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Política sin ética

Pascual Falces
Pascual Falces
sábado, 18 de noviembre de 2006, 00:43 h (CET)
Estos cacareados “tres años y pico” que, por fortuna, los criminales etarras llevan sin matar, tienen sus antecedentes. El primero de los tres trascurrió durante la anterior legislatura, cuando la persecución e infiltración policial condujo al acorralamiento de la banda. Por el mismo tiempo, hizo “comunicados” en que quedaban excluidos como objetivo los cargos políticos. Más adelante, tras el famoso viaje de Carod a Perpiñán, todos los habitantes en Cataluña, podían, así mismo, sentirse ajenos a bombazos como el de Hipercor en Barcelona en junio de 1975, con 21 muertos y algunas decenas de heridos. La ética de la banda es pura estrategia, y no se puede pedir más.

Desde que Maquiavelo –de quien ha quedado el adjetivo de maquiavélico; definición de quien actúa con astucia y doblez-, escribió su libro “El Príncipe”, publicado después de su muerte en 1527, parece haber sido adoptado como libro de cabecera, de andar por casa, de todo el que ocupa un cargo público. La ética, ya se puede comprender en qué se ha transformado, en un remedo chapucero de la intención del autor, que se dice lo dedico Fernando el Católico. Era la educación de un Príncipe para perpetuarse en el trono. Entre otras lindezas, afirma que “la conciencia del político no debe guiarse por criterios morales que aten su comportamiento, dificulten sus objetivos y limiten las estrategias para mantenerse en el poder”. Alguna otra frase da muestra del pragmatismo de este hombre: “Pocos ven lo que somos, pero todos ven lo que aparentamos”.

“Quien gobierna no se ha de orientar por una organización ideal del Estado –prosigue-, ni por visiones optimistas del hombre, ni por criterios morales cristianos o civiles”; todos esos, para Maquiavelo, son referentes 'imaginarios' poco útiles para las decisiones políticas. Así de sencilla y de fácilmente se aplica el cuento cualquier chiquilicuatro, zascandil o mequetrefe que consigue situarse entre las listas de candidatos que los partidos proponen al electorado en cada convocatoria.

Esta ética maquiavélica induce a actuar y siempre justificar lo hecho; si se hace algo reprobable, negarlo siempre; y, como gran norma, “divide y reinarás”. Nada tienen qué ver las consecuencias de tal modo de proceder con el varón político preconizad por Kant (1724-1804), para el que la verdadera política no puede dar un paso sin el culto necesario a la moral. "El derecho de los hombres es siempre sagrado, así exija grandes sacrificios del poder dominante". Más, también se han aprendido este definitivo argumento, pero retorciéndolo con la mentira como tribuna.

El político que arrasa es quien acepta el hecho cierto de que todo reto equivale a “tomar el presente que se ofrece en la boca un dragón”. El regalo de una poltrona, con todos sus beneficios, supone estar armado de moral para descabalgar el enjuague, la bicoca, o la corrupción velada, oculta en cajas fuertes y siempre negada en su existencia. Los ambiciosos y corruptos marbellíes, resultan patéticos al salir ante las cámaras encubiertos y cabizbajos entre guardias al tirar de la manta que los encubría, como vulgares chorizos. Otra cosa es que a la vuelta de la esquina, retornen entre sus bienes adquiridos desde los atributos que el sistema político les otorgó.

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