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Etiquetas:   La tronera   -   Sección:   Opinión

Blindaje de partidos

Jesús Salamanca
Jesús  Salamanca
martes, 21 de noviembre de 2006, 23:59 h (CET)
Parece que algunos se han vuelto locos. ¿Qué se pretende con pedir ‘blindaje’ para los partidos políticos? ¿Será que tienen tanto que esconder que tienen miedo a que la Justicia llegue hasta ellos? El PNV, EA y EB se han metido en la ‘boca del lobo’ y desconocen el camino de salida. Hacen planteamientos tan absurdos que aún no han descubierto que para abandonar el atolladero en el que se han metido solo hay un camino: el cumplimiento de la Constitución. Por él se transita, no sin obstáculos, hacia la resolución de los muchos problemas existentes en el País Vasco.

Si los medios de comunicación reseñan que son setecientos cargos de los citados partidos los que reclaman ese ‘blindaje’, muchos nos hacemos una pregunta ¿tantos están implicados en actos o hechos que no se ajustan a la ley? Tal reclamación es un atentado a la ciudadanía, a la democracia y al Estado de Derecho, precisamente en un momento en que está aflorando la corrupción en manos de concejales, procuradores, delegados territoriales y diputados de casi todas las comunidades autónomas. Véase los casos de Arroyo de la Encomienda en Valladolid, Ciempozuelos en Madrid, los ‘malayos’ en Marbella, Valencia, Baleares…

En el documento leído ante la Casa de Juntas, los firmantes se ponen del lado de Ibarretxe y contra las actuaciones del Tribunal Superior de Justicia del País Vasco contra el lehendakari, por sus reuniones con el ‘bandarra’ Arnaldo Otegi. Los planteamientos de algunos partidos vascos se acercan al absurdo y parecen no querer entender los conceptos de ilegalidad y delito. Considerar que la Judicatura es un obstáculo para la resolución de problemas, en vez de una garantía de derechos es tan absurdo como querer apretar tuercas con una zanahoria.

Cada vez se hace menos caso a los planteamientos de los partidos políticos vascos, desde el momento en que pretenden decidir qué es lo legal y lo justo en función de sus intereses particulares y partidistas, al margen de la ley general; aunque empezamos a comprobar que su propia normativa incurre en permanentes contradicciones. El Estado está obligado a hacer entender a este tipo de partidos, aunque más parecen simples banderías marginales, que las leyes están por encima de la autonomía de lo político. Creen en la división de poderes cuando encuentran beneficio y, cuando no es así, suelen confundir a Montesquieu con Filemón o sacan a relucir a Sabino Arana, ejemplo de atropello, desprecio y xenofobia en su credo y en sus planteamientos.

En pleno siglo XXI, los nacionalismos son pamplinas desdibujadas y representan el empequeñecimiento de la realidad, el estrechamiento de vistas y el aprisionamiento del Estado de Derecho. Viene a ser algo así como la vulgarización de la ley sometida a particulares intereses, unida a la errónea interpretación de la democracia cuando conviene. Remedando al escritor francés, Henri Barbusse, habría que recordar al nacionalismo vasco que “la sombra no existe; lo que ellos llaman sombra es la luz que no ven”.

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