|
'El ilusionista': Nada por aquí (ni por allá)
Gonzalo G. Velasco
Uno de los principales problemas de las películas que ocultan su mejor baza en el giro de guión final, y que por lo general articulan el grueso de su discurso alrededor de éste, es que si la película en concreto trata sobre el mundo de la magia o de los timadores, el espectador más o menos avezado ya barrunta desde el primer plano el desenlace supuestamente impredecible. Así pues, anulada la posibilidad de epatar, son muy pocos los films con sorpresa in extremis que puedan ofrecer algo más que una intentona fallida por resultar originales. El Ilusionista, de Neil Burguer, no pertenece a esta última categoría, pues además de estar narrada mediante una puesta en escena exasperante por anodina a pesar de las potencialidades plásticas de la historia, se pasa tanto de predecible que convertiría un capítulo de House, la serie norteamericana más amodorrante y repetitiva de las que actualmente triunfan en nuestro país, en un opúsculo vibrante sobre cómo mantener a la audiencia aferrada al asiento.
Pero lo peor de esta producción sobre magia, engaños, y triángulos amorosos en la Viena de principios de siglo es que, inspirándose en el mundo del ilusionismo, cometa el peor error que puede cometer un ilusionista: revelar sus trucos, con el añadido de que además los revela de forma chapucera a través de una sucesión de molestos flashbacks explicativos aferrados con desesperación a la, por otro lado cargante, partitura minimal compuesta para la ocasión por un Philip Glass en horas bajas. De este modo, una película en teoría concebida como un tributo al misterio de los espectáculos de magia, pierde paradójicamente todo su misterio y deviene en un exponente más, esta vez de época, de esa crispante tendencia de cierto cine a ocultar sus cartas a la audiencia durante toda la proyección para luego revelarlas, de manera farragosa, innecesaria, y en absoluto sorprendente, en un twist de última hora visto mil veces que Juan Tamarit nunca tendría la jeta de introducir en sus trucos.
El Ilusionista, por lo demás, es un film pedestre en sus planteamientos estéticos y narrativos que sólo merece la pena por las interpretaciones de Edward Norton y Paul Giamatti, quienes, aún así, dan la impresión de haberse contagiado un poco del tono macilento del conjunto y se resisten a ofrecer todo lo que son capaces de ofrecer en condiciones normales. Vamos, que si es usted un aficionado al ilusionismo, será mejor que desempolve el Magia Borrás y se monte su propia película en casa. Seguro que le sale mejor.
|