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Etiquetas:   Crítica de cine   -   Sección:   Cine

'Borat': irreverencia y repelencia a flor de Pamela

Pelayo López
Pelayo López
martes, 19 de diciembre de 2006, 22:23 h (CET)
Borat Sagdiyev, así se llama este personaje atípico –al menos eso espero, porque menudo camino que llevamos de lo contrario- que ha salido imaginariamente de Kazajstán para recoger lo mejor –o quizás lo peor, según la manera en que se enfoque el asunto- de los EEUU. Borat, para sus amigos y también para nosotros, sus espectadores, tiene un “apellido” más largo que se ha obviado para no hacernos excesivamente pedantes sus pretensiones: “el aprendizaje cultural de América para la gloriosa nación de Kazajstán”. O sea, que Borat, a secas, para todos. El sujeto en cuestión está interpretado por Sacha Baron Cohen, un cómico inglés que ha ideado este personaje y todo el proyecto –suyo es también el guión-, aunque ha dejado la dirección para otro, Larry Charles, realizador que nos ha dejado bajo su tutela de producción la entretenida serie Seinfeld. Algunos puede que, incluso, recordéis a este actor por haberle visto metido en otro de sus personajes también en el cine, Ali G. anda suelto, o con el mismo en uno de los últimos videoclips de Madonna.

La estructura está montada en formato de falso documental, recorriendo las peripecias y desventuras de este periodista “de método”, algo así como un Torrente más allá de nuestras fronteras, y que sigue, por tanto, la misma idea de otros títulos recientes como La bruja de Blair o, por mucho que también trate de hacernos creer lo contrario, los “elaborados” trabajos de Michael Moore. Incluso, si nos remontamos algo más en el tiempo, y nos acercamos a terrenos escabrosos, la mítica Holocausto caníbal. Sinceramente, a un servidor se me parece, más que a una especie de Cocodrilo Dundee en plena selva norteamericana, al perfil de nuestros Paco Martínez Soria o Alfredo Landa en sus típicas historias de recién llegados a la gran ciudad. Vamos, una auténtica joya. Y eso sólo es el principio, porque, como se suele decir, a veces es mejor un roto que un descosido. Lo del falso documental -en algunos momentos cuela y en otros no- es, sencillamente, una excusa y, al mismo tiempo, una herramienta para atinar en sus objetivos: las mujeres –según parece tienen el cerebro de una ardilla-, los judíos –sometidos a encierros cual toros en Pamplona-, la venta de armas, los jóvenes sometidos al alcohol, tradiciones de aquellas latitudes como los rodeos… todo, absolutamente todo, es sometido a los rayos x de la crítica, una crítica, eso sí, a medio camino entre lo escatológico/soez y el humor negro afilado e intransigente.

No ha sido esta presumible polémica la única que ha sacudido a esta cinta -cosa comprensible por otra parte-, ya que, tanto el país de origen en que supuestamente se basa como Rumania, país en que se rodaron esas secuencias, se han quejado por la imagen ofrecida. Igualmente un internauta acusa a Cohen de plagiar su personaje cibernético –los parecidos no son fruto de la casualidad me atrevería a decir-, y los objetos de su ficción, al ser reales, le han llevado a los tribunales en más de un caso. Y ya saben lo que eso supone, más publicidad gratuita para la película como esta misma mención que les acabo de comentar. ¡Qué se le va a hacer!

Aparte de esos “otros asuntos”, hay aspectos que resaltan el espíritu que se le ha querido aplicar. Por ejemplo, los títulos de crédito podrían ser perfectamente los de cualquier televisión estatal de una de esas ex-repúblicas soviéticas impronunciables. La música inspira ese mismo ánimo con los necesarios tintes folklóricos, tanto en su sección europea como en la norteamericana. Ya saben, ritmos de acordeón en una y de banjo en otra. No hay muchos más personajes destacables –aparte de la familia del susodicho presentada al principio del metraje y de su compañero de viaje, ¡no el oso!-, salvo uno. Nada más comenzar, prácticamente, descubrimos que el protagonista únicamente desea llevar a buen puerto su periplo “de costa a costa” por el descubrimiento de su vida, la turgente C. J. Parker, bueno, en realidad por la actriz que daba vida a esta mítica vigilante de la playa en la serie de igual título: Pamela Anderson. El absurdo, el ridículo, hasta extremos poco recomendables en algunas situaciones, conforma un retrato, bastante acertado, no sólo de los yanquis en los que tanto nos miramos, sino también de gran parte de nuestro mundo. Pese a todo, la moraleja de la cinta, carrera evasiva previo acoso y derribo, es desconcertante para los intereses de algunos: irreverencia y repelencia a flor de Pamela.

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