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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

La libertad tiene futuro

Francisco Arias Solís
Redacción
sábado, 18 de noviembre de 2006, 01:10 h (CET)
“...y yo iba sólo no sé por qué avenida
envuelta en la niebla de noviembre
y rayé con una tiza el muro de mi hastío
como una pizarra de un escolar
y volví a recomenzar mi vida
por el poder de una palabra
escrita en silencio.

Libertad.


Blas de Otero

La libertad está amenazada de mil maneras. Hay muchos pueblos del mundo que no poseen libertad; otros la invocan y tampoco la poseen; en otros la libertad está mediatizada y disminuida; en algunos, relativamente pocos, la libertad tiene un lugar adecuado; siempre insuficiente, porque yo imagino la historia como un incremento de la libertad, es decir, como una progresiva humanización del hombre. Pero lo más grave, y esto me parece el síntoma verdaderamente inquietante de muchas sociedades, es que la libertad no interese. Hay gentes que quieren orden a cualquier precio, que quieren prosperidad económica a cualquier precio, que quieren privilegios a cualquier precio; hay quienes desean el poder para sí, para su grupo político o para su país, a cualquier precio. Y entretanto la libertad se pierde. Hay pocas personas en el mundo a quienes de verdad interese la libertad, porque a aquellos a quienes les interesa la suya sólo, no les interesa la libertad, porque la libertad es de todos. Nadie puede ser libre en una sociedad de esclavos. Es un espejismo pensar que el tirano es libre. No se puede ser libre más que entre libres, no se es libre más que con ellos.

Lo grave, pues, es el desinterés por la libertad. Un desinterés que a veces procede de la atrofia de su uso. Hay países en que puede advertirse la diferencia entre las distintas generaciones: hay generaciones que han tenido el uso de la libertad –lo mismo que se habla de uso de razón, habría que hablar del uso de la libertad-; pero hay gentes que han nacido en condiciones que no han permitido el uso pleno de la libertad. Estas gentes tienen atrofiado un sentido espiritual, y desde luego no tienen libertad; pero no es esto lo más grave, sino que no la echan de menos, que se encuentran a gusto y felices sin ella.

A mi me interesa mucho que haya libertad. Y me interesa todavía más que los hombres sean libres. La opresión es una atroz realidad que agobia a muchos hombres y que ha agobiado a enormes porciones de la humanidad en toda la historia universal. Pero la opresión inevitable es siempre momentánea. La libertad puede ser sorprendida y subyugada, pero la esclavitud duradera, la esclavitud permanente, es siempre aceptada.

La sociedad actual es tan compleja, los intereses son tan dispares, que es muy fácil buscar la tentación de buscar la libertad solamente en un aspecto, renunciando a los demás. A pesar de todo esto, de cuantas amenazas, y bien reales y enérgicas, se ciernen sobre la libertad, yo tengo muchos motivos de esperanza. Creo que la libertad tiene futuro. Por lo pronto, la abundancia de medios, el enorme desarrollo de la economía en la época actual, me parece algo decisivo, a lo que, paradójicamente, no prestan demasiada atención aquellos que están interesados por la libertad. En esto fío yo una de mis mayores esperanzas de que haya libertad: en la elevación de la vida, en el acceso real del enorme número de hombres a ciertas posibilidades que antes estaban reservadas a muy pocos.

Pero hay otros motivos, de distinto orden, de mi esperanza en la libertad. Uno de ellos es su vigencia en gran parte del mundo. Una de las pocas palabras sacras de esta época, es la palabra democracia. Naturalmente, las realidades sacras son profanadas muchas veces, y la democracia es profanada a cada paso; muchas veces se toma su nombre en falso, otras se lo toma en vano, y casi siempre se les añaden adjetivos. Cuando se habla de la democracia y se aclara que es “popular”, o se dice que es “orgánica”; cuando se habla de la libertad pero se añade que tiene que ser “sana”, o que es excelente si es “bien entendida” (lo cual quiere decir bien entendida por mí), casi siempre se trata de tomar su nombre en vano. Pero al fin y al cabo resulta que en el mundo actual casi nadie se atreve a decir que no es demócrata.

“Nunca he creído –decía Rousseau- que la libertad del hombre consista en poder hacer lo que quiere, sino en no tener que hacer lo que no quiere”. A esta libertad la fueron a enterrar un día, como a la popular Petenera, y la letra más exacta y conmovedora que recuerdo con este ritmo, a este compás, es aquella que escuché en esta vieja tierra del Sur: “La libertad se ha muerto / la llevan a enterrar / los frailes van cantando: / ¡Viva la libertad!”

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