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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Ricones españoles

Francisco Arias Solís
Redacción
martes, 21 de noviembre de 2006, 00:22 h (CET)
“No sé qué tiene el aldea
donde vivo y donde muero,
que con venir de mí mismo
no puedo venir más lejos.”


Lope de Vega. La Dorotea.

En su teatro, vivísimo para la lectura, Lope nos ofrece innumerables damas y galanes enamorados. Pero la expresión más viva y verdadera de todos sus enamorados nos la dio en su propio autorretrato juvenil: en el de Don Fernando; y el de las enamoradas, en su enamorada Dorotea.

La Dorotea, como pieza teatral es el primer sainete, el primero y el mejor, el más gran sainete madrileño de todo el teatro español barroco, romántico y naturalista: de todo ese riquísimo venero inagotable de poesía dramático popular.

Lope, diríamos que inventó un Madrid que todavía vive en sus escenarios sainetescos, imaginariamente para nosotros; y que tal vez nos parece que vive que sigue vivo en su realidad ante nuestros ojos. Digo tal vez. Repetidamente lo he evocado en sus rincones viejos donde aún conserva su característica fisonomía propia. Avivando recuerdos y esperanzas. También esperanzas. Que no me podrán quitar su dolorido, o alegre y gozoso sentir. Su vivo sentido para mí. Siguiendo este sentir y sentido vengo hablando, escribiendo de España.

Todos y cada uno de los bellísimos rincones españoles que he visto, parecería que me invitaban por su belleza misma, a quedarme en ellos. Todos los del Norte o del Sur, los de Castilla, o de Galicia o de Asturias o de Cataluña o de Aragón... como los de Andalucía. A quedarme en ellos para siempre. Pero no para un siempre mortal, para morirme tranquilamente en alguno, sino, al contrario para vivir, para seguir viviendo en ellos, poco a poco y paso a paso, de su misma vida: aunque mi vida, como toda vida, vaya así andando hacia la muerte.

Tal vez dije un día a un andaluz amigo mío, que soñaba con alguno de esos rincones andaluces para morir en él: para morirme en él. No sé si este deseo o sueño fue legítimamente interpretado como compromiso de honor: el de volver a Andalucía para morir en ella. Puede ser cierto. Sigo soñando que lo sea. Morir en un rincón andaluz sigue siendo aquí mi deseo. Y mi esperanza. Pero mientras me muero me parece que vivir aquí no es estar muerto. Justamente para mí ha sido y sigue siendo lo contrario.

Desde que llegué a Andalucía, tras larguísimos años de ausencia, me siento como revivido en ella. No sólo es Andalucía para mí un bello rincón malagueño, gaditano, cordobés, sevillano o granadino en donde morir tranquilamente. Es más mucho más que eso. Es su historia viva de hoy: la de sus hombres y sus pueblos vivos: vivos y no muertos.

Andalucía es un pueblo vivo que –como diría Nietzsche al igual del hombre en cuanto hombre- merece ser superado. Superado y no repetido en el tiempo, en su historia. Por eso, más allá de esta Andalucía, turbada por muchos andaluces parados, tan viva y verdadera, que ahora veo, que estoy viendo y sintiendo vivamente, verdaderamente, sueño otra, espero otra, que la supere sucediéndola.

El que sabe como Lope de amor; es un enamorado de las cosas, de las palabras, de la tierra, del pueblo. Lope era un enamorado de España. De esta España que vivo y pienso y sueño siempre humana como la aprendí en Lope, por su Madrid, en Cervantes por toda ella. Los andaluces sabemos de amor, y hemos de ser unos enamorados de Andalucía. De una Andalucía que pienso y sueño todavía viviéndola como una realidad nacional que merece ser superada. Y es que, como dijo el poeta: “Si a mi me dan a elegir / yo nazco bajo un olivo, / orilla al Guadalquivir”.

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