bien de su propio cuerpo que es la esposa y ésta no quiere aceptar las órdenes que emanan de la cabeza. El resultado es que los matrimonios no funcionan, lo cual conduce a una aceptación mutua porque no hay otro remedio y, en los casos extremos, en la violencia física.

La letra mata y el espíritu da vida. El texto de Efesios que presenta al esposo como cabeza de la esposa debe analizarse espiritualmente, es decir, bajo la dirección del Espíritu Santo para poder entender lo que realmente enseña. El problema no radica en el hecho de que el marido sea la cabeza de la esposa. El problema aparece cuando ni la cabeza ni el cuerpo se dejan guiar por Cristo que es la Cabeza de ambos. Podríamos resumir el buen funcionamiento de un matrimonio cristiano con estas palabras: “Por lo demás cada uno de vosotros ame también a su mujer como a si mismo, y la mujer respete al marido” (Efesios 5:33). En Cristo se encuentra la armonía conyugal que tanta falta hace.
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