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¿Llegará a festejar la CEI su vigésimo aniversario?

Vladislav Inozémtsev
Redacción
miércoles, 22 de noviembre de 2006, 22:58 h (CET)
La próxima Cumbre de la CEI (Comunidad de Estados Independientes) en Minsk, Bielorrusia, promete ser difícil y reportar resultados contradictorios, lo que no es de sorprender.

Creada sobre los escombros de la Unión Soviética en 1991, la Comunidad de Estados Independientes ha perdido prácticamente por completo su potencial del desarrollo progresivo.

¿Con qué fin fue creada la CEI hace 15 años? Frecuentemente se dice que tenía por misión asegurar un “divorcio civilizado” de la repúblicas soviéticas. ¿Corresponderá a la realidad ese carácter tan determinado de los objetivos planteados? Me parece que no. Al crear la CEI, sus arquitectos cumplían tanto las tareas tácticas (destituir del poder a Mijaíl Gorbachov a más brevedad posible), como las estratégicas (conservar el control del potencial nuclear de la Unión Soviética, mantener durante cierto tiempo un rumbo relativamente concordado en materia de la defensa y la seguridad, conservar las formas principales de cooperación económica entre las repúblicas, etc.). Gracias a estas razones precisamente, hasta los últimos tiempos Rusia intervenía como principal sujeto interesado en conservar la CEI. Pues, si esa asociación no fuera más que “forma de divorcio”, dejaría de existir en las postrimerías de los años 90, a más tardar.

Se comenzaró a conceder especial significado a las relaciones con los países de la CEI después de que el presidente Vladímir Putin calificara la desintegración de la URSS de “mayor catástrofe geopolítica del siglo XX” y sobre todo a raíz de varios reveses evidentes sufridos por los políticos rusos en Transcaucasia, Ucrania y Moldavia. Son diversos los motivos del fracaso de la política rusa hacia los Estados postsoviéticos, pero, en general, se podrá reducirlos a tres grupos.

Primero: a lo largo de los años 90, cuando en los ojos de la comunidad mundial Rusia era el país que sufrió derrota en la “guerra fría”, atascado en los problemas económicos, los líderes del Kremlin estaban vitalmente interesados en aquellos sujetos de la política internacional, respecto a los cuales se podría aplicar el rumbo análogo al practicado por Occidente hacia la propia Rusia. Este hecho permitió echar al olvido, si no superar, el complejo de inferioridad. A ello obedece la política que se aplicaba con respecto a las ex repúblicas, el apoyo prestado en varias de éstas a la “inestabilidad manipulada” y la amenaza de separatismo (en este caso, Transdniestria, Abjasia y Osetia del Sur llegaron a ser para Rusia algo así como Chechenia para Occidente); la concesión generosa de créditos no respaldados destinados a los fines confusos (por ejemplo, la política practicada en 1992-1995 con respecto a Tayikistán se parece mucho a la del FMI con respecto a Rusia en 1997-1998).

Segundo: en el espacio de la CEI Rusia seguía siendo la potencia más fuerte en lo económico y lo militar, lo que le permitió considerarse “responsable” de todo ese territorio. Consiguientemente, los políticos rusos optaron por una doctrina rara en extremo de relaciones con los dirigentes de los países de la CEI, considerándolos de facto “dueños” de sus respectivos territorios (como quisieran ser ellos mismos dentro de sus fronteras). Como resultado, los contactos con diversas fuerzas políticas en las ex repúblicas soviéticas se vieron reducidos al mínimo y dejaron de existir, lo que en enorme medida disminuyó las posibilidades de maniobra en las relaciones con ellos. Rusia se orientaba y se orienta exclusivamente a las élites gobernantes de la CEI, sin haber intentado “especular”, sea en grado minúsculo, en las contradicciones intestinas de esos países.

Tercero: Rusia estructuraba y estructura de manera muy rara las relaciones económicas con los países de la CEI. Hasta los principios del segundo milenio practicó la política favorable al máximo para ellas, con frecuencia en perjuicio de los intereses propios (vale la pena mencionar la conservación de la “zona del rublo” en Asia Central en 1992-1994 y las dotaciones que recibía la economía ucraniana a costa de bajos precios del gas hasta principios del corriente). Al mismo tiempo, no se requerían a cambio concesiones económicas ni pasos políticos, sino solamente declaraciones sobre la amistad eterna que los vecinos prodigaban en abundancia. La actual decisión de reformar esa política también adolece de excesos, ya que las medidas económicas adquirieron evidente matiz político. En lugar de mostrar a los vecinos las ventajas que ofrece la cooperación con Rusia, se implantan las ideas sobre lo perniciosa que es la apostasía política. Es más probable que veamos los resultados de ese rumbo después del año 2008.

En resumidas cuentas, Rusia no pudo transformar su superioridad económica y política sobre los demás países de la CEI en influencia seria a escala de todo el espacio postsoviético. Actualmente, la mayoría de sus miembros son maduros Estados independientes (de Rusia, en primer lugar). Por cada región –Transcaucasia, Asia Central, Ucrania o Moldavia- se muestran interesados otros sujetos globales, entre ellos la Unión Europea, EE UU y China. Moldavia y Ucrania se irán aproximando paulatinamente a la Unión Europea. Georgia y Azerbaiyán se orientan en muchos aspectos a EE UU que durante mucho tiempo se verá preocupado por su “seguridad energética” relacionada con la exportación de petróleo de Oriente Próximo y Asia Citerior. Indudablemente, China fortalecerá sus posiciones en el Asia Central, donde ya ahora interviene como importantísimo acreedor. Queda Bielorrusia siendo ahora una nuez sumamente dura de roer, con el que Rusia podrá correr por enésima vez el riesgo de quebrarse la dentadura.

Por lo común, se considera que la amistad con Bielorrusia obedece a las “relaciones especiales” que unen a los dos pueblos eslavos. Pero en algunos aspectos Bielorrusia se adelantó a la “hermana mayor”. Allí no existen oligarcas: hoy los propietarios individuales controlan solamente el 8,7% de empresas bielorrusas, mientras que en la industria la parte de las compañías privadas no supera el 15%. Las empresas pertenecientes a extranjeros aseguran el 0,6% de producción metalúrgica, el 2,5%, de química, y el 3,9% de alimenticia. En general, no es el país, sino el sueño hecho realidad de cierta parte de la clase política rusa. Si, a pesar de todo, se logra abrir una compañía privada en Bielorrusia, habrá de desembolsar el 122% (¡!) de sus ingresos brutos para pagar 113 tipos de impuestos. En cambio, en 2005 el Gobierno tomaba a razón de 4,4 disposiciones, el presidente editaba 1,9 decretos y se aprobaban unas 20 actas normativas a diario.

En este preciso momento se produjo la falla. Dos “verticales de poder”: de Moscú y de Minsk, no pudieron llegar a un acuerdo sobre los precios del gas y la propiedad del gasoducto Rusia-Europa. Minsk afirma cada vez más frecuentemente que “Bielorrusia es un país europeo”, lo que no es un gesto demagógico. Lukashenko se prepara para salvaguardar la independencia del país y la suya propia frente a un nuevo “ataque de gas” por parte de Rusia. Si sus esfuerzos tienen éxito, unirá a toda la élite política comprendidos los opositores políticos, partidarios del Frente Popular.

¿Retrocederá Moscú limitándose a emitir declaraciones de amistad con el pueblo hermano u optará por la escalada? Este hecho no tiene importancia para el futuro de la CEI. En ambos casos se pondrá definitivamente en claro que la Comunidad de Estados Independientes no es más que biombo para resolver problemas particulares, carente de la estrategia económica y política. Indudablemente, esa Organización no llegará a festejar su vigésimo aniversario. Y tal vez sea mejor, pues los divorciados se sentirán evidentemente mejor al no verse con tanta frecuencia en la cocina común de la residencia aún existente.

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Vladislav Inozémtsev, director del Centro Investigativo de la Sociedad Postindistrial, miembro del Consejo de Expertos de RIA Novosti.

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