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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Don Carod de la Payés-Mancha

A. L. S. (Barcelona)
Redacción
miércoles, 22 de noviembre de 2006, 22:58 h (CET)
Que trata del desgraciado regreso de Don Carod a su casa y de la quema de sus libros Viendo, pues, que no podía moverse, decidió consolarse recitando unos versos aprendidos en uno de sus libros.

¿Dónde estás, señor mío, "Estatut de mi vida, que no te duele mi mal? O no lo sabes, señor, o eres falso y desleal. Quiso la suerte que acertara a pasar por allí un labrador de su mismo pueblo de nombre Maragall. Quedó el hombre admirado al oír aquellos disparates. Pero viendo el estado en que se encontraba su vecino, procuró levantarle del suelo y, con no poco trabajo, lo subió en su burro, por ser montura más tranquila. Recogió luego las armas y las ató a Rocinante; y tomando las riendas del rocín y del burro, se encaminó hacia el pueblo, maravilladoal oír los delirios que exclamaba el molido Don Carod. -¡Oh, noble marqués de Cataluña, sepa vuestra merced que, en nombre del Estatut, yo haré los más famosos hechos de expolios que se han visto en el mundo! -Os digo, señor –respondía el labrador-, que no soy ese Marqués, sino Maragall, vuestro vecino.

Entretanto, el ama de Don Carod, la sobrina, Julián Lanzarote(que así se llamaba el cura) y el barbero, José María Cuevas,conversaban preocupados por la ausencia del hidalgo, que ya duraba tres días. -¿Dónde estará mi señor? ¡Malditos sean esos libros del archivo de Salamanca que le han ocasionado esta locura!-decía el ama. -Eso digo yo también- intervino el cura-. Y a fe mía que no pasará el día de mañana sin que sean condenados al fuego esos libros. Ya caída la tarde, el labrador llegó con Don Carod a la puerta de la casa, llamando a grandes voces. Al oír los gritos, salieron todos y corrieron a abrazarle. -No me toquéis-dijo el dolorido Don Carod intentando bajar del burro-, que vengo malherido por culpa de mi caballo. Llevadme al lecho y llamad a algún hechicero ilustre que cure mis heridas. Lleváronle pues a la cama; y buscándole las heridas no le hallaron ninguna . -Sólo estoy molido a causa de una caída de mi caballo cuando libraba una tremenda batalla con un gigante llamado Constitución-decía el hidalgo- . Ahora dejadme dormir en paz. Cuando el caballero se hubo dormido, el cura se informó por el labrador del modo que había hallado a Don Carod. De esta manera aumentó el deseo de todos de acabar con aquel archivo cuanto antes. Y así lo hicieron al día siguiente. Entraron todos, sobrina, ama, cura y barbero, en el aposento donde estaba la biblioteca, y vieron allí más de cien libros del archivo de Salamanca. Intentaron, entre todos, escoger aquellos libros que debían quemarse y aquellos que no, pero el cura se cansó pronto y ordenó: -¡Que vayan todos al fuego, que poca diferencia hay entre ellos! Luego bajaron al corral y encendieron una hoguera que fue alimentada por una pila de libros, creyendo que al suprimir la causa, iba a cesar el mal que aquejaba al "bueno" de Don Carod. Y así, tantos libros fueron quemados, que muchos de ellos acabaron en el fuego aunque eran buenos, pagando justos por pecadores. No contento con esto, el cura hizo tapiar la puerta del aposento, para evitar nuevas tentaciones de Don Carod.

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