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Los problemas de la izquierda

Cristóbal Villalobos
Cristóbal Villalobos
martes, 21 de noviembre de 2006, 00:22 h (CET)
Desde que la caída del muro de Berlín abriera a los ojos del Occidente democrático una realidad llena de mentiras, miseria y, sobre todo, hambre a raudales, los socialistas europeos han necesitado, para seguir en los despachos europeos, una refundación de su socialismo.

Una vez que la práctica demostró el desastre económico del sueño socialista y una vez que la utopía política perseguidora de la felicidad humana se convirtiera en la felicidad de una nueva burguesía con carné, del partido comunista por supuesto, los socialistas occidentales, tras aceptar lo que la historia les demostraba, abrazaron, en su mayoría, los postulados económicos y políticos neoliberales, alcanzando así los sillones presidenciales de la Europa Occidental.

Pasada la novedad electoral, debieron diferenciarse de los demás partidos europeos, ya que aceptaban las bases que constituían los sistemas liberales que tanto había combatido. Esa diferenciación se basó, con bastante éxito, en hacer creer al electorado que sus políticas sociales les garantizaban un mayor grado de bienestar.

Cuando los ciudadanos han comprobado en sus castigadas carnes como con partidos considerados de centro, o de centro-derecha, podían vivir no igual, sino infinitamente mejor, como es el caso de los ocho años de gobierno de Aznar en España, o con otros partidos de semejante índole en el resto de nuestro continente, el socialismo europeo ha vuelto a tener que buscar unos nuevos argumentos ante la ciudadanía.

Ante la acuciante necesidad de doctrina, estos partidos han vaciado al socialismo de sus conceptos tradicionales y caducos llenándolos de una ideología basada en la acumulación de fenómenos más o menos definidos y que venden mucho cara a sus habituales votantes. Estos movimientos, que se han aglutinado para dar un soporte ideológico a la izquierda actual, no son otros que el ecologismo, el feminismo y todo tipo de conceptos bisoños y vacíos, pero al que toda persona ha de dar la razón por el mero hecho de ser obviedades, como la solidaridad, la tolerancia, la paz, y un largo etcétera.

Siendo estas las únicas armas de la izquierda actual, y especialmente de la española, se lanzan hacia el extremismo de estas ideas, consiguiendo de esta forma alcanzar el ridículo más estrepitoso.

Solo tienen ustedes que abrir cualquier periódico, con un poco de espíritu crítico, para poder comprobar mis aseveraciones. Encontraremos grandilocuentes discursos de nuestros políticos refiriéndose a jueces y a juezas, a perros y a perras, a mecánicos y mecánicas, a limpiadores y limpiadoras y, como no olvidar, a los vascos y vascas que tanto gustan al lehendakari, vayan ustedes a saber si se escribe así.

En el mismo diario podremos ver cómo la progresía se preocupa más del estrés de los caballos rocieros o de la felicidad del buitre leonado, o como no, de vilipendiar a las señoras de abrigos de visón, mientras una gran parte de la población mundial se muere de hambre o mientras hay dictaduras con cárceles siniestras y torturadores.

La izquierda siempre se ha caracterizado por su fanatismo, por esto cuando se convencen de sus propias ideas las llevan hasta el máximo, de ahí que en España a día de hoy sea más perseguido un fumador que un etarra.Aunque parece que a los segundos ya ni se les persigue.El gobierno puede sentarse con un terrorista, pero nunca se sentará con un fumador.O quizás debería decir fumador/ra, vaya a ser que me tachen de machista.

Otro día hablaremos de cómo se pueden prostituir conceptos tan nobles como la solidaridad o la tolerancia para acabar socorriendo a los regimenes más crueles o a los sectores religiosos más intoleranres y violentos.

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