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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

España no es una guarida de cobardes. Hay que acabar con los que la desprestigian

Miguel Massanet
domingo, 7 de septiembre de 2014, 07:43 h (CET)
Hay motivos para estar seriamente preocupados, señores, y no sólo por la crisis económica que parece que ya se está empezando a mejorar o, al menos, queremos creer que sí; sino por la pérdida de cualidades heredadas de nuestros mayores que parece que, para muchos, han dejado de tener sentido. Lo que está sucediendo en estos momentos en esta España cambiada, desconocida e invadida por las turbas de descreídos, amorales, pasotas, mal educados y verdaderas rémoras de la sociedad, es que, ante la impasibilidad, tolerancia, cobardía y laxitud de quienes ostentan el gobierno de la nación, estamos viendo como valores fundamentales, principios intocables, virtudes raciales y cualidades propias de nuestra raza hispana; están siendo desterrados de esta nueva sociedad en la que, a muchos que ya peinamos canas desde hace muchos años, nos cuesta reconocer a aquella España en la que la valentía de sus hombres era proverbial, los heroísmos y sacrificios por la patria surgían de forma espontánea de los propios ciudadanos y, ante cualquier enemigo que pretendiera amenazar a nuestras familias, costumbres, religión o signos patrios, todos los españoles se levantaba a una, para enseñarle al invasor el camino de vuelta a su lugar de origen.

El panorama que la sociedad española está exponiendo ante el mundo es, sin duda, de una ciudadanía acomodaticia completamente despreocupada por todo lo que no sea su propia comodidad, su bienestar y la satisfacción de su egoísmo. A esto que a los progres les ha dado por definir como filosofía relativista o, expresado de otra manera, “haz lo que te de la gana mientras te lo permitan”. Como inmediata consecuencia, la preocupación por los demás, el bien común, la defensa de los valores heredados o el mantenimiento de la ética y los derechos del resto de la sociedad en general, se han convertido en algo secundario, accesorio, no prioritario y, por supuesto, supeditado a aquellos desahogos, harturas, excesos y vicios que nos pide la propia naturaleza de cada uno que, incluso cuando se defienden derechos ajenos, se hace con la intención de sacar provecho de ello o, incluso, de obtener el gratificante reconocimiento de los demás que alimente nuestro propio ego.

Una sociedad en la que hay sectores que, alimentados por odios, actitudes revanchistas, erróneas informaciones y absurdos prejuicios, pretende romper sus vínculos con el resto de la nación, inconsciente de que, en un mundo de economía globalizada todas estas aventuras acaban por tener finales trágicos, ha entrado en confrontación con el resto de españoles. Otros, aquellos que deberían ser la nueva savia de la nación, la esperanza de regeneración del país, promotores de la unidad familiar y del impulso patriótico propio de la juventud generosa, desprendida y valerosa; acaban de decepcionarnos cuando nos hemos enterado por un estudio realizado para el Ministerio de Defensa por el Centro de Investigaciones Sociológicas a cerca del “patriotismo” de los españoles de noticias tan deprimentes como el que entre el 2005 y el 2013 en número de españoles que están orgullosos de ser españoles se ha reducido en un 8’7% quedando en un 76%; no obstante, y para mayor INRI, resulta que si se solicitaran ciudadanos para acudir a la llamada para defender la nación, entre un 40 y un 55% no acudirían y, en algunas autonomías hasta el 60% se negarían a ello. ¡Vivir para ver!

Los argumentos que se esgrimieron cuando se suprimió el servicio militar en este país, para crear un ejército de mercenarios destinado a sustituir a las tropas de reemplazo, han quedado ampliamente superados. Por ejemplo: el aserto de que el servicio militar interrumpía los estudios de los jóvenes o que esto de entrar en el Ejército era una pérdida de tiempo o que el servicio militar generaba vagos etc. ha quedado ampliamente superado por la realidad y los efectos contrarios y contraproducentes de esta supresión, ha quedado demostrado que son infinitamente superiores a los que se argumentaron para su supresión. Desde su erradicación siguen siendo un 30% los que abandona sus estudios antes de terminarlos, otros ni tan siquiera tiene interés en formarse y prefieren buscarse el modus vivendis por otros caminos, no siempre legales; la drogadicción que, en ocasiones, se inicia en los propios colegios de enseñanza, se va agravando a medida que crecen, sin que haya alguien con autoridad ( en los colegios no existe y, en ocasiones, son los mismos profesores los que intentan adoctrinarlos políticamente) que lo someta a disciplina; la formación de los jóvenes, reducida a la mermada autoridad de los padres y, en ocasiones, guiados por compañías poco recomendables, han convertido a muchos de ellos en indomables, ariscos, violentos y en muchas ocasiones agresivos, incluso con sus familiares.

Puede que un Servicio Militar de dos años fuere excesivo y muy costoso, pero un periodo de seis meses de servicio obligatorio, aparte de preparar a los ciudadanos para un posible conflicto bélico, tendría el saludable y muy efectivo efecto de desasnar, someter, despabilar, disciplinar y enseñar, a una juventud mal orientada, que el mundo no es un lugar en el que divertirse siempre y hacer lo que a uno le pase por las narices, sino que es preciso someterse a unas reglas, seguir unas orientaciones y trabajar para el resto de la sociedad. Y para todo ello, los que hemos hecho el Servicio Militar (tengo el orgullo de haber servido en Ceuta- Marruecos), sabemos que no hay sitio mejor para aprender a valerse por uno mismo, compartir con buena camaradería los avatares de la instrucción, fortalecerse físicamente y aprender a que, con rancho, también se puede engordar. Y conste que lo cumplí como simple soldado raso, sin privilegio alguno.

Estoy convencido que el amor a la patria subiría, que la drogadicción se controlaría, que al Estado le costaría menos que el sostener las casas de desintoxicación que actualmente son necesarias, que los padres lo agradecerían y que los conocimientos que, hoy en día, se imparten en el Ejército, seguramente sería muy útil para muchos que actualmente no tienen oficio ni beneficio. Y todo ello dejando aparte que, con toda seguridad, muchos chicos que ahora están en el paro se reengancharían y seguirían su carrera militar, al menos como mecánicos, conductores etc. Evidentemente que, a las izquierdas, esta posibilidad de volver al servicio Militar obligatorio, aunque que fuera con una limitación de tiempo de seis meses, sería algo a lo que se opondrían de frente porque, para ellos, lo que les interesa es lograr un lumen de gente sin trabajo, en la miseria o enganchados en partidos políticos extremos, en los que aprender a sembrar el caos en las calles, en destrozar mobiliario urbano y atacar con piedras y otros instrumentos contundentes a las fuerzas del orden.

Claro que es más fácil gobernar sin crearse problemas, sin enfrentarse a los opositores, buscando acuerdos a los que nunca se llega o cediendo, una y otra vez, para no tener que sufrir las huelgas, manifestaciones, algaradas o escarches. Pero, señores, con una mayoría absoluta como la que han dispuesto los del PP, con las posibilidades de haber transformado España en una nación mejor, potenciando la Justicia, arrancando la lacra de la corrupción, venga de donde venga, y librando al país de toda la escoria que sigue empeñada en acabar con él, mediante una política firme, sin concesiones y dedicada a potenciar la Constitución sin flaquezas ni favores a la galería, actuando contra las minorías gritonas que se manifiestan en las calles pero que todos sabemos que no representan más que a una pequeña parte de la ciudadanía que, en su mayoría, lo que quiere es vivir en paz en una nación donde exista el orden, la ética, el respeto por las libertades y las posibilidades de ganarse la vida honradamente. O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, queremos denunciar la decadencia de nuestra nación.
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