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Rusia-OTAN: Matrimonio de conveniencia

Víktor Litovkin
Redacción
martes, 21 de noviembre de 2006, 00:22 h (CET)
Los días 28-29 de noviembre en Riga, Latvia, se reunirán los jefes de los países y sus respectivos departamentos militares miembros de la Alianza Noratlántica.

La agenda de esa Cumbre no incluye encuentros de los dirigentes de la OTAN y Rusia que los últimos años se hicieron tradicionales en el marco del Consejo de la OTAN-Rusia. Tampoco asistirán delegaciones militares de Ucrania, Georgia e incluso de los Estados “precandidatos oficiales al ingreso en la OTAN”: Albania, Croacia y Macedonia. Además, pese a lo anunciado, en esa Cumbre los citados países ni siquiera serán invitados a la OTAN. ¿Por qué? Veamos. Al principio analizaremos el nivel actual de relaciones entre Moscú y Bruselas que no son ideales.

Aunque, a juzgar por el reciente encuentro en el Kremlin del secretario general de la OTAN, Jaap de Hoop Scheffer, con el presidente de Rusia, Vladímir Putin, aparentemente el clima, sin ser excelente, al menos es plenamente benevolente. El presidente Putin señaló incluso que “nuestra cooperación se desarrolla con buen éxito... tanto como el diálogo político que se sostiene en régimen permanente y a un alto nivel”.

En efecto, los encuentros entre los dirigentes de Rusia y la OTAN se realizan con una regularidad envidiable: una vez al año y a veces más a menudo. Frecuentemente, al entrevistarse con sus colegas europeos y de ultramar, el Ministro de Defensa, Sergei Ivanov, participante indispensable de todas las Cumbres de la Alianza, pronuncia discursos. En Moscú, sobre una base permanente trabaja la Misión Militar de Comunicaciones de la OTAN y la Oficina de Información de la OTAN que la primavera pasada realizó una acción publicitaria de información bajo el nombre “Aunando esfuerzos”. Los participantes de la acción recorrieron nueve ciudades de Rusia: desde el Pacifico hasta el Báltico exponiendo la postura de la Alianza respecto a los más diversos problemas mundiales, tomaron parte en las discusiones con la juventud y llevaron a cabo otras actividades muy interesantes. Conviene señalar que se cumple con buen éxito el programa de trabajo de la Oficina de información; según la cual tales actividades se llevarán a cabo cada mes.

Se desarrollan relaciones entre Moscú y Bruselas también en el ámbito militar. Además del conocido programa “Asociación para la paz” en vigencia desde hace varios años, Rusia participa en la operación de la OTAN “Active endeavor” en el Mediterráneo. El problema es que tras esa “fachada decorosa” se oculta un telón de fondo poco agradable que no permite hablar con plena razón de que entre Bruselas y Moscú se han creado de hecho las relaciones de socios basadas en el respeto mutuo, teniendo en cuenta a plenitud los intereses vitales de ambas partes.

En realidad, la situación es análoga al matrimonio de conveniencia y no por amor. Los esposos viven juntos, se presentan con frecuencia en lugares públicos mostrando invariable respeto mutuo, pero duermen cada uno en su habitación, llevan por cuenta propia su economía domestica y sus finanzas en conveniencia propia. No hay nada que los una, salvo el registro civil.

Naturalmente, cualquier comparación adolece de defectos. Pero veamos más atentamente lo que sucede tras la “fachada decorosa” de la Unión Rusia-OTAN. Resulta que a despecho de sus promesas dadas a Moscú durante la primera y segunda fases de la ampliación de la OTAN, la Alianza aproxima más y más su infraestructura militar a las fronteras rusas. Con el pretexto de lucha contra el terrorismo internacional viene modernizando los aeródromos militares locales y caminos laterales, crea depósitos de material de guerra, rearma al estilo occidental los Ejércitos de los Estados asociados desplazando de éstos el armamento ruso. Y, además, construye radares apuntados sobre importantísimas ciudades de Rusia y otros centros industrial-militares, se inmiscuye cada vez más en los asuntos internos de los países de la CEI (Comunidad de Estados Independientes), presta apoyo máximo a las “revoluciones de color” en éstos y forma una élite nueva dispuesta a recibir y hacer realidad los planteamientos de los mentores noratlánticos.

Pero lo más peligroso es que en las bases de la OTAN en Europa están almacenadas las armas tácticas norteamericanas: según diversas estimaciones, de 150 a 400 bombas de aviación B61. ¿Para quién están destinadas? ¿Para la lucha contra los terroristas? Será un argumento ridículo que no resiste críticas. Valerse de las armas nucleares contra el terrorismo equivaldría a incendiar la casa para combatir las cucarachas. Por consiguiente, el destino de esa arma es otro. ¿Cuál? He hecho este interrogante a G. Roberts, Director de la Sección de política nuclear que depende de la Dirección de asuntos políticos y planificación de la defensa de la Alianza Noratlántica. Dio la respuesta siguiente: “La OTAN ha reducido su potencial nuclear en más del 90%. Analizamos con carácter permanente la estructura de las fuerzas nucleares de la OTAN a fin de asegurar el número mínimo de unidades de esa arma en consonancia con la estrategia general de seguridad y de disuasión nuclear. El emplazamiento del arma nuclear de EE UU en Europa es una forma de distribución de la responsabilidad, apoyada por todos los Estados miembros de la OTAN. De este modo se fortalece el proceso de consultas y se asegura un enlace transatlántico especial entre todos los países agrupados en la OTAN”.

El carácter impreciso y confuso, suavemente dicho, de las manifestaciones del alto funcionario de la Alianza respecto al arma nuclear norteamericana en Europa, se observa también con respecto a otros problemas que preocupan a Rusia, a sus militares y expertos. Entre estos últimos figura la perspectiva de instalar en Polonia y Chequia la base avanzada de antimisiles norteamericanos. Y otra vez bajo el pretexto plausible de “lucha contra los misiles de los países “gamberros”, entre los cuales Washington cataloga a Irán y Corea del Norte. Pero cualquier experto competente sabe que tanto Teherán como Pyongyang no poseen los misiles capaces de alcanzar EE UU. Además, incluso si ellos aparecieran, la trayectoria de su vuelo no podrá pasar por Europa. Consiguientemente, los antimisiles norteamericanos tendrán por blanco los sistemas coheteriles estratégicos rusos. De hecho, a nivel de expertos, nadie hace secreto de ello.

De ser así, ¿a qué sirven las peroraciones de Washington y Bruselas sobre “asociación estratégica” con Moscú? Es cierto que los altos funcionarios de la Alianza dicen que los planes de emplazar antimisiles norteamericanos en Polonia y Chequia se refieren a las relaciones bilaterales entre Washington y Varsovia y Washington y Praga, pero la Alianza nada tiene que ver con ello. Tal vez. ¿Y qué hacer entonces con la solidaridad noratlántica? ¿Por donde pasa la frontera entre las relaciones de aliados y la responsabilidad por las acciones estratégicas, de hecho, provocadoras de uno de los principales miembros de la OTAN? Pues, esta “conducta” del Pentágono podrá afectar todo el sistema de relaciones entre Moscú y Bruselas, conducir a la escalada de la confrontación entre los socios en el Consejo Rusia-OTAN. ¿O ese problema a nadie preocupa en Bruselas?

Hay otro problema acuciante en las relaciones Rusia-OTAN: la cooperación técnico-militar. La Alianza se niega a dar acceso al material bélico ruso a sus mercados interiores, ni siquiera al destinado para la defensa aérea y antimisil, llamado a proteger el cielo europeo contra posibles ataques terroristas. A este respecto se alega la “incoincidencia de los parámetros técnicos”. Pero este argumento parece raro, ya que los sistemas rusos S-300PMU, “Tor-M1”, “Osa-10” y “Iglá-S” constituyen la base de todo el sistema de defensa aérea de Grecia, miembro de la OTAN. ¿Resulta que para algunos la “incoincidencia de los parámetros” no es ningún obstáculo, mientras que para otros, lo es una barrera infranqueable? En realidad, no es más que el intento de impedir competencia con los sistemas de defensa aérea y antimisil de ultramar, tales como “Patriot” PAC-3 que por muchos parámetros táctico-técnicos cede al citado S-300PMU, pero que la firma “Raytion”, con el apoyo activo de Washington, impone literalmente a los países de la OTAN.

Y el último factor, no por su significado, sino de la cuenta. Rusia reacciona muy dolorosamente a la promesa de Bruselas de abrir sus puertas a Ucrania y Georgia. Por un lado, Moscú no podrá impedirlo de ninguna manera. Por el otro, según declaró hace poco el ministro de Defensa de Rusia, Sergei Ivanov, si esto suceda, tendremos que reconsiderar nuestras relaciones con la OTAN y adoptar medidas complementarias con miras a asegurar nuestros intereses nacionales. Creo que entre esos intereses podrá figurar el abandono por Rusia del Tratado de misiles de alcance medio y menor y el emplazamiento de los misiles táctico-operacionales de la clase “Iskander-M” en las fronteras de la Alianza. Y esto no es todo. Mucho más negativa podrá ser la perspectiva de prohibir el vuelo sobre el territorio de Rusia de los aviones de la OTAN que prestan ayuda a las tropas en Afganistán, y desmantelar las bases de la OTAN en los países centroasiáticos que entran en la órbita de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva.

Ahora no se sabe bien el tema del diálogo del presidente de Rusia, Vladímir Putin, con el secretario general de la OTAN, Jaap de Hoop Scheffer, en el Kremlín. Pero el hecho de que después de ese encuentro Bruselas declarara que ahora el tema de la ampliación de las filas de la Alianza a costa de nuevos miembros no es principal para la OTAN y que sólo se podría volver a éste en 2008, atestigua que la OTAN prestó oído a ciertas preocupaciones de Moscú. De seguir así, habrá la posibilidad de que las relaciones entre la OTAN y Rusia, aunque parecidas al matrimonio de conveniencia, se conviertan en relaciones de consocios no sólo en apariencias, sino en su esencia.

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Víktor Litovkin, para RIA Nóvosti.


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