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Etiquetas:   Internacional   Estado Islámico   -   Sección:   Opinión

El verdadero problema de Irak es la ausencia de liderazgo sunita

Redacción Siglo XXI
@DiarioSigloXXI
viernes, 12 de septiembre de 2014, 08:54 h (CET)
Commentary Magazine

Es fácil y mezquino en la misma medida achacar al ex Primer Ministro Nouri al-Maliki y a muchos de sus aliados políticos (incluido su presunto sucesor, Haider al-Abadi) la miserable tesitura en la que se encuentra Irak hoy, o la ausencia de resolución política.

¿Era sectario Maliki, o su Partido Da’wa? Desde luego, aunque como cualquiera de los movimientos políticos de Irak, los afiliados al Da’wa oscilan entre los reaccionarios y los cerriles, pasando por los tolerantes y los relativamente progresistas. Una vez más pues, es difícil identificar alguna formación política de Irak que no sea sectaria. (Una de las ironías de los kurdos es que aunque están dispuestos a entenderse tanto con árabes sunitas como con chiítas, la desmedida tendenciosidad anti-chiíta no es algo que encaje en la sociedad kurda). Sugerir que los milicianos chiítas se han infiltrado en el ejército es exacto; decir que los profesionales sunitas — dentro incluso de las fuerzas especiales y unidades de élite — no eran tan sectarios son tonterías. Hacen falta dos para esto, y el comportamiento de tantos antiguos oficiales sunitas a la hora de tolerar al ISIS los primeros tiempos avala las sospechas de muchos oficiales iraquíes con respecto a sus lealtades al sistema post-2003.

¿Eran corruptos los miembros de la formación Da’wa? De nuevo, sí. Años de guerra y sanciones transformaron Irak de uno de los países árabes menos corruptos en los años 70 en uno de los países del mundo más corruptos hoy. Que Estados Unidos desembolsara sin cuidado decenas de miles de millones en "la reconstrucción" y "el desarrollo" echó gasolina al fuego, simplemente. Pero tendría problemas para encontrar alguna formación actual y, de hecho, algún político iraquí que no haya sucumbido a la tentación. Parte del problema es que los iraquíes no han abordado lo que constituye un conflicto de intereses en ningún sentido legal. Una vez más, no son los únicos: Fíjese en todos los antiguos oficiales del ejército y oficiales estadounidenses que han entablado acuerdos comerciales clandestinos con los kurdos o el gobierno central de Bagdad. En lugar de distinguir entre corruptos y honestos, muchos iraquíes hacen distinción entre los que echan mano a la caja que pasa factura a la gente frente a los que hacen negocios sin cobrarse vidas o hacer un uso indebido de las fuerzas de orden público.

Irak también se enfrenta a un buen número de problemas estructurales: la burocracia podría reducirse a la décima parte; hay dudas de la ley que distribuye los beneficios del crudo, por mucho que los interrogantes en torno a la naturaleza del federalismo hayan sido respondidos por los acontecimientos. Las tensiones siguen creciendo en torno a las decisiones que deberían ser tomadas en la capital, o si las decisiones — y el destino de los presupuestos — están mejor concentradas en las gobernaciones o incluso a niveles locales o municipales. No he ocultado en ningún momento el hecho de que a Irak le iría mucho mejor con un federalismo administrativo, algo que escucho proponer tanto a sunitas como a chiítas.

El verdadero problema al que se enfrenta Irak — y el motivo de que ninguna reforma militar o cuota política impuesta prospere — es que la comunidad sunita árabe carece de líderes. Odiados o queridos, la minoría chiíta ha fundado formaciones políticas como el partido Da’wa o el Consejo Supremo Islámico de Irak y, si el enfrentamiento político interno llega demasiado lejos, la jerarquía eclesiástica se valdrá de sus cargos públicos para obligar a intervenir a los políticos chiítas. El Gobierno Regional del Kurdistán dista de ser democrático, pero sus formaciones son sólidas: Los kurdos pueden acusar su dirección política, pero no dudan de ella.

La comunidad árabe sunita iraquí carece de líder real. No hay ninguna estructura religiosa entre los árabes sunitas iraquíes (ni entre los sunitas en general) que aproxime a compararse con lo que hay en Nayaf. Los que asesoran al ejército estadounidense y a los diplomáticos advenedizos en la cuestión de Irak hablan con frecuencia de la importancia de las tribus, pero no hay prácticamente una tribu en Irak cuyo escalafón sea incontestable. El antiguo Presidente Saddam Hussein — y, de hecho, casi todos los líderes antes – ascendían a sus rivales a jeques tribales para controlar mejor las tribus. El resultado a menudo es un caos. ¿Hacer ministro de defensa a un dulaim? No cuente con emocionar a los dulaim, porque las probabilidades de que sea reconocido legítimo son contadas, o le criticarán por llegar del sub-clan equivocado.

Muchos sunitas ocupan altos cargos públicos mediante elecciones. Usama Nujayfi era presidente del parlamento antes de las elecciones de principios de este año, y su hermano Adil Nujayfi era gobernador de Mosul hasta que fue expulsado por el ISIS. La opinión entre muchos árabes sunitas fue de alivio, al ser desplazados de sus cargos ambos (o ser devueltos a casa). La mayoría de los sunitas respondieron a la elección de Salim al-Juburi como nuevo portavoz del parlamento con incredulidad.

Saddam Hussein era baazista. El baazismo no es socialismo árabe simplemente; era (y sigue siendo) una formación étnica y sectaria chovinista copiada de las vigentes durante la Segunda Guerra Mundial. Aunque se dieron casos de baazistas chiítas por aquí y por allá (véase, por ejemplo, Ayad Alawi) o de kurdos (véase, por ejemplo, el antiguo vicepresidente Taha Yassín Ramadán), Saddam estaba convencido de que los árabes sunitas de Irak debían de dirigir Irak, y él debía de liderar a los árabes sunitas. Reprimió a los chiítas y los kurdos, pero también asesinó a cualquier árabe sunita iraquí que pudiera desafiarle o que fuera capaz de hacerlo incluso, tuviera o no tales intenciones. Los chiítas pudieron ser censurados, pero utilizaron su tiempo para organizarse a las órdenes del ayatolá Mohammed Baqir al-Sadr (1935-1980). Idéntico caso de los kurdos, con el mulá Mustafá Barzani (1903-1979). Los sunitas no tuvieron esos lujos mientras los baazistas estuvieron en el poder. Cuando cayó Saddam Hussein, ellos fueron la única minoría que tuvo que empezar de cero.

Muchos analistas militares parecen lamentar que Nouri al-Maliki no siguiera los consejos del General David Petraeus, cuya estrategia fue eficaz militarmente a corto plazo pero nociva a largo, al convencer a los sunitas de que podían obtener por la violencia lo que no pudieron sacar de las urnas. Ellos — y muchos diplomáticos alentados por los susurros de algunos de los vecinos sunitas de Irak — musitan que Estados Unidos debe simplemente de reforzar a los generales sunitas para compensar los errores de la última década. Ninguna solución así, sin embargo, puede funcionar hasta que los sunitas árabes de Irak determinen a quién desean seguir e, igual de importante, a quién de entre sus propias filas sectarias están dispuestos a rechazar. Mientras recurran a baazistas impenitentes que siguen al antiguo representante de Saddam Izzat al-Ibrahim, que quiere deponer al gobierno en pleno y devolver Irak al orden pre-2003, fracasarán. Lo mismo si abren la puerta a grupos como al-Qaeda o el ISIS, calculando poder volverla a cerrar siempre o cosechar la recompensa de abandonar una postura límite.

Sería estupendo no abordar la política iraquí a través de un prisma sectario, pero también es irreal, teniendo en cuenta la actual composición sectaria y étnica de las formaciones políticas. Pero teniendo en cuenta esta realidad, en lugar de tratar de recomendar reforzar a los sunitas a nivel nacional — incluyendo a quienes pueden utilizar sus cargos militares para revolverse contra el Estado al que representan, presuntamente — con un toque de varita mágica, es hora de reconocer que el escalafón político nacional de los sunitas ha de ser reconstruido desde los cimientos. Más motivo todavía para apoyar el federalismo administrativo, para que los residentes de al-Anbar, Mosul, Samarra o Tikrit puedan gastar el dinero a nivel local municipal y la población local pueda descubrir quién tiene la capacidad de gobernar, y quién es incapaz de actuar o es demasiado corrupto para hacerlo con eficacia.

Pero mientras los líderes de la comunidad sean impuestos desde arriba, sólo habrá una cosa segura: no habrá ninguna legitimidad, y fracasarán.
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