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Contemplar a lo grande

Pascual Falces
Pascual Falces
martes, 21 de noviembre de 2006, 00:22 h (CET)
El mundo ya es algo chico, se abarca con un solo vistazo. Y no, precisamente, por que quepa dentro de una de esas bolas de estudiante, algunas con bombillita dentro, en que el Mapamundi se sostiene sobre un peana como parte del escritorio del muchacho que asimila conocimientos acerca del planeta Tierra. Así, es fácil entenderlo, pero, a ello, ha de añadirse la gente de toda casta y pelaje que lo puebla en su alcanzable extensión. Ya no sirve conocer y saludar a los vecinos del barrio, ni del pueblo, ni de la comunidad de vecinos. Unos rasgos orientales, o una piel “negra como el betún”, puede dar los “Buenos días” al entrar en el ascensor. Lo que, antiguamente, eran unas huchas para la recaudación del Domund, ahora son personas de carne y hueso.

Al paso que se va, las migraciones, que tantos quebraderos de cabeza traen, serán sólo “traslaciones”, reacomodos; conceptos muy alejados de la vieja idea del emigrante que se marchaba de sus lares para probar fortuna en lejanas tierras. Los afortunados, volvían para lucir entre sus vecinos y parientes la sonrisa que les deparó el premio del esfuerzo. Todo un género, los “indianos”, han dejado constancia de ello con las espléndidas mansiones que construyeron, o el nombre puesto a alguna obra en beneficio de los necesitados. Pero, esto es historia, ahora, algunos de ellos vuelven con dinero para hacer más dinero, como en el Oriente asturiano, y favorecidos por contactos con los políticos que tanto saben de la jugosa especulación del suelo.

La nueva emigración es, como se decía más arriba, un reacomodo que las circunstancias cambiantes aconsejan. Centroeuropa, Alemania, ya no tiene que luchar contra los otomanos que subían por el Danubio, sino que ha reasentado a los turcos en toda clase de trabajos. De Francia se puede decir otro tanto, integrando a millones que, dominando el francés, salieron de las antiguas tierras ex coloniales. Y, de España, ¿qué decir? Los “moros” espada en ristre, son ahora magrebíes absorbidos por la demanda social, incluso, cuando los sueltan en el aeropuerto con un bocadillo y un billete para el Metro; y, los “negritos”, ya no son el del “colacao”, sino personas con familia dejada tras de sí, que buscan locutorios para comunicar con ella y enviar remesas de euros. Ni se sabe en cuantas áreas geográficas más sucede lo mismo: pero, todo es constancia de que las fronteras y pasaportes huelen a rancio, obsoleto, que se dice con mayor elegancia.

Estados Unidos ha sido de llamada para la emigración a la vieja usanza, así nacieron; y, ahora, levanta muros electrificados para evitar el reacomodo de latinoamericanos. Compatriotas es también otro término destinado al desuso. Continentales, p.e., puede explicar mejor que es lo mismo estar al norte que al sur de la frontera de Río Grande. Algo que no es conocido en nuestros medios, es la numerosa “traslación” que experimenta Argentina en relación con sus vecinos de Paraguay y Bolivia. Aprovechando la visa de turista, van y vienen cada tres meses a su país para continuar con el puesto de trabajo conseguido en el gran Buenos Aires. Los argentinos en buena parte se han trasladado a Europa empujados por la crisis que han dejado detrás de sí, pero, en cambio, lo abandonado sigue siendo muy atrayente para sus vecinos del norte. Estos, toman parte de lo que ellos dejaron; todo es relativo. No se trata de emigrar, sino de encontrar un lugar más productivo donde encontrar un puesto de trabajo, y sostener a los allegados dejados atrás. El mundo es un gran país, confortable, donde no siempre se nace en el mejor lugar, ni en el momento más oportuno. Quien se empeñe en verlo, tan sólo, como su caserío, o como el patio de vecinos donde sentarse al atardecer, pierde el tren de saber donde se encuentra en realidad. Seis mil millones de personas exigen un gran esfuerzo de contemplación.

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