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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

Deporte y política. El peligro de mezclar lo uno con lo otro

Miguel Massanet
domingo, 14 de septiembre de 2014, 07:46 h (CET)

España es un país en el que el deporte tiene una gran difusión. Se puede decir que la pasión por el mismo es capaz de unir a personas de distinta cultura, formación, pensamiento político y condición social, lo cual se puede considerar un éxito en una nación en la que es difícil conciliar las distintas tendencias, sentimientos, ideas políticas o sentimientos religiosos. Pero, si hay un deporte que apasione a las masas, que haga correr ríos de tinta y acapare una parte importante de las emisiones televisivas o programas de radio al tiempo que levante frenesíes en los hinchas de los distintos clubes de aficionados, es el denominado deporte Rey: el fútbol.


Es cierto que, en la actualidad, este deporte ha dejado de tener muchas de las virtudes que se le atribuyeron al principio, hace ya bastantes años. Lo que antes eran grupos de amigos que se reunían para improvisar, en un llano, un campo de fútbol en el que se señalaban dos porterías con montones de piedras, para luego formar dos equipos con pañuelos de colores en el brazo para distinguirse, y, sin más, lanzarse a correr como locos, pegando chupinazos a una pelota (el balón actual era un lujo para aquellos aficionados), intentando marcar los goles que les dieran el triunfo ante sus adversarios ( (finalizado el partido se reunían en franca camaradería, para comentar las incidencias del juego saboreando unas cervezas que se jugaban a los chinos. Eran otros tiempos.

Ahora, este deporte hace correr millones de euros, se pagan fichas astronómicas por jugadores y los clubes importantes, ya no son propiedad de un mecenas o de un grupo de aficionados, sino que se han convertido en sociedades anónimas, en las que lo importante son los balances y las cuentas de resultados. Los jugadores han dejado de ser simples aficionados que disfrutaban del juego, ahora, en cambio, son profesionales, verdaderos robots humanos preparados, entrenados, mentalizados y promocionados para convertirse en figuras, máquinas de hacer fútbol, con el único fin de meter goles o impedir que se los metan en su portería; además de ser capaces de resistir 90 minutos de desgaste físico. El negocio del fútbol ha sustituido al deporte amateur del fútbol.

Lo único que parece que no ha cambiado es el público, que acude puntualmente a los estadios, fanatizado por sus colores, implacable contra sus adversarios en el campo y permisivo, condescendiente y parcial con cualquier infracción o malicia que pudiera cometer su propio equipo.

Pero, desde hace unos años, desde que los nacionalismos han hecho acto de presencia en este país, en algunas autonomías, los equipos de fútbol que las representan, además de tener unos seguidores que se preocupan por sus resultados deportivos, sus triunfos o sus fracasos, parece que no se conforman con ello y han decidido que el fútbol puede convertirse en una forma más de hacer política. Muchos aficionados, que hubieran permanecido fieles a los colores de su equipo, se han apartado de él por no compartir la deriva política que sus directivos le han querido imprimir; olvidándose de que el deporte nunca se ha de confundir con ninguna opción política, precisamente porque al ser un deporte, una forma de practicar un juego o ejercicio determinado, siempre debe unir, conjuntar, hermanar y aglutinar, dando un mensaje sano de deportividad, honestidad y respeto por el adversario, que no enemigo, no sólo a quienes lo practican, sino a todos aquellos seguidores y demás ciudadanos que lo apoyan y siguen su trayectoria.

Pero también se ha dado el caso contrario, especialmente desde que sus directivos, no se sabe si por presiones políticas, por intereses personales o por mandato de quienes tiene el poder en el club; han permitido que, dentro de los entresijos de los clubs, en sus secciones técnicas, administrativas o deportivas, se hayan instalado verdaderos activistas que han venido intentando y debemos reconocer que han conseguido su objetivo de politizar, convertir en punta de lanza y semillero de captación de seguidores de determinadas opciones políticas; que se valen de ellos para conseguir que sus éxitos deportivos y su fama en los círculos deportivos se conviertan, a la vez, en verdaderas pantallas, spots propagandísticos y captadores de atención a favor de los objetivos políticos de los grupos políticos que los manejan desde la distancia.

En España, el caso más destacado de club deportivo politizado hasta el extremo de haberse convertido, de hecho, en un verdadero impulsor, propagador y defensor del nacionalismo catalán el es el C.F.BARCELONA. Si en un principio se limitaba a mostrar las simpatías de sus socios por el catalanismo, a medida que el sentimiento secesionista ha ido arraigando en una parte importante de la población catalana, tanto los jugadores vernáculos del ente, como algunos que han sido captados por el virus catalanista han decidido, no sólo colaborar con los partidos políticos de carácter secesionista, sino formar parte de su aparato de propaganda y difusión de ideas, para que, por cualquier parte en la que se desplacen para su actividad deportiva, convertirse en difusores, promotores y predicadores de las aspiraciones independentistas del pueblo catalán que, para ellos es el 80% de todos los catalanes cuando, en realidad apenas sobrepasan del 51% del censo electoral, quienes quieren la separación de España.

Sin embargo, hay algo que deberíamos tener en cuenta los españoles y que, el Gobierno de la nación, no debiera dejar pasar por alto. Se están dando casos, como el del señor Guardiola o el jugador, señor Piqué o los señores Fábregas, Xabi Hernández, Oleguer Presas y un largo etc. que se han declarado, públicamente, independentistas cuando, por otra parte, han participado en numerosas ocasiones en partidos de la selección nacional.

Es evidente que, como suele suceder, las primas y el prestigio de jugar en la selección de España les resulta muy tentador a todo estas partidarios del “derecho a decidir”, pero creo que ya ha llegado el momento en el que la Federación Nacional de Fútbol, el ministerio de Educación, Cultura y Deporte y la propia Presidencia del Gobierno debieran tomar cartas en este asunto para evitar que, estos señores, fueran convocados, no tanto por sus ideas, que a nadie importan, sino por haberse mostrado públicamente apoyan la causa de la secesión catalana. ¿Qué confianza se puede tener en ellos de que, en su juego, no apoyen con la debida y necesaria energía, dedicación y lealtad a una selección que representa a un país del que quieren separase y que consideran que los tiene oprimidos?

Es preferible poner a jugadores que sepamos que se van a jugar la vida en defensa de los colores españoles y que, si se pierde, sea por haber jugado peor que el adversario, pero con la seguridad de que ninguno de los jugadores ha fallado aposta o ha desaprovechado una oportunidad de marcar para no dar la victoria a España. No van a conseguir lo que intentan, no se van a escindir de España ni van a lograr doblar la cerviz de los buenos españoles pero, si por un milagro de Lucifer, lo consiguieran, sería de ver al potente Barcelona jugando con el Mataró o con el Girona. El fanatismo ha conseguido transformar a un pueblo trabajador e inteligente en una masa impulsada por su vehemencia atávica, que ha conseguido nublar su razón e inteligencia. ¡Una pena, señores, una pena! O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, vemos con desánimo como Catalunya corre, inexorablemente, hacia la catástrofe
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