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Etiquetas:   Reales de vellón   -   Sección:   Opinión

Inmigración y crecimiento económico

Sergio Brosa
Sergio Brosa
martes, 21 de noviembre de 2006, 00:22 h (CET)
En el último informe semestral de Caixa de Catalunya se indica que un 40% del crecimiento económico en Catalunya se explica por la aportación de los inmigrantes. Insistiendo que el porcentaje se ha duplicado en los últimos años y que esta evolución se explica por su dinamismo demográfico, una muy elegante definición.

Siguiendo en Catalunya, el colectivo inmigrante ya supone un 88% de los nuevos habitantes. Frente al 20% de los nuevos hogares catalanes que suponía la emigración a finales de los 90’s, hoy representan el 55%. Y es una verdad de Perogrullo que más inmigración genera más demanda interna y ésta a su vez, la llegada de más inmigrantes y así sucesivamente. Es el efecto llamada permanente y retroalimentado.

En efecto, la posibilidad cierta de que el inmigrante encuentre un puesto de trabajo, siempre que no se sea demasiado escrupuloso a la hora de exigir un salario digno, pero salario al fin, por contraposición a la nada en sus países de origen, es lo que genera ese efecto llamada constante. Y precisamente, ese nivel salarial que han de aceptar los recién llegados impide una actualización de todo el sistema, por lo que los “nacionales” no aceptan tales trabajos ínfimamente retribuidos y siguen llegando inmigrantes que copan sectores como la agricultura, la hostelería o la construcción sin que los trabajadores nativos tengan opción de incorporarse a nuevas profesiones o puestos de trabajos de más alto valor añadido, porque no se están creando a ese ritmo.

Recientemente, Miguel Sebastián, flamante candidato por el PSOE a la alcaldía de Madrid (disculpen si no hago referencia a las primarias porque desconozco si se han hecho y ha habido debate entre varios aspirantes, como en Francia a la Presidencia de la República; menuda lección de modos democráticos a las izquierdas españolas –y a las derechas también–) ha afirmado en su despedida del cargo de Director de la Oficina Económica de la Presidencia del Gobierno, que la inmigración explica más del 50% del crecimiento económico de los últimos cinco años.

Lo cierto es que la publicación de tales estudios y las declaraciones de personas entendidas en la materia, nos deja algo perplejos -¿pasmados?- a los ciudadanos de a pié, sobre todo a aquellos que tenemos más relación con la inmigración, aunque sea sólo por razones de vecindad.

Nos encontramos con la inmigración cuando vamos a inscribir a nuestros hijos a las escuelas públicas y concertadas y, en ocasiones, la inmigración nos ha agarrado desprevenidos al haber aumentado más de lo previsto y encontramos dificultades entonces para la matriculación de alumnos nativos, pues se reservan incluso algunas plazas para los inmigrantes que puedan llegar iniciado el curso, incluidas las plazas de comida.

Las listas de espera en la sanidad pública y el gasto sanitario se han incrementado lógicamente también, con la llegada masiva de la inmigración que se beneficia de una cobertura casi universal y amplio espectro, gratuita sólo por tener la vecindad catalana que hace acreedor de forma automática a la tarjeta sanitaria (TSI), con seis niveles de prestaciones, según contribuyan o no económicamente al común, gozando además del derecho a extender tal cobertura a sus familiares en Catalunya o en su país de origen vía la reagrupación familiar.

Si a esto añadimos convenios con países en Latinoamérica para pagar en España sus pensiones a tenor de su contribución en su país de origen, el dispendio público global puede calificarse de generosamente solidario.

Convivimos con la emigración deambulando por nuestras ciudades y, junto a laboriosos recién llegados, vemos a muchos, insisto, muchos desocupados tratando de subsistir ante tanta adversidad.

Vemos a diario el esfuerzo económico que supone únicamente, por dar un ejemplo, el auxilio en alta mar a las pateras y cayucos; la asistencia sanitaria que el mínimo sentimiento humano obliga a dispensar a las personas que tan temerariamente emprenden esos viajes a su riesgo y ventura, manipulados por mafiosas agencias de viajes clandestinas (En ocasiones me pregunto si no sería más humano recogerles en las propias playas de origen, con medios de transporte adecuados, en lugar de hacerlo en los límites de las aguas territoriales en medio del oleaje. Sí, ya sé que eso tendría otras consecuencias. La primera de las cuales sería hacer desaparecer las organizaciones mafiosas de los viajes. Por el contrario, podría exigirse a los pasajeros un documento de identidad, pues ahora cuando llegan no acreditan nada para evitar la repatriación).

Y, según los estudios publicados y las declaraciones hechas, la inmigración supone entre el 40 y el 50% del crecimiento económico que entendemos como la diferencia entre lo ingresado y lo gastado. De ser ello cierto y elementos de duda no tengo más allá de la percepción sensorial propia y la de tantos otros como yo, el problema de la inmigración radica entonces en la ordenación y coordinación de todos para la contribución al fondo común, pues si estando como está, su contribución marginal al crecimiento económico es de tal magnitud, no me extraña que haya partidos políticos que aboguen por el voto emigrante o el carné de nacionalización por puntos. Pero no negarán que cuesta creerlo.

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