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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

El campo andaluz

Francisco Arias Solís
Redacción
viernes, 24 de noviembre de 2006, 23:13 h (CET)
“Campo, campo, campo.
Entre los olivos,
los cortijos blancos.”


Antonio Machado

La gran extensión de tierras cultivadas, la alta calidad agronómica de sus suelos y la diversidad de productos son argumentos que avalan las ventajas y potencialidades de la agricultura andaluza. Sin embargo, siguen pesando rémoras de carácter estructural que se oponen a su óptimo aprovechamiento.

Andalucía sigue siendo una región agrícola dentro del contexto europeo, por más que el sector haya dejado de representar la parte sustancial en la generación de rentas y empleo. La población activa que permanece adscrita al sector agrario (algo menos del 20%) y la participación de este en la formación del PIB (13%) siguen siendo muy superiores a las medias nacionales y comunitarias.

La superficie cultivada es comparativamente igual o ligeramente superior a la media comunitaria y bastante superior a la mayor parte de las regiones de las riberas mediterráneas, con las que establece la más directa competencia.

Desde la última mitad del siglo pasado se viene produciendo en la agricultura andaluza un proceso de cambio y adaptación que toma como modelo los patrones productivos y tecnológicos que dieron vida a la denominada revolución verde de la agricultura europea unos decenios antes. La mecanización de las labores y el creciente uso de aportes energéticos exteriores al ciclo natural son los dos factores más decisivos del cambio. Los rendimientos agrícolas de los cultivos básicos han experimentado un notable incremento.

Pero está claro que este proceso de modernización no ha afectado de la misma forma a todo el espacio agrícola. Muchas de las grandes y medianas explotaciones de las campiñas del valle del Guadalquivir, la agricultura intensiva de las hoyas litorales mediterráneas y los arenales atlánticos o algunos enclaves de la depresión de Antequera y de la vega de Granada son ejemplos de agriculturas que entran en el ciclo de innovación productiva. Es en estas zonas donde se multiplican los rendimientos, donde la modernización de las explotaciones alcanza su máxima expresión y donde la agricultura está ligada estrechamente a los mercados agroindustriales.

Por el contrario, otras zonas no pueden competir ya con las mismas producciones generales. La marginación de los recursos es un paso decisivo para que se produzca una marginación social y territorial, el despoblamiento y el éxodo rural. Y también, en muchos casos, es un acicate para ciertos procesos de degradación ambiental, debido al abandono de tierras y de prácticas culturales de larga tradición y muy adaptadas al medio, como las huertas de vegas y fondos de valles serranos o la arboricultura en terraza.

Desde el punto de vista social, y aunque por distintos motivos, las consecuencias del proceso de modernización no han sido, para amplias capas de la población agraria, muy distintas de las provocadas por la inadaptación de las agriculturas marginales. La sustitución masiva de capital, por trabajo, el mantenimiento de las estructuras de apropiación de los recursos, la incapacidad de las mismas para generar reinversiones productivas de tipo local o comarcal en otros sectores económicos, son factores que han contribuido a acelerar, en un primer momento, el éxodo rural y el desempleo agrario.

Los resultados económicos a escala de explotación, en las zonas más modernizadas, pueden ser brillantes, pero sus efectos sociales siguen siendo implacables; la producción comercial masiva tiene como contrapartida un débil nivel de transformación e industrialización de los productos, sin olvidar el coste ambiental que se está derivando. Y es que, como dijo el poeta: “Y cuántas promesas, madre, / ¡ay!, cuantas hicieron. / Y no cumplieron ninguna / de las que hicieron”.

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